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viernes, 6 de marzo de 2015

DE PERLAS Y OTRAS LINDEZAS, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


A todos mis maestros y profesores. A compañeros y colegas.

Nada hay más ruinoso en la vida humana que aquella depravación del juicio por la que no se otorga a cada cosa el valor que tiene.

Juan Luis Vives, Introducción a la sabiduría.
Sea como fuere parece que, una y otra vez, maestros y profesores, queramos o no, tenemos que estar en la palestra. Esto estaría bien si se tratara de una real y verdadera preocupación por la educación, por el futuro y por la formación de la juventud o del profesorado. Pero por desgracia no es ese el objetivo de sacar a colación, directa o indirectamente, a profesores y maestros, institutos y universidades. Los objetivos son otros, es innegable. Y no nada honestos, dicho sea de paso.

Cuando no se plantean absurdas disyuntivas entre si hacer deberes o no hacer deberes, se habla de las vacaciones, de las de los profesores, claro, muchas, o de lo presumiblemente bien pagados que están para lo poco que trabajan. Nada se dice, por ejemplo, del tiempo invertido en la preparación de clases o en la corrección de exámenes. Es curioso, por ejemplo, que se reivindique, al respecto, que a los políticos hay que pagarles muy bien, lo mismo que a otros cargos públicos, para que se dediquen al bien común, y no a la empresa privada, y que no se pida lo mismo para el resto de los ciudadanos. También habría que pagarle bien al barrendero para que realice su trabajo lo mejor posible y no de forma chapucera. Al fin y al cabo también el barrendero es una persona que, a menudo, carga con la mala educación de quien arroja al suelo botellas o papeles teniendo una papelera a escasos metros de donde ha estado sentado.
El barrendero se ha convertido, en esta sociedad tan maleducada, en el esclavo, o criado, de quienes ignoran el más elemental de los civismos. Y el profesor en demasiadas ocasiones en el muñeco de feria de adolescentes y padres. Contra el cual vale todo. Y más en épocas de exámenes. Por desgracia nuestro sistema educativo en ningún caso premia el esfuerzo, el trabajo o la dedicación. El que se reclame no hacer deberes en casa es un exponente más de esta característica. El estudiante, pues, tratará de aprobar cualquier examen habiendo dedicado escasas horas a estudiar la materia. Y vendrán los gritos y las protestas cuando la nota dada por el sufrido profesor no sea la imaginada por el alumno, que siempre está, por supuesto, por encima del aprobado. El profesor que suspenda, debe saberlo, se arriesga a todo. Hasta a recibir a airados padres en defensa de sus inocentes vástagos. Y cuando a aquellos se les muestra el examen en blanco de su criaturita, salen con la cantinela de siempre: “Pues yo anoche se lo pregunté y se lo sabía”. Con lo cual, en el Ministerio de educación se debería contemplar que, ante tal afirmación, hecha por un padre o una madre, o un tutor legal, el profesor debería estar obligado a aprobar al infante en cuestión, o a la infanta, que tanto monta.
Una excusa que siempre tienen los adolescentes, y que funciona en algunas ocasiones, es que el profesor que los ha suspendido les tiene manía. ¿Por qué? No está claro. Pero hay que reconocer que en algunos casos los adolescentes, y no adolescentes, tienen razón: hay niños tan inteligentes, tan trabajadores, tan educados, tan pulcros, honestos y sabios que, de verdad, se hacen odiosos para el común de los mortales, y más para los maestros, que los envidian. Ahora bien quien se lleva la palma en estas justificaciones, tan absurdas como necias, es una persona adulta, ex universitaria como mínimo, que acusa a un su profesor de haberla suspendido tres veces, ni más ni menos, por llevar un collar de perlas. Eso sí que es una perla. O una depravación total, como quiere Luis Vives en la cita que abre este artículo. Máxime cuando esta afirmación la hace un cargo público, y, para más inri, del partido que está en el poder. Otra vuelta de tuerca.
No voy a meterme en trigos ni en berenjenales ajenos; pero creo que en todo colegio, instituto y universidad, existe lo que se llama tutorías, consulta, correcciones, revisión o visionado de los exámenes. ¿Vio, pues, sus exámenes la señora que fue suspendida tres veces, las mismas que cantó el gallo de la Pasión, por llevar perlas en clase? ¿Estuvo de acuerdo con su calificación? Caso contrario ¿por qué no recurrió a instancias superiores? No hace falta que conteste; está claro: tenía miedo, si protestaba, de que la suspendieran para siempre jamás, de no poder seguir con sus estudios, ni terminar la carrera. Si esto es así, y dado que su partido está en el poder, ¿por qué no aprovechan la coyuntura y terminan con tanta injusticia universitaria y adolescente? Al fin y al cabo su partido, en el poder, ha aprobado leyes para reducir las carreras a tres años, para que los jóvenes hagan másters y se gasten el dinero que no tienen, más las subidas de las matrículas, supresión de asignaturas, etc, etc. Y