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lunes, 5 de marzo de 2012

DON JOSE ® NOVELA, por Carlos Alejandro Nahas. PROLOGO E INTRODUCCION


A mi esposa Evita, que puso a mi disposición todo su oficio de Licenciada en Letras, Periodista y escritora, para hacer de esto algo parecido a una novela.
A Irene – mi madre – por su memoria fotográfica y sus correcciones de buen tino.
A Olga – mi abuela – protagonista ineludible de estas páginas, por ser.
A Agus, Mechi y Juan Manuel - mis niños - y a Papá.
Y por supuesto, a mi abuelo, “Don José”.
Carlos Alejandro Nahas
Buenos Aires, junio de 2007

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Nota aclaratoria inicial:
Los hechos que aquí se relatan han sido en su totalidad auténticos y les han ocurrido a personas reales, muchas de las cuales actualmente viven. A los fines de no herir la susceptibilidad de algunos de ellos, los apellidos han sido cambiados en su totalidad (si bien fonéticamente suenan muy parecidos), no así los nombres de pila. Los habitantes de Capilla del Monte podrán reconocer a muchos de ellos en estas páginas. Sepan ellos disculpar en muchos casos el sarcasmo, en otros la falta de piedad. Es que como dijo Serrat alguna vez: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”
PROLOGO
A la manera de la monumental En busca del tiempo perdido de Marcel Proust Don José indaga en los recuerdos más entrañables de la infancia de un narrador ya adulto, pero también en la historia y la mitología de un pueblo cordobés: Capilla del Monte.
La figura del abuelo y la relación con su nieto sirven de marco para una novela que narra la niñez pueblerina de un chico a mediados de los setenta. El hecho de que el narrador sea porteño potencian aún más el asombro y el extrañamiento con que se acerca a la vida y las costumbres de los pobladores de Capilla. Las tardes en el río, los paseos a caballo, y las mil intrigas, amores y rencores sorprenden al pequeño protagonista, quien a lo largo de la novela va haciendo propio ese mundo al punto que hacia el final del texto la ciudad de Córdoba es “Córdoba capital” como le dicen los cordobeses.
Si la historia principal es la de la relación entre un nieto y su abuelo, la que subyace es la de un amor casi eterno de José y Olga. Un romance adolescente que se afianzó y se transformó en una pasión madura. Por eso Don José también es un tributo a esas dos figuras tan arraigadas en la infancia del narrador: la de sus abuelos protectores y cómplices, ingenuos y sabios.
No hay odio en las páginas de esta novela. Y eso no debería extrañarnos ya que tampoco lo hay en los recuerdos de infancia. El tiempo y la nostalgia del narrador contribuyen a dotar a los hechos de una pátina de inocencia, como si estuviesen contados desde la óptica del niño que fue. Por eso, como en los cuentos los buenos son absolutamente buenos y los malos, no son más que esperpentos, seres a quienes sus acciones convierten en ridículos monigotes, cuyas figuras por contraste engrandecen la del entrañable José.
Eva María Marabotto (Eva María Marabotto es Licenciada en Letras (UBA), periodista del Diario Clarín y Magister en Periodismo “Magna Cum Laude” egresada de la Universidad de San Andrés)

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Mi abuelo no era común y corriente. Mi abuelo no era mi abuelo.
Mi abuelo era maravilloso, soñador, idealista, un muchacho de 18 años atrapado en el cuerpo de un anciano de ya casi 70. Los niños no olvidan fácilmente a quien les enseñó a pescar – desde cortar la caña, hasta enhebrar la tanza, colocar el reel, la plomada, la mosca, el anzuelo y la carnada, ni a quien lo llevó en el caño de la bicicleta. Esa persona increíble que me brindó un cariño tan enorme, silencioso, inconmensurable y pleno, merece al menos un relato, una ficción, una prosa desordenada, unas breves retazos que tal vez se los lleve el olvido, pero a mí me servirán para agradecerle a quién tanto hizo sin saberlo siquiera.
Para él vayan estas líneas, que tal vez se conviertan en novela, tal vez en un simple relato corto. Pero siempre en amor, incondicional y simple de un nieto que en sus cuarenta recuerda al niño que una vez fue y tal vez lo vuelva a ser en la noche de los tiempos. A él vaya esta dedicatoria y este amor.

