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jueves, 25 de septiembre de 2014

EL JUEGO DE TODOS LOS JUEGOS, por Carlos Alejandro Nahas, de Buenos Aires, Argentina



El sol se iba poniendo lenta e imperceptiblemente. En esa Barracas añosa y mortecina, febo se despedía con destellos naranjas y ocres. El bar de costumbre se iba poblando de amigos displicentes y sobre las ocho el azul ocupaba los cordones de las veredas. La bruma paciente del riachuelo cubría al barrio con un manto impiadoso e inevitable.

       Uno a uno fueron llegando los amigos del bar, los de siempre, los eternos. El Tano Brandán, el Ruso, el gallego Manolo y el Turco. Con más de siete décadas a cuestas lo habían visto todo, probado todo, tomado todo y jugado todo. Ahora se limitaban a su inocuo dominó, a la Hesperidina cuando había, al café cortado con medialunas y a la aventura compartida de escuchar los relatos del Turco, que se les antojaban inverosímiles pero entretenidos. Muy de vez en cuando las historias cambiaron de relator, pero fueron las menos. Esta vez no fue la excepción. Con tono bien porteño, arrastrando lentamente las palabras, en un español hablado en italiano, el Turco largó:
-  Muchachos. Esta es la última.
- ¿Qué querés decir?, le contestó el gallego Manolo mientras mezclaba las fichas del dominó.
- Que con la Patrona nos mudamos. Nos vamos de Buenos Aires. Vamos a vender la casa y el negocio y comprarnos una casita en La Lucila del Mar, que siempre fue nuestro sueño y un departamentito chiquito acá en el Centro. Vamos a pasar los seis meses de verano allá y los de invierno acá. Así que es medio despedida, pero quería avisarles porque es un hecho.
Desde afuera, como en una película de Pino Solanas, podría haberse visto un aura azulada rodeada de neblina y adoquines. En una esquina deslumbraban los amarillos del un bar, pequeño, recortado en una esquina. Y como a seis personas levantándose de sus sillas y sin sonido, hacer aspas con sus manos, las bocas desmesuradamente abiertas que sugerían que vociferaban a voz en cuello, una bandeja que se cae, un alboroto atroz.
Cuando todos, se calmaron el Turco les dijo:
- Muchachos, no jodan más. Es una decisión indeclinable. Nos vamos. Ya nos llenamos las pelotas con Buenos Aires. Es como una droga, fascinante. Pero a la larga te come la vida. Con esta ciudad no hay medias tintas, nada de lo que pasa en ella te deja indiferente, se sufre, se duele, se siente. Queremos pasar nuestros últimos años con una ¿cómo le dicen ahora? “mejor calidad de vida”, ¡eso! Pero para que no se me pongan mal, les voy a contar la última de las historias mías, una que quizás explica esta decisión y que luego de más de cincuenta años me acuerdo. ¿Les parece?
- Ta’ bien refunfuñó el Tano medio afónico.
- Resulta que yo era chico. Tendría unos 15, porque soy del cuarenta. Estaba en el patio de la casa de mis viejos mirando como el tío Abraham y mi papá jugaban al “tauli”. Para los que no lo saben es el nombre que los árabes le damos al backgammon. El juego era de madera, muy antiguo, lo debía haber traído mi abuelo de Siria. Era una gran valija que se cerraba con un herraje. Los triángulos de diferentes colores, taraceados. Y mi viejo y su hermano desde hacía una hora estaban meta tirar los dados de hueso y gritar en cada tiro el número que salía en árabe. Todavía tengo en los oídos los gritos de los dos: ¡¡wahed!! o ¡¡ khemsh!!, que quieren decir ¡¡uno!! y ¡¡cinco!!. Ambos eran bajos y morochos, estaban cerca de los cuarenta, tenían una pinta bárbara, a lo Omar Sharif ¿Se acuerdan del actor? Bueno, ese. Esa tarde en particular no se distinguía de cualquier otra. Habían cerrado sus respectivos negocios a las siete, caminaron las tres cuadras hasta casa, estaban tomando un café a la turca que les había servido mi mamá, y pensaban jugar tauli hasta cerca de las ocho, cuando las mujeres fueran llamando a comer. En mi casa mi madre, Olga, y en la casa lindera, mi tía. Todo discurría mansamente en esa deliciosa rutina que se habían forjado los hermanos con los años. Había tan sólo una sutil e imperceptible diferencia: Esa tarde, era la tarde del 16 de septiembre de 1955, fecha en que derrocaron a Perón.