no han tocado el elemento fundamental: que un profesor desalmado pueda suspender a una inocente alumna por llevar perlas. Además, si está segura de que suspendía por eso, ¿por qué no se las quitó? ¿Por qué no pidió una tutoría y le dijo al profesor en cuestión que llevaba esos adornos de nada porque su mamá la había obligado a ponérselos dado que los había llevado, es un ejemplo, al oráculo de Delfos, y estaba convencida, la mamá, de su eficacia, tocada con las perlitas la piedra del oráculo, a la hora de aprobar un examen su hija del alma? Apolo, a quien estaba dedicado el templo de Delfos, era un poco rijoso y algo adivino. ¿Qué lugar más idóneo, pues, para pedir por el feliz resultado de un examen? Por lo de adivino, no por hacer árboles de mujeres.
Por supuesto que la noticia, la señora de las perlas, y el periódico que la sustenta, tratan de hacernos creer que eso, el ser suspendida por llevar perlas en el aula, es una verdad tan grande como, verbigracia, la catedral de Burgos. Una pena que no podamos ver los exámenes, los tres, como los mosqueteros, y juzgar por nosotros mismos. Sí, aquí todo son afirmaciones gratuitas de unos y de otros y nadie presenta papeles ni avales. Y cuando no quedan excusas, o les tienen manías, o es una persecución en toda regla, o las filtraciones vienen del último de la fila, que no tiene ni voz ni voto, o porque soy morena, madre, me ha dejado el mi amigo. Eso cuando no se recurre al desprestigio, a la despiadada burla. Y ya lo dijo aquel: “quien se burla tal vez se confiesa”[1]. Lo de siempre. Sin pizca de originalidad ni de gracia.
Está visto y comprobado que cada uno juzga al mundo según es él, o ella. Que esto de las manías, o de las perlitas, lo diga un adolescente, hasta cierto punto tiene un pase. Ahora bien, que se lo crea el padre de la criatura, o lo diga una persona adulta, y más siendo un cargo público, es hacernos a los demás tan necios como quien hace semejante afirmación. Y colocar a los profesores, una vez más, en el barracón de feria. Lo malo es que ahora no estamos ante un quinceañero; estamos ante un cargo público con una carrera universitaria terminada, suponemos. ¿Y con qué miras hace estas afirmaciones? Están más claras que el agua sin contaminar. Son disquisiciones transparentes. Un poquito más que las cuentas de los partidos políticos. ¿Entre qué gente estamos, Dios? ¿Y estos, capaces de estas y otras aberraciones, pretenden dirigir ayuntamientos y gobiernos? Miserere mei, Domine.
Decía Erasmo de Rotterdam que “en la navegación no suele confiarse el timón a quien lleve ventaja a los demás por su cuna, por sus riquezas, por su presencia personal, sino a quien se impone por su pericia marinera, por su vigilancia, por su seriedad. Por esta misma causa, la gobernación del reino debe entregarse perfectamente a quien brilla sobre los demás por sus dotes de mando, que son: sabiduría, justicia, moderación, previsión y celo del bien público”[2].
No hace falta decir que Erasmo se equivocó. Ni hace falta recordar naufragios que han llenado las costas de chapapote cuando no de cadáveres. Por no nombrar a reyes, presidentes y demás que han llevado a la humanidad a desastre tras desastre y a amontonar muertos como se amontona basura. ¿A quién confiarle el timón? “Determinados vicios de la Naturaleza no son corregibles ni por la educación ni por más cuidado que en ello se ponga. En efecto, puede existir un temperamento o tan estúpido o tan violento y desmandado, que cualquiera que sea el encargado de su formación pierda en la tarea ingrata todo el interés que se tome. El natural de Nerón era tan depravado, que Séneca, su integérrimo preceptor, no pudo estorbar que saliese el más abominable y nefasto de los príncipes que en el mundo han sido”[3]. Y ya estamos en la eterna discusión de si la virtud, la areté, se enseña o no. En algunos casos parece que es más que imposible. Eso es lo malo.
No obstante, y para terminar, lo peor de todo esto es que muchos políticos y muchos adolescentes, o viceversa, cada día se parecen más, como una gota de agua a otra, como muchos padres a sus hijos: ni unos ni otros reconocen que no han estudiado, que se han equivocado, o que han copiado en el examen, o que se han lucrado con varios y sucesivos desfalcos. La culpa por haber suspendido, o por verse involucrados en corruptelas y corrupciones, siempre es de los otros. Lo de pedir perdón y tratar de cambiar son cosas de otra galaxia o del vecino del quinto. Así que, si aceptan un consejo, si van a clase no lleven perlas o adornos exteriores. Tal vez, para ser justos y ecuánimes, se debería implantar el uniforme en la universidad. De esta forma no habría posibilidad de cometer esas torpes injusticias. Que el Señor nos coja confesados.

[1]     Baltasar Gracián, El criticón. Edición de Santos Alonso, Cátedra, letras hispánicas, Madrid, 1993, p. 151
[2]     Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano. Traducción de Lorenzo Riber. Ediciones Orbis, Barcelona, 1985, p. 25
[3]     Ibidem, p. 54

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