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viernes, 17 de octubre de 2014

CRÁNEOS PRIVILEGIADOS, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España



El verano agoniza sin que durante su estancia entre nosotros nos hayan alertado, al contrario de lo que ha sucedido otros años, con incendios más o menos intencionados, consentidos e impunes. Las noticias, tal vez porque ya no quedan montañas por quemar, han venido por otra parte. Por la parte que nunca, sea verano o invierno, deja de atosigarnos, de castigarnos y de recordarnos que somos mortales: por la de los políticos, sus querencia por la cosa pública, y sus invenciones lingüísticas. Algunas no tienen desperdicio.

No recuerdo si lo leí en algún sitio, o si lo dijo algún profesor en alguna clase de filosofía o de historia; pero recuerdo, vagamente, haber leído u oído, que el legislador, el político que se precie, debe ser un hombre ecuánime que hace leyes, pocas y claras, para gobernar a su país con justicia y equidad. Evidentemente los recuerdos se transforman con nosotros. Una persona, y he visto ya muchos casos, puede, intencionadamente, o sin quererlo, trastocar sus propios recuerdos y vivirlos o tenerlos presentes como si, en realidad, hubieran sucedido tal y como se presentan ante él. Digo esto porque últimamente dudo de si eso del político ecuánime lo oí en alguna clase, lo leí en algún libro, o es la frase de alguna película de ciencia-ficción vista en mi lejana adolescencia. Por más vueltas que le doy no consigo ver la película ni contextualizar la marciana sentencia.
Y ya que hablamos de contextualizar frases, cada vez estoy más contento de haber pasado por la universidad. No porque mis estudios me hayan servido de mucho, que lo han hecho, sino porque, además, y no es poco, no tengo ningún complejo de inferioridad ante estos que hablan en público, y que parece, al menos algunos de ellos, que son licenciados en derecho u otras materias más arduas y costosas. Por supuesto que una persona puede tener una carrera, o varias, y ser un idiota redomado. Y otra no tener estudios y ser una excelente persona, inteligente además. El concepto de cultura y de sabiduría es algo más que unos apuntes bien o mal memorizados a lo largo de unos cuantos años. Hay, desde luego, muchas formas de estudiar y de leer. Y seguramente la mayoría de los políticos de este país no leyeron el libro que leí yo, o no tuvieron un profesor como el mío, el que dijo que la misión del político es legislar con justicia, equidad y pocas palabras. La misión de los políticos en este bendito país, en este corralón lleno de sol, es la de perpetuarse en el poder sea como fuere, y a costa de lo que sea. Y como no saben legislar, tal vez ni se lo han propuesto, cuando le ven las orejas al lobo, cuando temer perder privilegios, se dedican a atacase unos a otros, es decir los azules a los verdes, los verdes a los amarillos, y estos a todos. Y así pasamos los días tan ricamente. Ante tanta repetición de insultos y descalificaciones piensa uno que es una pena que no estemos en el Renacimiento de Maquiavelo. Allí podrían dedicarse, estos señores y señoras, a envenenarse unos a otros, o a matarse por las esquinas. Así a lo mejor nos dejaban tranquilos al resto de los mortales.
Faltaban luego los periódicos y las televisiones repitiendo hasta la saciedad, una y otra vez, cualquier memez dicha por cualquier cargo público. Como decía alguien, oír a Mozart supone voluntad, determinación, claras ganas de hacerlo; por el contrario oír a cualquiera pegando gritos y saltos es lo normal y corriente, lo que se ve en cualquier esquina. Lo mismo sucede con la sensatez o la educación y los políticos.
Volviendo al tema que nos ocupa, más que legislar, cosa que deben hacer los asesores, de la misma cuerda que el político de turno, este se dedica a la vida pública. Muchos políticos se pasan la vida dando charlas, conferencias, y yendo de acá para allá. Y cuando hablan siempre resultan tan graciosos como patéticos y cansinos. Por supuesto ya sabemos todos que van a legislar para mantenerse en el poder o beneficiar a los amigos. Y cualquier cosa que diga el jefe de filas será repetida por todos los miembros de su gobierno, y de su partido, hasta formar un gran eco. Es cosa de risa ver en un mismo día a veinte o treinta personas repitiendo todos idéntica consigna, pero en diversos contextos. Y al día siguiente, y al otro. Sin cansarse ni aburrirse. La misión es romper las más duras peñas, es decir convencer a todos con la repetición, o, por decirlo de otra forma, hacer que una tontería sea real diciéndola una y otra vez, hasta el aburrimiento. También el pasado, como hemos visto, se pueden cambiar o modificar. No hay más que ver algunos libros de historia.
En todas las formaciones políticas siempre hay cráneos privilegiados que tratan de poner la nota poética, cosa que hacen a las mil maravillas. Bien para ayudar a su líder, o para desviar la atención de otros graves problemas, el bufón de turno nos saldrá con alguna perla de cosecha propia. Estos bufones o no piensan lo que dicen, o, privilegios del poder, piensan que boca y culo todo es uno. Y todo vale con tal de desprestigiar al otro, o de llamar la atención. Han llegado ya a tal punto de necedad y estupidez que se acusan de no saber pasar la aspiradora, cosa harto importante. Sin palabras. Claro que cuando, ante estas necedades, se les tiran encima periodistas y amas de casa, salen otra vez a la palestra para decir que sus palabras, cómo no, se han sacado de contexto o se le ha malinterpretado. Siempre hay, como dicen, interpretaciones torticeras cuando no interesadas. Algunas de ellas, de verdad, parecen haber sido concebidas en algún ascensor donde alguna señora se arrancó todo lo arrancable para concebir semejantes necios descontextualizados. O acusar al padre de la criatura de violencia y malos modos.
