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viernes, 26 de septiembre de 2014

DE SENECTUTE, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


A Carlos y Eva, mis amigos argentinos

Ya me gustaría, si ello fuera posible, y con toda la humildad del mundo, hacer hoy en día un canto y alabanza de la vejez, tal y como lo hizo Cicerón en su momento. Pero la vejez hace mucho tiempo que dejó de tener el pretendido valor y prestigio que tenía en la época del famoso orador. Entonces, cierto es, había un senado que dirigía un imperio, dictaba leyes y manejaba varios e importantes asuntos de la res publica. Ahora, por el contrario, el senado es un mero adorno, un cubículo a donde van a parar algunos políticos con los que no saben qué hacer sus respectivos partidos. Se ha convertido en una especie de buhardilla o cuarto trastero. El senado, en consecuencia, no decide nada, ni sirve para nada. Y en la vida civil se ha prestigiado, tal vez sobre manera, a la juventud. Pero no una juventud cualquiera, sino la juventud que trabaja y puede permitirse el lujo de mantener un par de hipotecas y disfrutar de sus deudas y su nómina. Los ancianos, sin trabajo ni hipotecas, son, por el contrario, una carga para estos jóvenes, habitantes de una sociedad en permanente crisis, porque exigen todo aquel dinero que han pagado a lo largo de su vida de trabajadores cotizando a la seguridad social. Dicen, desde altas instancias, que no hay dinero para devolverles lo que es suyo. Parte, pues, de la nómina de la juventud se tiene que destinar para los ancianos. De ahí la peregrina idea de un cierto ministro japonés que recomendaba a los mayores que se murieran pronto a fin de dejar de ser una insoportable carga para el resto de los ciudadanos. Sobra el consejo de tan sabio ministro: seguramente los ancianos se morirán, unos antes que otros, pero se morirán. Como también lo harán esos jóvenes con varias hipotecas y un trabajo sujeto con papel engomado. Y hasta el propio ministro envejecerá y morirá. Salvo que los dioses, que puede ser, dispongan otra cosa.

