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viernes, 12 de septiembre de 2014

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER V - Hay algo que explicar no puedo, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


Pasados unos días, con pena y dolor tuve que dejar mi alojamiento y mis melancólicos paseos al monasterio de Veruela, y alrededores. De buena gana me hubiese quedado más tiempo, mucho más tiempo. Pero tenía cosas que atender, y me fui con la promesa, como siempre, de volver un día no muy lejano. Subido al autobús, viendo a la gente moverse por los alrededores, acudió a mi mente un poema de Agusto Ferrán, el gran amigo de Bécquer, aunque nadie estaba despidiéndome:

Los que quedan en el puerto
cuando la nave se va,
dicen al ver que se aleja:
“¡Quién sabe si volverán!”
Y los que van en la nave
dicen mirando hacia atrás:
“¡Quien sabe cuando volvamos
si se habrán marchado ya!”

-Un excelente poema. No me canso de leerlo una y otra vez.
-Hay libros que se tienen que leer cada cierto tiempo, y lugares que se deben visitar sin descanso. En cada lectura y en cada visita, nos vamos transformando. Algo se adueña de nosotros, nos cambia, nos hace mejores, y ese algo siempre se queda flotando por allí o entre las páginas.
-Sí. Estoy de acuerdo. A veces es más fructífera una relectura, o un segundo o tercer viaje. El primero es como una ligera exploración que va marcando los puntos, las referencias.
-Pero esos viajes de aproximación también tienen su encanto y su interés. En realidad todos están concatenados.
-Es cierto. Si este monasterio estuviera habitado por monjes volvería este invierno... ¿Sabe? Hace años estuve en un convento cisterciense. Pasé unos navidades con los frailes. Nada más llegar al convento, apenas se cerraron las gruesas puertas de la muralla tras mis espaldas, nevó y se fue la luz. Estaba entusiasmado: de golpe y porrazo había vuelto a la Edad Media.
-Pasaría usted mucho frío.
-Eso fue lo malo de aquella falsa Edad Media: las celdas no tenían hogar. Tenían, por el contrario, enchufes para estufas eléctricas, pero como se fue la luz... no me quedó más remedio que pasear por el claustro, y meterme en la cama rápidamente. A la mañana siguiente, cuando me despertaron para maitines, estaba todo nevado y precioso. Aquello fue una experiencia única.
-Me hubiera gustado disfrutar de esa experiencia en Veruela. No obstante, también yo salí del convento un tanto transformado, aunque ya no había monjes.
-Y con un magnífico conjunto de cartas. Las he vuelto a leer de nuevo.
-Escribirlas fue toda una experiencia.
-Para mí la experiencia, a la que me someto cada cierto tiempo, está en llegar a ellas.
-¿No las comprende? No me lo puedo creer.
-Sí. Las comprendo. Lo malo de sus obras, y de la de muchos autores de cierto renombre, son las ediciones que se hacen de las mismas. Siempre algún sesudo profesor ha de meter la cuchara y escribir unos prólogos tan farragosos como inútiles a la hora de explicar la obra.
-Ya. Y temo que es inevitable. Me parece que fue don Francisco de Quevedo quien dijo aquello de Dios te libre, lector, de prólogos largos y de malos epítetos.[1]
-Envidiable memoria la suya.
-No olvide que un buen amigo mío era quevedista. Hasta escribió una obra sobre don Francisco.
-Sí, me acuerdo. Se trata de Eulogio Florentino Sanz. Es una pena que no se siga representado su obra. Aunque tengo que decirle que últimamente no se representa nada. Hace años que no veo una obra de teatro.
-Es una pena. El teatro es un arte digno de tenerse en cuenta. Pero dígame, ¿qué problema tiene usted para llegar a mis cartas?
-No sé cuántas ediciones tengo en mi casa de sus obras. La más antigua está formada por dos volúmenes, que compró mi mujer cuando era una niña romántica. No tiene notas a pie de página, ni introducciones ni explicaciones de ningún tipo. Incluso hay faltas de ortografía y errores tipográficos un poco infantiles.
-A veces los cajistas son un poco descuidados. Espero que esos descuidos no hayan tenido mucha importancia.
-No, la verdad es que no. En las otras ediciones que tengo, más modernas y cuidadas, ocupan más espacio los prólogos y los proemios, los agradecimientos, las dedicatorias y las absurdas notas a pie de página, que su propio texto.
-Decía don Miguel de Cervantes que no hay libro por malo que sea que no tenga algo bueno. Imaginemos que sucede lo mismo con los prólogos.
-Don Miguel debía de ser un hombre muy paciente y una muy buena persona.
-Sí, porque para aguantar a las cervantas...
-Yo no lo soy, don Gustavo: tengo cierta tendencia a irritarme. Y cuando me encuentro con estos absurdos prólogos, o con notas que me indican la longitud y la latitud de Añón o Trasmoz con respecto a Veruela, me ofusco y me da de todo.
-La solución es muy sencilla: se los salta a la torera, y eso queda entre usted y el libro.
-Eso está claro. Pero ¿por qué no escriben prólogos que expliquen la obra o aproxime al lector a la misma? Y que sean breves.
-Porque eso supone haber captado la obra, haberla entendido o sentido. Y como usted sabe, querido amigo, explicar lo que se ha sentido es lo más difícil de este mundo.
