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jueves, 4 de diciembre de 2014

LAS TONINAS Y MI AMIGO, por Carlos Alejandro Nahas, de Buenos Aires, Argentina


Dedicado a Sergio, por los hermosos momentos compartidos, y todos los por compartir

Ese verano decidimos con mi amigo Sergio irnos con las pocas monedas que teníamos a Las Toninas, unos miserables cinco días. Tanto él como yo éramos preceptores de los colegios de donde habíamos egresado y nuestros magros ingresos no nos permitían vacaciones más osadas.

            Partimos en un micro destartalado que nos depositó, luego de mil horas de viaje, en nuestro destino. El hotel / hostal / hostería / tugurio era un deleite para los sentidos: la mugre se olía, las rajaduras se palpaban, los gritos de placer de la parejita de al lado se oían, y las duras tostadas quemadas del desayuno, se gustaban.

         Ya de movida mis calzoncillos agujereados hicieron las delicias del boy scout, sin contar que mientras él apilaba meticulosamente sus petates yo tiraba del bolso al armario mis pilchas así como venían. El miraba mi desidia y desorden mientras desaprobaba con la cabeza.
      Sobre la tarde nos enteramos que los sanitarios no estaban en buen estado. Sergio sobre la cama con los “walkman” puestos no escuchaba mis gritos hasta que estos fueron tan fuertes que se apareció en el baño. El inodoro ladeado de costado y mi mano aferrada al papel higiénico le hicieron ver lo desesperado de mi situación y mientras me ayudaba, comprender también lo desesperado de nuestra situación.
        De todos modos, cuando se tiene 18 años y toda una vida por delante, lo que menos se piensa es en las verdes y uno se sienta a disfrutar de las maduras, como si por entonces ellas abundaran. Los padres de él paraban en un coqueto balneario de San Bernardo adonde partimos prestos a garronear la carpa. Tenían un pequinés blanco al que llevábamos a caminar con la correa por la playa, y mientras sacábamos pecho veíamos que se nos acercaban las mejores pibas del parador para acariciar al perro. Evidentemente ese can era ganador con las mujeres y nosotros le sacábamos el jugo cual dos proxenetas.
        La segunda noche un amigo nos dijo de un boliche en Santa Teresita que estaba bueno y hacia allí partimos raudos en busca de aventuras. Sobre las cinco de la mañana y sin haber mojado ni una mísera medialuna, nos retiramos vencidos de night club. Además el amigo en cuestión tenía un Fiat pequeño que mostraba y lustraba cual Ferrari Diávolo. Pero a la hora de alcanzarnos míseros cinco kilómetros hasta nuestro humilde poblado, se hizo el boludo como Hitler en el Once. La cosa que tuvimos que tomar el colectivo de línea de entonces, que si mal no recuerdo era el 505.
          Al llegar a San Clemente el chofer nos despierta con voz ronca: “- che, ¿ustedes no iban a Las Toninas?” a lo que asentimos con nuestras cabezas. “- Bueno, tómense el otro y se bajan en la primera”.
            A la hora nos despierta otro chofer y nos dice: “- Che, estamos en Mar de Ajó, ¿no iban a Las Toninas ustedes?”. Ya más despiertos puteamos en mil colores y nos subimos al que pegaba la vuelta.
        Sobre las seis de la mañana, con las pestañas pegadas caminamos las seis cuadras que nos separaban de la miserable hostería, entre carcajadas y bostezos.
         Han pasado treinta y pico de años de aquella historia. Cada vez que nos juntamos la contamos una y otra vez, con lujo de detalles y volvemos a reírnos ya con nuestras panzas y peladas, como si tuviéramos nuevamente 18 años.
        Muchas noches sueño nuevamente con ese viaje. Cada vez que me pasa despierto con una sonrisa en los labios. Ese día siempre va a ser bueno para mí.

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