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jueves, 10 de julio de 2014

DESMEMORIAS, por Eva Marabotto, de Buenos Aires, Argentina


Subieron en la parada siguiente a la Plaza Once. Ya los había visto otras veces. El padre se acercaba a los 50 y la hija apenas contaba 10 años. Ella llevaba un guardapolvo blanco y él cargaba la mochila escolar. Eran la única pareja cualquiera fuera su tipo en el colectivo, así que su conversación se convirtió en el centro de atención de los pasajeros y del mismo chofer que los miraba por el espejito.
            Hablaron de las tareas escolares, de un compañero enfermo de gripe y de la clase especial de Tecnología. Después llegó el comentario de ella sobre una señora de la cuadra que estaba como ida.
       "Debe tener Alzheimer"- dijo su padre. Pero ella aseguró que no sabía qué era eso. "Es una enfermedad que deteriora las neuronas. Te vas olvidando de lo que te pasó. Y al olvidarte de tu pasado, te olvidás de quién sos"- aclaró él mientras ella fruncía la nariz para pensar mejor.
           Ahí el padre arrancó una historia que ella desconocía o había olvidado: "Hace muchos años a la abuela le diagnosticaron un principio de Alzheimer. Al principio no tenía síntomas. Sólo pequeños olvidos o distracciones. Una canilla abierta, una hornalla encendida. Algún problema para recordar el nombre del nieto de la vecina de enfrente y una ligera perplejidad en las mañanas, como si le costase ubicarse en tiempo y lugar".
      "¿No los reconocía? No me puedo imaginar que tu abuela no sepa quién sos", dijo la hija.
       "Pero fue así. De a poco nos acostumbramos a saludarla y decirle nuestros nombres y llamarla constantemente abuela para evitarle el mal momento de no saber si nos conocía o debía tratarnos de usted en medio de una conversación.
      A esa altura tanto el chofer como los pasajeros habíamos hecho silencio. Todos viajábamos pendientes de la historia de la abuela de memoria frágil. Entonces la chica preguntó algo que todos nos hubiésemos planteado de saber que aquella anciana llevaba 60 años casada con el mismo hombre.
            "El abuelo habrá sufrido mucho de verla así", adivinó ella, apoyada en el carrito de su mochila. "Claro que sí. Al principio se empeñaba en narrarle la vida que habían tenido juntos una y otra vez con la ilusión de que ella volviese a aprenderla. Después no sólo terminó por resignarse sino que acabó contagiándose del mal de ella. Los médicos nunca pudieron explicarles a los hijos como es que él comenzó a manifestar signos de Alzheimer. Hablaron de que era un caso rarísimo en la historia de la Medicina y que era digno de ser estudiado en alguna universidad extranjera. Pero nadie sabía cómo apartar a los abuelos del camino hacia la desmemoria", retomó el padre, sumido en una tristeza añosa.
          Después la hija quiso saber si el abuelo también se olvidaba de los nombres de sus nietos. “No sólo eso- le contestó él- Había sido un hombre fuerte que sorprendía a los clientes de su carnicería cuando transportaba al hombro un res como si fuese un chico de jardín de infantes. Pero la niebla en su mente lo acobardó. No perdió su tamaño inconmensurable, peor empezó a dar la mano con timidez. Un apretón blando que atestiguaba a la claras que ya no era el mismo”.
            Ella insistió para que la historia continuase. Algo que agradecimos todos los que íbamos en el colectivo: “¿Y siguieron viviendo juntos?”. “Claro que sí, aunque fue bastante complicado. Hubo algún intento de contratar  a alguien que los acompañase, pero los pobres abuelos se asustaban muchísimo cada vez que se despertaban de noche y encontraban en la casa a alguien completamente desconocido. Para el caso, lo mismo hubiese sido que se quedase uno de sus hijos ya que nunca podían recordar quién era quién. Sin embargo, había una extraña unión entre ellos. Quizás no tenían memoria de los pormenores de su vida en común, pero se veían como pasajeros de un mismo barco hacia el naufragio”.
          Pensó un momento y siguió sin conciencia de que todos estábamos pendientes de sus palabras: “A veces, encontrábamos las canillas abiertas o la heladera llena de alimentos putrefactos. El portero entraba a cada rato para controlar que no tuviesen abierto el gas y nosotros nos turnábamos para  evitar que se olvidasen de comer.  Sin embargo, lo más triste era verlos mirarse con la certeza de que habían perdido los recuerdos compartidos”.
            Dejó de hablar, sumido en sus pensamientos tristes. Su hija le pasó suavemente la mano por la espalda y le indicó en vos baja que habían llegado a su parada. Mientras él la ayudaba con la mochila, ella preguntó para ayudarlo a continuar: “¿Y qué pasó con los abuelos?”.

            Fue lo último que escuchamos mientras bajaban del colectivo. Se perdieron caminando por avenida San Juan hacia el Oeste. Caminaban de la mano compartiendo el final de aquella historia de los abuelos sin memoria. El chofer suspiró antes de arrancar. Algunos pasajeros nos miramos compartiendo la angustia de aquel relato trunco. Pensé que quizás fue lo más adecuado para aquella pareja que cayó en el olvido.

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