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viernes, 26 de diciembre de 2014

PHANTASMATA, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España



No sé porqué hay noches en las que no puedo dormir. Para tratar de evitarlo siempre procuro acostarme cansado y a la misma hora; pero aun así hay noches en las que no consigo conciliar el sueño. Y es terrible: se me pasan las horas dando vueltas y más vueltas en la cama, y pensando en infinidad de tonterías. Ya me percaté, la primera o la segunda vez que me sucedió esto, de la gran cantidad de incoherencias y despropósitos que me cruzan por la cabeza en semejantes situaciones. La mente, en esos momentos, se transforma en algo así como en una diosa caprichosa capaz de recorrer todos los continentes, pueblos, montañas y países en un par de zancadas. Igual está en un lugar que los antípodas; y con la misma intensidad recuerda un fragmento de la lejana infancia que un documental sobre ballenas visto la tarde anterior. La noche se transforma en un fluir continuo de imágenes, en un caos. A veces he intentado poner orden en este desbarajuste, pero me ha sido imposible. La única forma de hacerlo es levantarme, coger un libro o un papel y una pluma, y dedicarme a leer o a escribir. Y así veía amanecer.

Era entonces, al hacerse de día, y más si estaba lloviendo o nevando, cuando me entraban unas ganas enormes de meterme en la cama. Al hacerlo, siempre, agotado por la noche en vela, evocaba momentos de mi melancólica infancia, cuando mi madre me tapaba con las mantas, me embutía bien con ellas para que no me destapara, y apagando la luz se iba tras haberme dado un par de besos. Antes me había dejado ver caer la nieve a través de los cristales de su habitación. Recordándolo tenía que hacer esfuerzos para no llorar. Imagino que son cosas de la edad. También me recordaba yendo con mi mujer en el coche, camino del hotel rural donde pasamos nuestras últimas navidades. Nevaba. Detuvo el coche. Salimos y dejamos que los copos de nieve nos cubrieran de arriba abajo. Fueron unos momentos muy felices.
Si era verano cuando me sucedía lo de no poder dormir, me quitaba el pijama, me ponía un chándal ligero, y salía a caminar por la residencia, y aun por el jardín. Me gusta mucho sentarme en un banquito, al aire libre, y contemplar la luna y las estrellas. A veces mirando el cielo, pensaba en los griegos y en todos sus descubrimientos, en el enorme legado que nos han dejado; y me estremecía ante lo que es capaz de realizar la mente humana. Recordaba entonces mis obsesiones de juventud por ir a los lugares donde habitaron semejantes hombres: Atenas, Micenas, Esparta...; y dos lugares que me atraían por su propio nombre: Tesalónica, el mar de Mármara. ¡Suenan tan bien! Pero por unas razones o por otras, nunca he ido allí. Hay muchos sitios en los que nunca he estado, y en los que nunca estaré. Otros, por el contrario, los he visitado varias y repetidas veces. Pero nada de esto tiene ya importancia. Me importa el presente, lo que me acaba de suceder.
Hoy tampoco he podido dormir. Pese a estar en el mes de Diciembre no hace nada de frío. Dicen que vamos a batir el récord del año más caluroso en mucho tiempo. Sin pensarlo dos veces, me levanté, me vestí, y comencé a caminar hacia la puerta. La gente de la residencia dormía. Los pasillos estaban vacíos. En penumbras. Ya habían puesto el árbol de navidad y un pequeño nacimiento. Con las lucecitas apagadas uno y otro daban una triste impresión de soledad y abandono. Sólo se veía luz en la habitación de la enfermera. Creo que no me vio salir. Tras percatarme de que llevaba las llaves e iba, pese a todo, bien abrigado, salí al jardín.
La noche estaba preciosa, clara y despejada. Y los caminos llenos de hojas caídas que crujían bajo mis pies. Por aquí y por allá todavía quedaba algún charco, efecto de las recientes lluvias. A los pocos minutos de estar caminando, a escasos metros de mí, vi una figura, vestida de negro, sentada en el banquito que yo suelo ocupar. El corazón me dio un vuelco: creo que me acordé, en cuestión de segundos, de todos los cuentos, novelas y películas de terror que había visto y leído a lo largo de mi vida. De todas ellas, sin embargo, me quedé con la imagen del filósofo Atenodoro escribiendo sobre sus tablillas en tanto un descarnado fantasma, cargado de cadenas, haciéndolas sonar, trata de llamar su atención. ¿Existen los fantasmas?, preguntó Plinio, el autor de la narración. Ante el recuerdo y la realidad, no quise hacerme ilusiones, pues intuí que iba a recibir la explicación lógica y racional que siempre me he dado yo: nunca se me ha aparecido el fantasma que deseaba y deseo. Fantasma o no, una figura alta, aunque un tanto encorvada, se puso de pie al acercarme.
