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jueves, 2 de octubre de 2014

PRIMAVERA, por Eva Marabotto, de Buenos Aires, Argentina



Pidió un ramo de fresias. A Elsa no le gustaban los claveles y mucho menos las rosas que le parecían demasiado presuntuosas. Pero sí las fresias que desplegaban sus pétalos en una sinfonía de colores que iban del azafrán al lila. Así que eligió el ramo más grande y asintió cuando el dueño del puesto le preguntó si eran para la patrona. “Seguro las está esperando, como cada 21 de Septiembre”, agregó.

El hombre lo felicitó por su galantería y lamentó que los jóvenes no conservasen esa linda costumbre de halagar a sus chicas el Día de la Primavera. José le contó que él no se olvidaba jamás, pero que también le compraba flores a Elsa para su cumpleaños, el Día del Maestro y también cada 9 de noviembre para celebrar su santo. En los primeros años del noviazgo y el matrimonio ella jugaba a mostrarse sorprendida. Después, lo miraba con una sonrisa tierna y le agradecía no haberse olvidado.
Se alegró al pensar que ella estaría orgullosa de su hombre. Por eso se había puesto su mejor traje. No le importaba que mientras caminaba la gente lo mirase con una mezcla de sorpresa y ternura. Algunos le sonreían. Otros lo alentaban: "Bien, abuelo".
En un semáforo un taxista  le preguntó con un guiño cómplice si el ramo era para su novia. Le contestó que, de cierto modo, sí. Al fin y al cabo, Elsa y él llevaban juntos más de 60 años y él siempre le decía que ella era su eterna novia.
Cuando se acercó a la cola del colectivo los que esperaban le cedieron el primer lugar. Al subir recordó el cuento de Julio Cortázar, en el que un hombre intenta mantener su individualidad en medio de un ómnibus en el que todos llevan flores. Pero éste era el caso opuesto. En aquel micro nadie parecía estar enterado del cambio de estación. Nadie parecía tener a alguien a quién llevarle un clavel o un paquete de rosas.
Bajo en la parada de la plaza pasadas las 11. Se alisó las arrugas del traje para que ella no lo viese desaliñado. Cruzó la verja de hierro y caminó por el sendero entre lo árboles. Se detuvo delante de una piedra en la que pudo leer “Elsa Fernández”.
Igual no le hacía falta identificarla. Allí llegaba cada sábado, cada cumpleaños y cada Día del Santo de Elsa. Pensó que ella estaría orgullosa. Como cada Primavera él había recordado las flores. 

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