Sinceramente creo que estos bufones no piden perdón por sus bufonerías porque, en el fondo, y en la superficie, dicen lo que piensan. Y conocida es la capacidad intelectual de nuestros políticos, algunos de ellos licenciados universitarios. A veces me pregunto cómo ciertos necios pueden haber llegado al poder. Y cómo otros se atreven a salir a la calle después de lo que se sabe de ellos. Y no se les cae la cara de vergüenza. Ni se suicidan, como se propuso no hace mucho para los violadores reticentes.
Está claro que no a todas las personas nos interesa la política como forma de vida; y otras ven en ella, no una vocación, sino una forma de medrar y de lucrarse. Y a partir de aquí habría que tener en consideración a Sócrates cuando se mostró en desacuerdo con la democracia: no le parecía correcto que su voto valiera lo mismo que el de un vulgar zapatero. Si hubiera dicho eso hoy en día, se le hubiera tirado encima todo el gremio de zapateros y aledaños. Coger el rábano por las hojas. Aunque también podía haber nombrado a licenciados y graduados.
Por desgracia no solamente los políticos de un color o supuesta ideología dicen burradas y necedades. Esto no es privilegio de unos o de otros. Todos, como de los fondos públicos, se pueden servir de la necedad a su gusto: sin tasa ni medida. La malo es que esta no la llevan a paraísos fiscales, la airean. Así tienen la excusa perfecta para, igual que en el patio de un colegio de niños, tirarse en cara el famoso “y tú más”. Eso sí, a la hora de la verdad, se pondrán de acuerdo para intercambiar cromos repetidos, quedar impunes porque ya han legislado a fin de que así sea, o porque un roto tapa a un descosido. Lo demás es todo malicia, interpretación torticera, y, por supuesto, descontextualización. O una mala interpretación de sus palabras, que todo puede ser.
Algo de razón tienen: los habitantes de este corralón lleno de sol ni sabemos leer ni entendemos a la gente cuando habla. También, no recuerdo en qué película de ciencia-ficción, oí decir a un marciano que nadie desprecia tanto su propia lengua como los sufridos españoles. Por desgracia cuando el río suena agua lleva, aunque sea en una película de mentiras, pues leer un periódico aquí y hoy supone tener conocimientos, al menos, de tres o cuatro garrulerías dichas en árabe, los talibán; en inglés, un selfie, balconing o en lo que se les ocurra. Nada nuevo bajo el sol. Ya don Francisco de Quevedo denunció tamaña situación, en su época con el francés, en su desconocido libro Cuento de cuentos. A él siguió el de su discípulo Torres de Villarroel, Historia de historias, y la del valenciano Lluís Galiana Rondalla de rondalles. Para qué abundar en la materia con lo bonito que queda eso de Hemos recogido la noticia a pie de playa. O Los talibán se subieron a los parabán y se comieron unos croasán. Ahora lo que deberían hacer los directores de los Museos de Bellas Artes es cambiar los rótulos de algunos cuadros que cuelgan de las paredes de dichos museos: Selfie de Velázquez, Selfie de Goya, etc. A lo mejor así aprendíamos a interpretar a nuestros pintores y políticos, y a no descontextualizar sus palabras y hechos. Porque tener una cuadriga ocupando un espacio público durante tres o cuatro arcontados también, seguramente, es una interpretación torticera de los hechos. Y no hablemos de los millones de res pública volatilizados. Ni los alquimistas.
Dejemos que sigan insultándose entre ellos, prometiendo lo que no van a cumplir, y soltando perlas, porque cada uno, en esta vida, hace lo que sabe. Y si contemplamos el panorama, educación, sanidad, empleo, etc, este es francamente desolador, tan desolador que ni su palabrería, como la hojarasca, cubre ya tanta podredumbre y desánimo.
Y por cierto, el otro día alguien se reía de la enorme complejidad del castellano y de la sencillez del inglés. Para él era mucho más lágico utilizar selfie que autorretrato. Y hablar sin preposiciones, comas ni puntos. Este mismo personaje nos invitó a unos amigos a su casa. Y se empeñó en llevarnos con su coche. Nos metió en su garaje porque quería, con disimulo, que leyéramos el cartel que había redactado para el mismo. Rezaba así: por su propia seguridad esperese (sic) a que la puerta concluya la maniobra de cierre. Y digo yo, ¿no sería más sencillo decir espere hasta que la puerta se cierre? ¿Y, en otro orden de cosas, no sería mucho más económico decir me he equivocado, los he despreciado a ustedes, presento la dimisión y me voy? Películas de ciencia-ficción. Los cráneos privilegiados nunca piensan eso. No hay más que leer algún que otro escrito de algún que otro fiscal.
Y no me resisto, para acabar, a contar una pequeña e ilustrativa anécdota. Poco antes de finalizar el curso, un alumno, algo ingenuo, le decía a un compañero que si él fuera el rey, renunciaría a la corona y se iría de este país. ¿Y qué va a hacer? Le contestó el otro. Y de ahí ampliaron la pregunta: ¿Qué van a hacer muchos de estos cráneos privilegiados si presentan su dimisión, si abandonan ayuntamientos y partidos políticos? Más heridas de asta da el hambre, que lo de cornadas queda un poco vulgar. En el fondo son tan conscientes de su nulidad, de su vaciedad, que se arreglan el futuro a través de amigos y concesiones, favores y regalos a unas empresas y otras cambio de un puesto en el consejo de administración para cuando dejen la política. ¡Dioses inmortales! -como diría Cicerón, Ubinam gentium sumus? ¿Entre qué gente vivimos? Nunca, además, ni se sonrojan ni se les cae la cara de vergüenza. ¿Los habrá petrificado la Medusa?

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