-¿Quién es? -me preguntó en tanto me escudriñaba el rostro.
-Buenas noches -respondí-. No se asuste. Soy de la residencia. No puedo dormir y he salido a caminar.
-¡Ah! Bueno. Siéntese -me dijo retirándose un poco del lugar que ocupaba.
Estuve a punto de declinar su invitación, pues lo que yo quería era pasear; pero no sé porqué deseando hacer una cosa hice justo la contraria.
-Siento haberla asustado -dije por decir algo en tanto repasaba en mi mente si había visto a esa mujer en la residencia o en algún otro lugar. No la pude localizar.
-No me ha asustado -dijo con tranquilidad. Imaginé, pues, que estaba esperando a alguien; pero entonces, ¿por qué me había invitado a sentarme?
-¿Espera usted a alguien? -pregunté muy poco cortés.
-¿A estas horas? ¿Y aquí? Como no sea a un fantasma.
-Es verdad. Tiene razón. Perdone. Yo es que no podía dormir...
-Es lo que nos sucede a las personas mayores. Tal vez la culpa sea del peso de tantas y tantas vivencias. Aunque algunos dicen que las personas mayores duermen poco para aprovechar al máximo el escaso tiempo que les queda.
-Yo siempre he dormido muy poco, tanto de joven como ahora. Para mí no es ninguna novedad.
-Entonces usted, con tantas horas de actividad, no necesita recuperar nada. No volverá a este mundo arrastrando penas o cadenas.
-Si tuvieran que volver todos cuantos han desaprovechado sus vidas, la tierra estaría llena de sombras.
-¿Y si sólo vuelven aquellos que han tenido conciencia de sus errores o de que han dejado cosas por terminar?
-¿Me está diciendo que existen los fantasmas? ¿Almas con conciencia?
-No, señor mío; yo no digo nada.
Sinceramente, aquella conversación en otro momento me hubiera hecho sonreír; pero solos en el jardín, y a las tres de la madrugada, me inspiró un cierto temor. Volví a mirar con atención a mi acompañante, y de nuevo no supe localizarla en ningún lugar concreto. Lo confieso: me entró un poco de miedo.
-¿Cree usted en los fantasmas -pregunté un tanto estúpidamente y no estando muy seguro del temple de mi voz.
-Cuando se saben las cosas -respondió un tanto pedantescamente- no se creen en ellas.
-Entonces, usted sabe que hay fantasmas.
-Saber, en esta vida, nadie sabe nada, ¿no le parece?
-Es posible; pero algunas personas saben sumar y restar.
-No le falta razón. Ahora bien, sobre el más allá, y sobre la muerte...
-Sí, eso es harina de otro costal... No obstante, si los fantasmas existen, ¿Por qué no se aparece el que uno desea y llama con todas sus fuerzas?
-Las aguas del Leteo son terribles y poderosas. Lo más constante del hombre es el olvido.
-No me diga eso, por favor.
-¡Ah, Dios mío, ha sido usted feliz! Dulces prendas por mi mal halladas.
No supe qué contestarle. Y no quise continuar el poema de Garcilaso. Miré al cielo. La luna había sido cubierta por espesas nubes. Me pareció absurdo y fuera de lugar hablar de la posibilidad de lluvia.
-Sí, creo que sí -contesté por cortesía-. Decían los griegos que a nadie se le puede considerar feliz o desgraciado hasta después de su muerte, pues la vida puede cambiar en un momento. Y es cierto. Ahora, desde luego, es difícil que uno pase de ser rey a esclavo, como sucedía en aquellos tiempos, en un santiamén. Pero hay tantas contingencias...
-Las hay. Y a algunas personas las cosas se le quedan a mitad de hacer. El dolor, a veces, es más fuerte que el olvido -añadió con una voz que se volvía más grave por momentos.
Aquella mujer estaba empezando a asustarme de verdad. Volví a sentirme tan inerme e indefenso como cuando de niño, tras leer algún cuento de terror, tenía alguna pesadilla. Me entró frío.
-No, es imposible -comencé a defenderme.
-¿Qué regalo le gustaría para estas navidades?
Me quedé perplejo ante su pregunta un tanto absurda. No obstante, sonreí un poco más tranquilo. Cerré los ojos pensando en algo que quisiera, y cuando los abrí, la mujer ya no estaba a mi lado. Tuve un ligero escalofrío. Hasta mí llegó un suave olor a leña quemada que me recordó unas lejanas navidades en un hotel rural. En compañía entonces vi nevar tras las ventanas de la habitación. Y, como un regalo del cielo, comenzó a nevar ahora. Me quedé sentado hasta que los copos de nieve me cubrieron por completo.

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