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viernes, 5 de diciembre de 2014

PATÉTICAS DISCULPAS, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


Hay costumbres que tardan en desaparecer o que no lo hacen nunca. De joven me encantaba pasear por los parques, y sentarme en algún que otro banco. Los bancos de los parques suelen ser muy incómodos, así que mis descansos eran breves, máxime cuando algún ocioso buscaba mi compañía. Es lo que me sucedió el otro día. No hice más que sentarme, tras un largo paseo, cuando se me acercó un hombre, un poco mayor que yo; y, cosa rara, vestido con chaqueta, camisa y corbata.
-Se le nota a usted -me dijo alargándome una mano que estreché- que está recién jubilado. Su cara transpira felicidad y relajación.
-No sabía que se me notara tanto -dije por decir algo.
-Pues sí, se le nota -insistió él sentándose a mi lado- a pesar de que hay pocos motivos para estar contentos o alegres -añadió.
-Doy gracias a los dioses -repliqué intuyendo por dónde iba- por no tener que ocuparme todos los días del Imperio Romano.

-Eso creo que lo dijo Nietzsche. Pero aquellos eran otros tiempos. Lo malo de este imperio no es que uno tenga que ocuparse de él, sino que él, con cuanto destila, nos oprime hasta la saciedad. O quizás debería decir que nos ahoga, sin que nadie haga nada.

