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martes, 16 de septiembre de 2014

LA CALLE ES UNA PECERA, por Daniel Truffat, de Buenos Aires, Argentina


La calle es una pecera. La casa también. Esta ciudad nos castiga todos los veranos, casi tanto como todos los otoños, inviernos y primaveras. Hace siglos que en esta ciudad y en el país que la rodea resulta difícil respirar (y no solo por la humedad).

Apago un cigarrillo casi consumido y consumidor de su dueño en un pequeño cenicero multicolor. Es impresionante cuan repugnantes se vuelven los ceniceros (que vacíos son hermosos y provocadores) cuando se los llena de cenizas y de colillas marchitas. ¿Será la vida una especie de cenicero? ¿Viviremos amontonando los restos de aquello que nos daña en su fondo, en nuestro fondo?

Arrojo con desgano el suplemento literario del diario. Tengo una ligera sensación de escozor al comprobar que todos los literatos que menciona, y que son personas consagradas, han tenido el pésimo gusto de nacer más o menos el mismo año que yo. Me consuela pesar que sentados en sus húmedas cocinas y superado el orgullo de ver sus nombres y sus trabajos comentados, sentirán la misma sensación de opresión  que yo siento.
Nadie es una gran persona para su valet, se dijo. Hoy ya no hay valets. Uno se viste a uno mismo. Uno es su valet. Nadie puede ser una gran persona para sí mismo.
El gato salta sobre la mesa y me mira con ojos que no me reconocen. Soy una parte del paisaje y solo me vuelvo una referencia cuando lleno de comida su platito. El gato está indiferente a la humedad. O no la registra o su sapiencia felina no lo rebela contra lo inevitable.
Me gustan los gatos. Son animales increíbles y se han adaptado maravillosamente al contexto que los rodea. Hace apenas unos miles de años que están entre nosotros y sin embargo aceptan con sabiduría,  que nosotros no tenemos,  el aquí y ahora.
Apenas recuerdo de mis vagos estudios del secundario como fue su arribo. Los trajo una expedición famosa, la última de su tipo antes de la Gran Guerra, que llegó hasta un pequeño mundo lleno de agua; un mundito que orbita en el tercer lugar alrededor de una estrella mediana. La expedición no encontró vida inteligente en esa oportunidad, aunque nuestros científicos describen una especie de primate en el que ponían esperanzas de que evolucionara hacia la conciencia.
¿Habrán evolucionado esos espantosos animalejos? ¿Serán capaces de pensarse a sí mismos? ¿Tendrán ciudades y en alguna de ellas habrá quien padezca la segura humedad de un río cercano? ¿Les aterrará el paso del tiempo? ¿Acaso habrán adquirido el feo hábito de fumar?
Uno de ellos que estuviera en mi lugar: ¿cerrará lentamente sus únicos dos ojos  diciéndose que ya esta demasiado viejo para pensar tonterías, como hago yo ahora?
Abro los ojos y me incorporo.
El prometedor primate: ¿alcanzará con sus pobres y solitarios dos brazos la comida para su gato?, tal y  como hago yo   con desgano con mis múltiples extremidades mientras lleno el platito del mío.
El gato corretea y, por una vez, me dirige una mirada como si reparara en mí.

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