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viernes, 1 de agosto de 2014

ESCLAVITUD Y COLAS, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


Siempre resulta un poco absurdo, y un tanto pretencioso, como se hace y se ha hecho a menudo, definir una época, un tiempo o una generación, con una simple palabra, una frase más o menos ingeniosa, o una broma. Cierto es que, en todas estas formas, hay una parte de verdad; pero no es menos cierto que, a veces, la vida nos sorprende y resulta un poco más compleja y abigarrada de lo que encierra una simple definición. Encajarla entonces en una frase es como tratar de meter una manguera de riego en el estuche de un anillo de pedida.

A veces esas frases, que tratan de definir algo, son tan brillantes que, como un castillo de fuegos artificiales, nos ciegan durante un tiempo impidiéndonos ver otros aspectos del problema. Comprender o entender cualquier situación es un proceso lento y complejo. Tenía, pues, mucha razón quien dijo que los dioses no conceden nada a los humanos si antes no hay un esfuerzo, titánico a menudo, por parte de estos para conseguirlo. Y, desde luego, y ni aun así, se está seguro de haber llegado a comprender una mínima parte de lo que sucedió en cualquier historia, y de porqué sucedió.
No hace mucho estuve hablando con un conocido que siempre tiene la virtud de sorprenderme. Es un hombre inquieto que ama tanto la soledad como los museos, la música, el estudio y viajar, viajar sobre todo. Me confesó en una de nuestras esporádicas conversaciones que estaba interesado en estudiar la esclavitud en la antigüedad clásica. Lo que originó su interés por este tema fue una cosa aparentemente absurda y baladí. Me contó que una noche, a altas horas de la madrugada, se despertó inquieto. Había tenido un sueño, una pesadilla, en la cual, cerca ya de la jubilación, se veía estudiando de nuevo el bachillerato, pues sus títulos y papeles habían desaparecido tanto de su casa como del instituto: por esa lógica absurda de los sueños, tenía que sacarse la carrera de nuevo, ya que, caso contrario, se arriesgaba a jubilarse sin tener ninguna pensión ni modo de subsistir. Y se vio estudiando en las aulas, pero no con los libros de texto sino con un libro en el que se afirmaba que la esclavitud supuso un paso adelante en la humanización del hombre, ya que antes los prisioneros de guerra eran masacrados, y ahora se les perdonaba la vida a cambio de que trabajaran, cosa que también deberían hacer siendo libres. Pura demagogia.
Lo que más le molestó a mi amigo fue que, despierto, tranquilizado por la luz de la luna, y por los títulos, colgados en una pared de su casa, no encontró en su biblioteca el libro que había recordado en sueños. Seguramente, como me dijo, lo dejaría a alguien, y ese alguien ni lo leyó ni se acordó de devolverlo. Era un libro que leyó de joven, un libro casi de lectura obligatoria en aquellos sus años mozos: Origen de la familia, la propiedad privada y el estado. Y en él es donde se afirmaba, según sus recuerdos, que la esclavitud había supuesto un paso hacia delante en la historia de la humanidad. Leída la frase en la juventud fue para él palabra del Señor: una verdad indiscutible a la que, pese a todo, y atraído por otros temas e intereses, tampoco prestó mucha atención.
Años después vio películas americanas sobre cuestiones raciales, leyó algo sobre el descubrimiento de América, y sobre aquella teoría de que los negros no tenían alma, y por lo tanto, se los podía hacer trabajar como animales. Y todo ello debió conformar en el pecho de mi amigo una especie de olla a presión que estalló cuando, según él, tuvo un cierto interés por la historia del Imperio Romano. Con ese interés llegó al meollo de la cuestión, pues sabido es que tanto Grecia como Roma eran sociedades esclavistas. La esclavitud era una situación aceptada y bien vista; y a la que, al parecer, nadie ponía en cuestión[1]. Eso no le cuadraba. Según él tuvo que haber voces discrepantes en contra de ese dominio total de unas personas sobre las otras. Era imposible que nadie se percatara de que un esclavo también era una persona con sus penas, sus dolores y sus sentimientos. Y efectivamente no tardó en dar con dichas voces. Tuvo la primera muestra en una pequeña anécdota sobre el emperador Augusto. Se cuenta que un tal Polión lo invitó a cenar. Este tenía una piscina llena de murenas. Y a ella mandó que arrojaran a un esclavo, un muchacho, porque había roto, en un descuido, un valioso vaso de cristal. El pobre muchacho, aterrorizado, se echó a los pies de Augusto pidiendo clemencia: que lo matarán sí, de acuerdo; pero que no lo echaran a la piscina de las murenas. Augusto se hizo traer todos los vasos de Polión, los rompió todos, hizo que los arrojaran a la piscina y manumitió al esclavo.
Para mi amigo esta anécdota fue la prueba irrefutable de que no todo el mundo aceptaba la esclavitud; o de que, al menos, a esta le ponía unos ciertos límites que ignoraba Catón el censor, entre otros. Para este los esclavos eran muebles con patas a los cuales, cómo no, se podía golpear, humillar, violar, matar y vender cuando dejaban de ser útiles, es decir de viejos.
Yo estaba de acuerdo con mi amigo: no todo el mundo aceptaba la esclavitud. Y para demostrarlo le dejé una de las obras que más patética resulta al respecto: Las troyanas. En esta tragedia, princesas, reinas, nobles y menos nobles, tras la destrucción de Troya, son hechas esclavas y concubinas. Los gritos y lamentos de las mujeres no tienen desperdicio. Y no creo que Catón el censor considerara a Hécuba una vasija parlante, una crátera o algo similar. Ahora bien, una cosa es que ciertas personas tuvieran conciencia de la situación y otra, muy distinta, que fueran capaces de cambiarla: había, como siempre, demasiados intereses por todas partes.