-Eso es -dije animándome- lo que más miedo me da de este país: la infinita paciencia de su gente, rayana en la indiferencia, su consentir con todo, y votar a los mismos que le están robando una y otra vez...
-Hasta que llega un momento -me interrumpió- en que no puede más y se tira al monte, como vulgarmente se dice.
-Usted mismo lo ha dicho.
-No hay nadie más temerario que un tímido cuando, cansado de su insignificancia o de las risas de los otros, se arranca. Aunque hay que reconocer -añadió- que se ha producido un cambio importante en los políticos: han comenzado a pedir perdón por los errores cometidos, es decir por tener corruptos entre sus filas, y por robar unos y consentirlo los otros.
Lo miré a los ojos dudando entre si me estaba tomando el pelo, o era un cínico. Me tranquilizó enseguida:
-Cuando era joven, de estudiante, viví en un piso con un compañero. Era un personaje, mi compañero, sumamente egoísta: siempre iba a la suya, y siempre hacía lo que le apetecía sin pensar nunca en los demás. Eso sí, era muy educado: cada dos palabras, una era para pedir perdón.
-No está mal. Algo es algo.
-Sí; pero me cansé de dar absoluciones, a quien no tenía propósito de enmienda, y me fui a otro piso. Le ahorré que fuera disculpándose una y otra vez.
-No exagere: los políticos piden perdón, como mucho, una vez en la vida, o dos; pero es, como hacía su compañero, para seguir haciendo lo que hacían antes, aunque con rostro compungido. Como si les dolieran las muelas o fueran estreñidos.
-Igual que mi antiguo compañero, desde luego. Al final todo huele a pura hipocresía, a corrupción sobre corrupción, ¿no le parece a usted?
-Mire -le dije sin tapujos- si se refiere usted a la comparecencia, el otro día, de esa señora a la que se ha tildado, neciamente, de verso suelto, de lideresa, y de no sé cuántas estupideces más, tiene usted toda la razón del mundo. Sí, vi la comparecencia en la televisión de dicha señora; y todo me sonó a puesta en escena. Muy mal hecha, por cierto. Ha pedido perdón, de acuerdo; pero nadie ha presentado su dimisión, ni la va a presentar. Era todo de una falsedad que asustaba. Nadie asume ninguna responsabilidad.
-Por ahí tenían que comenzar. Y estoy de acuerdo con usted: creo que lo que ha tratado de hacer esta señora, y con esto la corrupción todavía huele más y más, ha sido distanciarse del presidente del gobierno, del jefe de su partido, y relanzar su carrera política. Es decir, y perdón por la expresión, mierda sobre mierda... Al día siguiente llevaron a esa señora a recoger un premio, y según los periodistas, se la veía contenta y feliz. ¿Por qué? ¿Acaso sus palabras habían terminado con la corrupción? ¿O ha tomado medidas para que nada de cuanto ha sucedido se produzca de nuevo? No, nada de eso. Se trata, nada más, de una lucha por el poder. Compareciendo y pidiendo perdón, cree ella que le ha ganado la partida al presidente del gobierno y de su partido, que, por cierto, es patético.
-Tampoco hace falta mucho para ir por delante del presidente. En mi vida he visto personaje más apático y desmayado: creo que se le curan las enfermedades por aburrimiento. Si fuera torero, en vez de entrar a matar dejaría morir al toro de hambre o desesperación en el ruedo.
-Y eso sin ocultar su negación de la realidad una y otra vez. Al principio, ¿recuerda usted?, cuando aparecía algún caso de corrupción en algún partido siempre era mentira; siempre los miembros de ese partido eran personas honorables que trabajaban mucho por el bien de España. Lo que sucedía, según ellos, es que el otro partido, que había perdido las elecciones, trataba de hacerse con el poder creando bulos y mentiras, manchándolos, arrastrando su nombre por el barro y por los lugares comunes. Eso sí, por si acaso, ponían todas las trabas que podían a la investigación y a la justicia, llegando, incluso, a hacer desaparecer pruebas. Da asco.
-Sí, lo recuerdo; era triste hasta la muerte. Y ridículo. Aquellos mítines donde saltan, gritan cantan... ¿Hay algo más ridículo que un político español cantando o saltando? Se les nota la impostura a la legua. Es el vivo reflejo de muchas de sus afirmaciones.
-A eso iba. ¿Y qué decir de sus palabras, de sus apoyos a los corruptos? ¿De aquel “estaré contigo, delante, detrás, no sé dónde pero estaré contigo”? Todo para arropar a un corrupto más, pero que le estaba poniendo en bandeja millones de votos. Todo por el poder, podía haber sido el lema de unos y otros.
-Me va a perdonar usted una pequeña pedantería. ¿Ha leído usted a Tito Livio, Ab urbe condita?
-No, lo siento; no lo he leído.
-¿Sabe? Siempre he sospechado que el no estudiar historia, y la historia de Roma es la nuestra, al igual que el latín es nuestro idioma, tiene como fundamento el desconocimiento total de la persona. Me explico. La corrupción es un cáncer que hay que atajar... Cuenta Tito Livio, en el libro XXV de Ab urbe condita, que hubo dos personajes que se enriquecieron hundiendo barcos en alta mar. Estamos en la época en la que Aníbal ha puesto en jaque a la República. Y estos personajes, encargados de llevar las vituallas al ejército, cargan en los barcos cosas sin importancia, los hunden, y le sacan el dinero al estado, que corre con los gastos y los imprevistos, venden las vituallas a terceros, y los soldados, ante los ejércitos enemigos, se mueren de hambre.
-Hace falta ser... en fin, sin palabras.
-Pues aplíquelo al caso actual: aplíquelo a las personas dependientes. No hay dinero para atenderlos a ellos, ni a la sanidad pública, hay niños que pasan hambre, gente en el paro...; pero sí que hay dinero para cacerías, juergas, putas, vinos y cuanto se les ocurra. ¿Y para qué quieren tantos millones? Con lo que han robado todos podíamos tener un país casi nuevo... Y hospitales y escuelas.
-Se dice que la ambición es como un pozo sin fondo: nunca tiene suficiente. Y los gobernantes se ocupan de todo menos de gobernar. ¿Para qué quieren el poder? ¿Para enriquecerse? ¿Qué noción tienen de un país? ¿Favorecer a los suyos?
-Estamos gobernados, y es un decir, por un hatajo de bestias. Y a estos les dan apoyo unos medios de comunicación tan bestias como ellos. Ya sabe lo que sucedió con la auxiliar de enfermería que se contagió de ébola cuidando a un par de misioneros repatriados desde África.
-Sí, lo sé. Y tiene razón. Hace falta ser imbécil, utilizando un calificativo suave, para hacer lo que hizo el consejero de sanidad. Para ocultar la chapuza, el desmantelamiento del hospital, su privatización, recorrió los medios de comunicación culpando a la enfermera de su contagio; tildándola poco menos que de burra por no saber ponerse el traje de aislamiento, de mentir, y de no sé cuántas barbaridades más.
-Y ese fulano se dice médico. Me lo imagino golpeando a un enfermo por haber contraído un cáncer en época de elecciones, cuando él tiene que estar por ahí dando mítines. Lamentable.
-Y menos mal que la enfermera se contagió cuidando a dos misioneros. No quiero ni pensar lo que hubiera sucedidos si se hubiese contagiado cuidando a un sindicalista venido de Siberia, pongo por caso. Los medios que la atacaron eran, pretendidamente, bien pensantes, y alguno hasta de la Iglesia.
-Y no ha dimitido, ni lo han cesado.
-No. Pero ha pedido perdón. Su desgracia ha sido que la enfermera no ha muerto, porque aquí siempre tiene la culpa de todo quien muere. Los políticos sólo están para recibir medallas. Si hubiese muerto no se hubiera tenido que disculpar.
-Nos hubiera ahorrado el sonrojarnos a unos cuantos.
-Es un país de pandereta.
-No; es un país al revés: el ministro de justicia se enroca en la ley del aborto en vez de modificar un código penal que, como dijo alguien, pena al roba gallinas pero no al corrupto; la ministra de sanidad está desaparecida  buscando no sé qué jaguar que no halla; el hospital se desmantela y se vuelve a montar como si fuera una falla para recibir a un contagiado, y no por una enfermedad cualquiera. Y mientras unos cumplen con su obligación, y trabajaban, hasta de forma voluntaria, y son estigmatizados, los otros, los buenos, roban a todo placer, insultan a los trabajadores, les faltan al respeto, y no pasa nada.
-Pero piden perdón.
-Mire. Ya no me vale eso. Ni me vale la dimisión de nadie. Estoy más que cansado... Lo único que tiene sentido ya, que lo tendría, sería un suicidio colectivo de toda la gentuza que ha consentido esto durante tantos y tantos años...
-¡Hombre, no sea usted tan drástico!
-No soy drástico. Soy pragmático. Deberían suicidarse todos, si es que todavía les queda algo de vergüenza, que no. Como hacían los romanos. Además, los políticos de este fatigado país se deberían distribuir por autonomías y suicidarse cada uno de ellos en una autonomía distinta. Así, con el paso del tiempo, saldrían en todos los libros de texto. ¿Se imagina? Una gran hoguera, una magna quema de rastrojos. Y luego modificar unas cuantas leyes, y no transigir lo más mínimo con nadie.
-No olvide que el hombre sigue siendo hombre.
-Y no olvide que en los puestos de relevancia siempre están aquellos a quienes se les ha roto el esternón haciendo reverencias y callando a todo. A la mejor cambiando eso, poniendo a la gente en los puestos según sus aptitudes, cambiaban muchas cosas. No hace falta una revolución. A menos que esto lo sea.
-Para mucha gente lo será.
-No me cabe duda. Pero de verdad, y ya que no van a dimitir, espero que se suiciden. Todo lo demás son parches y remiendos.
No debió de hacerle mucha gracia a mi compañero de banco eso del suicidio, pues se levantó, me tendió la mano, desmayada, y se fue.

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