Siendo mal pensado, entendí la recomendación del bienintencionado ministro como una reivindicación de La balada del Narayama. En aquella película a los ancianos, en una economía de subsistencia, para no mantenerlos, los enviaban a lo alto de una montaña donde, desde luego, sin alimentos ni dientes, debían parecer de hambre e inanición Una boca menos que alimentar. No es una mala solución. Aunque hay otras mucho mejores y menos crueles. Entre ellas, por ejemplo, limitar los cargos políticos de los cuales estamos más que sobrados, y que no se caracterizan, precisamente, ni por su sabiduría dictando leyes ni por la ejemplaridad de sus comportamientos y de sus silencios. Y no estoy hablando solo de los políticos de este corralón lleno de sol. Me refiero también o todos esos organismos internacionales, que costeamos entre todos, y que nunca se sabe muy bien para qué sirven, si es que sirven para algo. Casualmente en las noticias, sea en los periódicos o en las radios y televisiones, nunca se habla del coste de estos lujos; pero sí, y mucho, del problema que generan las pensiones. Y, últimamente, como no podía dejar de suceder, del pretendido elevado sueldo del profesorado español. Algún día algún periódico verdaderamente independiente, qué utopía, debería hacer un serio y profundo estudio sobre estos organismos, incluyendo su elevado coste.
Cicerón habla de la vejez como de la residencia de la experiencia y de la sabiduría. Y pone infinidad de ejemplos para ilustrarlo. A veces cuenta fábulas preciosas. Como aquella de Sófocles. Obsesionado este por su obra Edipo en Colono, según sus hijos descuidó los asuntos familiares. Estos, que debían ser de cuidado, lo denunciaron ante los jueces a fin de que le quitaran, por estar medio demente, el poder de decisión, la patria potestas; pero Sófocles, en el juicio, se defendió leyendo un fragmento de su obra. Los jueces se percataron, ante tanta belleza, de que era imposible que su autor estuviera loco.
La historia tiene un trasfondo importante: los jueces, al parecer, no se dejaron sobornar, ni dependían de ningún poder político; y, además, tenían sentido de la estética. Es muy posible que hoy en día, si alguien leyera un poema o una obra suya en un juicio, durmiera a todo el respetable. Y no le hicieran ni caso.
No todos los tiempos son uno, ni todos los ancianos se llamaban Sófocles. ¿Cuántos ancianos murieron, en aquella época, a manos de sus parientes, hijos o nueras? Imposible saberlo. En la literatura clásica sí que se habla, y bastante, del infanticidio. Y ya se sabe que los niños son, junto con los ancianos, las personas más indefensas de este mundo. Por eso la respuesta de cierto legislador espartano, cuando le preguntaron cómo no había tenido en cuenta el parricidio en su constitución, fue preciosa, digna de escribirse en letras de oro, pero que ocultaba la realidad que sí ponía de manifiesto la pregunta. No mencionaba el parricidio en su constitución, dijo el legislador, porque no le pasaba por la cabeza que semejante crimen se pudiera cometer en su estado. La pregunta ponía bien a las claras la falsedad de la respuesta.
En las sociedades del bienestar se ha generado bastante miedo a la muerte. Pocas personas, y menos los jóvenes, ven muertos o cadáveres. Estos causan repulsa y repugnancia. Y a menudo el anciano es visto como aquel que está muy cercano a la muerte, que ya pertenece más al otro mundo que a este. Eso cuando no corre, con su magra pensión, con el cuidado y atención de toda su familia. En ese caso el anciano casi es adorado, reverenciado, y puesto en una probeta, con formol, para que dure, al menos hasta que la familia se coloque.
Por otra parte que un anciano tenga sabiduría o no, depende no de los años sino de varias y diversas cualidades, el entendimiento entre otras. Ya dijo don Miguel de Cervantes, dirigiéndose a Fernández de Avellaneda cuando este lo acusó de ser un viejo, que se escribe con el ingenio, no con las canas. No tienen porqué ser inteligentes todos los ancianos ni tiene porqué ser excelente la sopa que hace la abuela, con una supuesta receta casera. Hay gente, como España, para la que no pasan los años. Y hay tradiciones que es mejor olvidarlas.
También, y de esto no dice nada Cicerón, hay ancianos tan inútiles como sus propios nietos: basta y sobra con verlos día tras día jugando a las cartas, al dominó o sentados frente a la televisión sin nada mejor que hacer. Muchos de ellos, con una vida tan vacía como un vaso lleno de aire, se aburren soberanamente y echan de menos su odiado trabajo. No saben qué hacer con su tiempo. Otros, por el contrario, estallan de gozo y alegría cuando tienen las veinticuatro horas del día para hacer con ellas lo que les venga en gana.
Para mí, que no soy Cicerón, la ventaja de la vejez está en la jubilación, en poder salir del mundo del trabajo, y eso que he trabajado en lo que me gusta, o me gusta el trabajo que he hecho. Lo cual no impide que haya terminado más que cansado y harto. He pasado años y años deseando tener todo el tiempo del mundo para mí. Lo he conseguido con la vejez, así que soy un hombre relativamente feliz. ¿Estoy cerca de la muerte? Sí, más cerca, si se quiere, que cuando tenía cinco años; pero estos años que me queden son exclusivamente míos. Me los voy a dedicar a mí; voy a hacer lo que más me gusta, y para lo cual no necesito dinero, ni préstamos ni promesas de políticos, ni cruceros, ni nada de nada. Y cuando llegue la hora me iré tranquilamente, sabiendo que he gozado cuanto he podido, y que hay que saber retirarse a tiempo. Al fin y al cabo este mundo tampoco es el paraíso terrenal, ni es digno de que estemos aquí más años de los que estamos. Lo contrario sería ver la misma película una y otra vez. Así, si leemos la historia de Roma podemos encontrar en ella tanta corrupción y mala fe como la podemos hallar hoy en día en esta vieja provincia romana, Hispania, y en muchísimos de sus gobernantes.

Los años dan una cierta serenidad, una aceptación de las cosas, una sonrisa cervantina, y un enorme placer por las cosas pequeñas: los amigos, los libros, las conversaciones, la música... Y ya no hay prisa, ni carreras, pues no hay nada que alcanzar como no sea el sueño, el cerrar los ojos y dejar de llorar, como dijo el poeta. Y de sonreír. Hay que disfrutar de la vida. Y cada momento tiene sus cosas. ¿Quién iba a decirme a mí que iba a tener paciencia para leerme a Cicerón en latín? Ni en sueños me lo hubiera creído.

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