- ¿Y? lo interrumpió un fastidiado Manolo más por la noticia de la partida del Turco que por la historia en sí.
-  Y…. expresó el Turco. Esa mañana había amanecido con un alboroto total en la Argentina. En realidad desde hacía varios días que la cosa estaba fulera. Que se levantaba en armas un regimiento de acá, que otro de allá. Y todo conducía al derrocamiento de Perón. Pero ese día fue el final. Rojas había dispuesto a la Armada y casi todos sus barcos apuntando a Buenos Aires, y amenazaba con bombardear las refinerías de petróleo de Dock Sud. Los aviones pasaban rasando por los aires de la Capital y ya casi no había radios que transmitieran programas peronistas. Era un caos. No bombardearon Plaza de Mayo como en junio, pero la ciudad estaba atestada de tanques rebeldes y se decía que para esa hora Perón se había refugiado en una cañonera paraguaya.
-  Las mujeres – entre las que obviamente estaba mi mamá y la que luego iba a ser mi mujer -, estaban escondidas bajo los dinteles de las puertas y les gritaban a los dos: ¡¡Entren, les va a caer una bomba encima!! ¡¡Entren por favor!! Y los aviones seguían pasando a vuelo rasante por la ciudad. Los dos hombres nada. Uno por tozudo y otro por inteligente. Sobre las nueve de la noche la comida estaba preparada pero los dos árabes seguían jugando como si nada. Las mujeres pegados sus oídos a la radio vitoreaban – casi todas – la caída del “Tirano Cruel” como lo llamaba la “contra” entonces.
-  Sobre las diez de la noche, las radios comenzaron a pasar, algunas la “Marcha de la Libertad” y otras el himno. Ya se hablaba del “tirano prófugo”.
-  A las diez y media terminaron la partida. Mi papá, que era un erudito pese a su escasa formación académica, que había ido preso por contrera – por despegar un afiche mojado de Eva Perón de la marquesina de su negocio –, que había puteado en todos los idiomas a los “cabecitas negras” que entraban al negocio a comprar seda, cuando 10 años antes la miraban con la ñata contra el vidrio, sentenció:
-   “Si, mucha alegría, mucho jolgorio. Pero esto se va al carajo. Lo que venga de ahora en más será mucho peor. Y cada día será peor. Estos milicos no saben lo que han hecho”. Se levanto y se fue al baño. Esas palabras me quedaron grabadas en la memoria para toda la vida. Mi papá murió a fines de los sesenta. Pasaron Frondizi, Illia, Onganía, Videla, Alfonsín, Menem, De la Rúa y ahora estos. Y por más que pasen los años nunca pude descubrir como un inmigrante de origen humilde, árabe, que tuvo que aprender una lengua extraña ya de grande, tenía una inmensa colección de libros de historia argentina, y encima era gorila por convicción, no sólo no se alegraba de la caída de Perón, sino que encima vaticinaba – y acertaba - los próximos 60 años de la vida de un país que ni siquiera era el suyo. Es un misterio que jamás pude develar.
El Turco terminó el relato y todos quedaron en silencio. Los cafés ya se habían enfriado y el juego del dominó interrumpido. El silencio triste y resignado se respiraba en el ambiente. Finalmente, el Turco – que para esa altura de la noche gritaba las diez y se tenía que ir a comer – se paró y les dijo levemente encorvado:
- ¿Se dan cuenta muchachos? La Lucila del Mar es sólo un espejismo. Es querer pasar los últimos años de mi vida en una ficción de un país que pudo ser y no fue. Es hacerle caso a mi papá.
Desde afuera del bar, en la misma película muda y a través de las ventanas, se pudo ver como el dueño del boliche se retiraba a la caja y con disimulo se enjuagaba las lágrimas con una servilleta.

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