Introducción
En verano de 2007 volví al pueblo que me vio crecer. Tenía cuarenta y hacía aproximadamente 20 años que no volvía. Novias, llantos, alegrías, matrimonio, tres hijos y un gato, departamento en zona populosa de Buenos Aires, carrera como abogado y auto de medio pelo ponían harta distancia entre aquellos años felices de la niñez - donde sólo importaba quien llegaba primero a la meta en la pileta, la cincha ajustada del caballo y el encordado de la raqueta - y mi realidad actual.
Mi padre había sido destinado a la Ciudad de Córdoba en 1973, y mi abuela se había casado por segunda vez en 1974, con un ignoto señor de Capilla del Monte, pueblo distante a 108 kilómetros de la capital cordobesa, con lo cual los fines de semana y las vacaciones de verano eran cita obligada de toda la familia, primos, amigos y tíos incluidos. Era una fiesta y no nos dábamos cuenta. Luego, en 1977, mi familia debió regresar a Buenos Aires, pero como yo aún estaba en la etapa de aprender a conocer los secretos de los horneros, del olor del pan a la mañana, y de cómo cortar tela gross sin romperla en la “Tienda La Princesa”, mis padres me siguieron enviando religiosamente entre el 26 de diciembre y principios de marzo que era cuando debía comenzar las clases. Tal costumbre duró el resto de mi primaria y toda mi secundaria.
A los 18 años comencé la facultad y Villa Gessell, Pinamar, Mar del Plata y Punta del Este con sus colaless ochentosos y sus bailes hasta la madrugada me llevaron por otros destinos. En 1988 mi abuelo José falleció luego de una enfermedad relativamente corta, mi abuela regresó a Buenos Aires a vivir con mi tía y visitar ocasionalmente a mis padres. Hoy ella tiene 94 años y está mejor que muchos de 18. Cada tanto hablo con ella de aquellos años y de las personas comunes con las que convivimos tanto tiempo. Pero algo se rompió definitivamente en los ochentas: me faltaba mi abuelo, aquél que sin poseer mi sangre me había dado todo de sí sin pedir nada a cambio, aquél que había sido más que un abuelo: un confidente, un didáctico antagonista, un maestro, un ejemplo de vida, una buena persona en definitiva, que no abundan precisamente en estos tiempos que corren.
En febrero de 2007, sin proponérmelo, pero con la ansiedad palpitando mis sienes propuse a mi familia que, teniendo en cuenta la devaluación, los vaivenes económicos, y porqué no mi propia “morrinha” emprendiéramos unas vacaciones a ese lugar que tanto me dio, para seguir las huellas de “Don José”, mi abuelo del alma, y también para rastrear mis olores de la niñez, mis paisajes queridos, mi quebracho colorado quemándose, mis caballos nobles y mis ríos caudalosos. Como usualmente pasa, se sometió la cuestión a debate – como todo en mi casa - y ganamos por un apretado 3 a 2 a favor de las Sierras, contra el mar.
Fueron 20 días maravillosos, donde nada de lo que vi, toqué, olí, oí y sentí fueron ajenos a mi pasado, pero redimensionados por mi madurez y tal vez un toque de confianza excesiva. Fueron 20 días donde Dios me obligó a mirar atrás y me dictó estas líneas, tal vez pobres, que no arrancan en 2007, sino en un lejano otoño de 1911, cuando el país estaba por hacerse y ese hermoso poblado tenía tan sólo 500 habitantes y flores por doquier.
Dios está en todos lados y atiende en Buenos Aires. Pero tal vez alguna sucursal pequeña, mágica y misteriosa, esté en algún lado de las Sierras de Córdoba. Sospecho que ese lugar es Capilla del Monte.

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