-En eso tiene usted razón. Así que la inmensa mayoría de los prólogos son verdaderos fárragos tan eruditos como inútiles. Fíjese, qué me importa a mí saber si usted coincidió con Ferrán en Veruela o no. Bueno, pues determinar eso lleva páginas y páginas de fechas, de viajes, de horarios de ferrocarril... en fin, ¿qué quiere que le diga?
-Pues nada, que es una cosa divertida si usted se lo toma con sentido del humor. Se puede hacer. Por lo que usted dice esos prólogos son parecidos al primo humanista. ¿Lo recuerda usted?
-No muy bien.
-Cito de memoria: Olvidósele a Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones  para curarse del morbo gálico... Dígame, señor, así Dios le dé buena manderecha en la impresión de sus libros: ¿sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo sabe, quién fue el primero que se rascó en la cabeza, que yo para mí tengo que debió ser nuestro padre Adán?
-Esas cosas sólo se le ocurren a don Miguel.
-Por supuesto. Y ahí está la gran lección del mismo: hay que tomarse la vida con cierto humorismo. Cuando comience a leer un prólogo escríbase en algún sitio que tenga siempre frente a sí lo que dijo don Quijote: Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.[2]
-Efectivamente: cuando me pongo a leer y releer sus cartas, ni me acuerdo ya de si estaba allí Ferrán, ni Casta, ni nadie. No es ese, ni de lejos, el tema de sus cartas.
-Ni tiene por qué. Las cartas se bastan y sobran por sí mismas. Lo otro es erudición, que es una forma como otra cualquiera de pasar el tiempo. Y además es inocente. Y da para ir a congresos y a charlas. Y comer y cenar lejos de la mujer y de los hijos.
-No sabía que estuviera usted tan informado.
-¡Ah, querido amigo! Yo fui periodista. Y sigo teniendo el gusanillo.
-Volviendo a los farragosos prólogos, también fue usted un excelente prologuista, aunque no se explayó. Me encanta el prólogo que escribió para el libro de su amigo Agusto Ferrán, La soledad. Creo que así deberían escribirse los prólogos. Es el suyo un ejemplo de concisión, y una buena muestra de un intento de explicar lo inexplicable. Así me lo parece su imagen yendo a Sevilla, merced al libro de Ferrán, en tanto permanece en Madrid.
-Todo eso está muy bien. Y yo no se lo discuto. Pero con estos prólogos pocas conferencias daría usted, y pocas clases de literatura se aguantarían.
-No estoy de acuerdo con usted. Tal vez el problema resida en que debemos cambiar la forma de dar las clases, y la de aproximarnos a una obra de arte.
-Es posible que tenga razón. Demasiado a menudo, críticas y pareceres no son sino un intento de desmontar el mecanismo para tratar de explicar su funcionamiento. Ahora bien, siempre queda por explicar lo inefable: ¿Cómo se juntaron todas aquellas piezas? ¿Qué hizo el autor para que eso, tal como está, nos emocione? No lo sé, pero el crítico ha de ser capaz de superarse, de olvidar sus sentimientos. Sin embargo, el criterio de la sensación está sujeto a influencias puramente individuales, de los que debe despojarse el crítico, si ha de llenar su misión dignamente.[3]
-Un poco difícil. Y eso a menudo se confunde con noticias absurdas. En su prólogo, que no cuenta si Ferrán era un alcohólico, si fumaba o tenía varias amantes, hay una buena aproximación a las preguntas que planteaba antes: habla usted de la conexión de la poesía de su amigo con la poesía popular. Una poesía excesivamente olvidada, creo yo. O degradada.
-Pues muy mal. Porque La poesía popular es la síntesis de la poesía.[4]
-Esa fue una de mis grandes sorpresas. Era ya mayorcito cuando me enfrenté por primera vez con el Romancero. Y desde entonces no me he cansado de leerlo.
-¿No le parece a usted que Góngora es más poeta cuando escribe romances y letrillas que cuando se decanta por el retorcido Polifemo?
-Ahora que no nos oye nadie, le puedo decir que a mí me gusta más. Para leer Soledades necesito casco, luz, guía, cuerdas, mochilas y tener más paciencia que san Benito. Y aun así dudo de entender algo. En cambio, leer las letrillas, o los poemas de Ferrán, o el Romancero, es como beber agua pura y cristalina de mi pueblo.
-No obstante, no conviene desdeñar ninguna de las aportaciones de Góngora.
-No, aquí no desdeñamos nada. También lo dice usted en su prólogo, donde habla de dos tipos de poesía.
-Eso está bien. A ver si algún día dejamos de ser un país excluyente siempre dispuesto a matarse y a matar por un esquina de la mesa. Tal vez con el paso del tiempo comprendamos que sin las cuatro esquinas no tenemos mesa. Otra cosa es que esta sea redonda.
-Se lo iba a decir.
-Me he dado cuenta. Y sí, estaría bien reivindicar esa voz aparentemente sencilla, la del pueblo. Aunque sea esta una palabra que hoy en día ha caído en desuso.
-Majaderías de la época. Creo que lo que importa, al fin y al cabo, es el sentimiento. Más que la farragosa erudición que, en la mayoría de los casos, no hace sino enmascarar un terrible verdad: que sabemos muy pocas cosas. Ferrán lo dice muy bien:

Los mundos que me rodean
son los que menos me extrañan;
el que me tiene asombrado
es el mundo de mi alma.

-¡Dios mío! No me diga usted que no es un poema precioso.
-Sí que lo es. Lo es tanto como las palabras que usted le dedica: Una sentencia profunda, encerrada en una forma concisa sin más elevación que la que le presta la elevación del pensamiento que contiene. Verdad en la observación, naturalidad en la frase: éstas son las dotes del género de estos cantares.[5]
-Se debería enseñar poesía en las escuelas, ¿no cree?
-Sí que lo creo. No obstante, sobre la enseñanza volveremos otro día.
-Cuando usted quiera.
-Ahora solo me falta decirle que leo y releo sus cartas de Desde mi celda.
-Pero se saltará el prólogo. ¿O le gusta flagelarse?
-No, ni por pienso. Es más, leo la edición que se compró mi mujer cuando era una niña romántica. La que está llena de faltas y de ingenuas incorrecciones. Los prólogos y las notas de las otras ediciones terminan por ponerme nervioso.
-En esa elección, corríjame si me equivoco, hay algo más que repulsa a ciertas ediciones, ¿no?
-Da gusto hablar con gente inteligente, don Gustavo.
-Ya. Hay algo que explicar no puedo.
-Eso es.


[1]    Francisco de Quevedo, Los sueños, El mundo por de dentro.
[2]    Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, II parte, cap. XXII
[3]    Gustavo Adolfo Bécquer, Prólogo a La Soledad.
[4]    Gustavo Adolfo Bécquer, Prólogo a La Soledad.
[5]    Gustavo Adolfo Bécquer, Prólogo a La Soledad.

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