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jueves, 12 de marzo de 2015

SED ©, por Carlos Alejandro Nahas

Cuando comencé el recorrido no me percaté de los peligros que entrañaba. Tal vez por esas cosas de jóvenes inconscientes. Salí bien temprano con la intención de unir La Rioja con Catamarca por la querida ruta 38. Eran 154 Km. y cualquiera en mi situación física hubiese estado en condiciones de hacer ese trayecto.

      Sin embargo, a los 30 kilómetros entraron a jugarme malas pasadas los factores psicológicos. Que si me alcanzaría el agua. Que cuántas serían las paradas ideales para llegar a destino, que si soportaría el calor del camino, y así miles de pensamientos más.
            Sobre media mañana la larga cinta asfáltica ya se iba tornando pegajosa, pringosa, y los espejismos hacían sus estragos. El sol sobre las 11 de la mañana caía a pique y juro por Dios que ya debía hacer al menos 40 grados.
            Al mediodía la cuestión era insoportable y comencé a pensar si el físico resistiría. Como un ramalazo traidor de la conciencia, me plantee seriamente abandonar, pero pudo más mi orgullo y vanidad, cosas valiosas si se es joven y se tiene toda una vida por delante.
            La tarde vio caer el sol sobre los ocres de las montañas del este, mezclando verdes con marrones en un espectáculo sobrecogedor. Paré un rato al costado para apreciarlo mejor, pues era tal la magnificencia del espectáculo que no creo que haya ser sobre el planeta que se pueda resistir a sus encantos.
            Seguí toda la noche, sin prisa pero sin pausa. Los faros en sentido contrario, concedo, me encandilaban un poco. Pero tratándose de una ruta poco transitada, no constituyeron mayores obstáculos. Y la temperatura había bajado algo, con lo cual se me hizo un poco más llevadero el camino.
            Sobre los albores, las montañas que rodean San Fernando del Valle de Catamarca me dieron otro cimbronazo de frescura y encanto. Tampoco era posible quedarse impávido hacia semejante belleza.
            Al mediodía, y con los últimos estertores, arribé a mi destino con las postreras fuerzas que me quedaban.
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En una YPF del camino de entrada mi chofer se bajó de mí, me palmeó en el capot y pidiéndole al muchacho “tanque lleno” me dijo con orgullo:
- Te portaste bien, muchacho. Seguí así que nos queda todo el país con estos troncos a cuestas -.

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