Intereses, cómo no, siempre disfrazados y ocultos tras palabras más o menos brillantes y bellas cuando no cínicas y falsas. Como siempre y en todas las cuestiones del Imperio. Y así cada vez que un senador invoca la palabra Patria en cualquier historia se le ponían los pelos de punta: en el fondo, con esta palabra que llena carrillos, pecho, boca y nariz, no está sino defendiendo sus negocios e intereses, que, por supuesto, no está dispuesto a compartir con nadie. Y para ello, en nombre de la Patria, de la República, de los Dioses Inmortales, de Dios, de la Democracia, o de lo que sea, matará y masacrará a todo el que se le oponga, elevando estatuas y templos a todos a cuantos han colaborado con él, y con los dioses, para que todo siga igual y sus privilegios, tierras y propiedades, no se vean mermadas ni tocadas.
Eso no es óbice para no considerar a la sociedad romana como una sociedad esclavista. Por supuesto que habría personas, quién lo duda, que considerarían la esclavitud como una aberración; personas que manumitieron a sus esclavos; pero la inmensa mayoría de la gente tuvo que aceptar ese estado de cosas como se acepta la lluvia, como algo que, lo de siempre, “no se puede cambiar”. Siempre se ha dicho que la historia, al menos hasta el presente, la escribe quien gana las guerras en el campo de batalla. Y sí, es cierto: no tenemos ningunas memorias de ningún esclavo; ni hay ningún tratado de la época que se ocupe de ellos, de sus más íntimos pensamientos, de sus terrores y temores... Tal vez sirva de aproximación la esclavitud en Estados Unidos. Al fin y al cabo los sudistas, apoyándose en Atenas, también se definían como demócratas. Y de esta esclavitud sí que hay documentación.
Hay frases o situaciones que ciegan por su brillantez; y otras que sirven en bandeja lo que, desde ningún punto de vista, moral al menos, tiene ninguna justificación. Y es posible, concluía mi amigo, que la esclavitud fuera un avance con respecto al sacrificio de los enemigos en el campo de batalla. Pero eso lo único que hace es afirmar el eterno miedo del hombre a la muerte. Pues hay cosas que, sin duda, son peores que ella. Al fin y al cabo como dijo el poeta, morir es cerrar los ojos y dejar de llorar. Y siendo esclavo dudo mucho que se dejase de llorar.
Pese a todo, le objeté yo a mi amigo, cuando se habla como lo hizo Engels en el libro Origen de la familia, la propiedad privada y el estado, se hace en términos generales. Y siempre que se habla de esta forma se corre el riesgo de cometer muchas imprecisiones. Hay que ser muy precavido con las definiciones. Así, le dije, también podríamos definir nuestra época por la época del aburrimiento y de las colas. A la gente del siglo XXI parece que le encanta hacer colas: colas para entrar a un concierto, colas, de horas y horas, para comprar entradas para un partido de fútbol; colas y más colas para ver una exposición o para comprar un aparato electrónico en cuya posesión cifran toda su felicidad. En esas colas pasan horas y horas, a veces hasta con tiendas de campaña y sacos de dormir. Parece como si la gente no supiera qué hacer con su vida, y la invirtiera en imitar las vaciedades que hacen los demás: colas, colas de todo tipo, y que para nada sirven pues nada cambian.
Y en eso se ve que consiste la democracia: hay colas para un partido de fútbol y colas inmensas para ver los cuadros del Greco en Toledo con motivo de su centenario. Colas para todos los gustos. Y, sin embargo, en el museo del Colegio de Corpus Christi, de Valencia, hay dos cuadros del Greco que, al parecer, casi nadie conoce. Hay otro cuadro del Greco en el Museo de Bellas Artes de Valencia, ante el cual nunca se agolpan más de dos personas. Hay un autorretrato de Velázquez siempre solitario. Y hay una importante colección de pintura religiosa ante la cual sólo se ve, de vez en cuando, a estudiantes de la ESO, y más pequeños, junto con sus profesoras o las monitoras del propio Museo tratando de despertar el interés de las criaturas por el arte. Esperemos que gracias a ellas se acaben las absurdas colas. Y esperemos que nadie defina nuestra época, por esas colas, como una amante de los cuadros y los museos, ya que estos, si no anuncian a bombo y platillo que han traído un cuadro de un país lejano o de una colección privada y exótica, permanecen tan vacíos como un cementerio a la cuatro de la madrugada. Roma y Grecia fueron esclavistas, de acuerdo. Pero ¿Es nuestra sociedad una sociedad a la cual necesita que le digan lo que tiene que hacer? La respuesta es complicada, máxime si se tienen en cuenta las palabras de Stefan Zweig:
Mehmet es a un tiempo piadoso y cruel, apasionado y malicioso, un hombre culto que ama las artes, que lee a César y las biografías de los romanos en latín, y que, sin embargo, es un bárbaro que derrama sangre como si fuera agua[2].
Sí, a veces las cosas son un tanto complejas. Al menos para encerrarlas en una frase por muy brillante que esta pueda resultar o parecer.



[1]     Puede verse al respecto, entre otros, el libro de Robert C. Kanpp Los olvidados de Roma, Editorial Planeta, Barcelona, 2011
[2]     Stefan Zweig, Momentos estelares de la humanidad. Traducción de Berta Vias Mahou. Barcelona, 2003, p.38

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