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miércoles, 30 de julio de 2014

AMNESIA por Eliza Óliver de Ábalos, de Montevideo, Uruguay


Subió lentamente las escaleras del Estadio casi vacío y se sentó allá arriba, en la última grada de la tribuna. No sabía por qué había entrado ni qué lo había impulsado a subir tanto. Miró hacia la cancha por un instante, sin interés, y dejó que su mirada se perdiera en la nada. Estaba confuso, tratando sin suerte de hilvanar algún pensamiento, de recordar algo, por lo menos, dónde había estado antes de llegar ahí.

Buscó en sus bolsillos... sólo tenía unos pesos, la entrada y un boleto de estacionamiento, marcado a las 19:30. Miró el reloj, eran casi las 9 de la noche. Había salido en el auto, pero ¿a dónde?, ¿en qué garaje lo había dejado?, ¿y por qué?
Sintió el murmullo sordo de la gente festejando un gol. Los oía más lejos de lo que realmente estaban. Tenía que hablar con alguien, preguntar, tratar de recomponer el vacío instalado en su mente. Bajó las escaleras y llegó a la salida. Afuera, las boleterías ya estaban cerradas, sólo se veían unos cuantos guardias dispersos, en grupos de a dos, y un manisero, avivando el fuego interno de su carrito.
Se arrimó al vendedor y le compró maníes para entrar en conversación. Quería saber si lo había visto llegar al estadio, y empezó contándole que no recordaba nada, ni siquiera dónde había estacionado el auto. El hombre lo miró extrañado, le preguntó si se sentía mal, le palmeó el hombro y lo invitó a sentarse en su banquito. En eso, se oyó una voz a sus espaldas:
–¿Qué le pasa, señor, lo podemos ayudar en algo?
Eran dos policías uniformados, de los que andaban en la vuelta. Les respondió la verdad de lo que estaba sintiendo. Necesitaba volver, aunque no sabía a dónde. Si pudiera encontrar el auto, tal vez recuperara la memoria. Les mostró el boleto, los dos agentes lo guiaron hasta el estacionamiento más cercano, en Avda. Italia y Albo y entraron con él.
–Vamos a ver el coche, pero antes de dejarlo ir, le vamos a llamar una emergencia para que lo revise –le dijo uno de los agentes mientras el otro hacía la llamada por el móvil–, no puede irse sin saber a dónde, no se preocupe, va a estar bien.
Al abrir la puerta, vieron un zapato de mujer en el piso, un taco muy alto asomaba por debajo del asiento. No lo tocaron... se miraron de reojo.
–Parece que andaba acompañado... y que la dama salió apurada... ¿por qué no nos cuenta lo que pasó?
No podía contar lo que no recordaba, pero empezó a ponerse nervioso.
–A ver, déme los documentos –abrieron la guantera y los sacaron ellos–, ¿se acuerda cómo se llama?
Sí, Mario Suárez.
–¿Y la dueña del zapato, quién es?
–Ella es... no sé... es... no la recuerdo...
Llegó la ambulancia, lo empezaron a revisar y a hacerle preguntas. Tenía la presión un poco alta y el pulso agitado, le dieron un comprimido y querían llevarlo al hospital para hacerle estudios, pero se negó. Mientras tanto los policías, uno con cada uno de sus documentos, hablaban por los móviles. Apareció un patrullero y lo invitaron a subir. Los uniformados de a pie se fueron sin explicar nada; presintió que los motorizados ya sabían lo que le pasaba.
–Vamos a dar unas vueltas, a ver si se acuerda de algo.
Se metieron en el Parque Batlle y enfilaron hacia la fuente luminosa, adelante se veían dos patrulleros con las luces del techo girando y varios haces de luz de linternas moviéndose entre los árboles. Se detuvieron junto a los otros, lo hicieron bajar y sosteniéndolo de un brazo se internaron en el parque. Estaba cada vez más nervioso, sudaba.
–¡Acá!  –gritó uno desde lejos– ¡vengan acá!, ¡traigan más luz!
Había una mujer tirada en el pasto, quieta, con un pie descalzo.
–¿Está viva?
–No sé, a ver... Sí, tiene pulso, pero muy débil, llamá una emergencia, está muy golpeada... pero... ¡es un travesti!
Mario se zafó del agente que lo sujetaba y corrió internándose en el parque.
–¡Alto!, ¡alto o disparo! ¡Correlo, este hijo de puta se acordó de todo!
Uno o dos tiros al aire no lo detuvieron, pero tropezó y lo pudieron alcanzar. Cuando la ambulancia se llevó al travesti, que ya recobraba el conocimiento, volvieron a subirlo al patrullero, ahora esposado.
–Lo reventaste y te tenemos que llevar por agresión, pero más que nada por tarado. Si no nos hubieras hecho el verso de la pérdida de memoria, nunca habríamos sabido quién le pegó.
–No fue verso, me quedé en blanco... me asusté, creí que lo había matado. Es que cuando lo subí al auto pensé que era una mujer y cuando me di cuenta me puse furioso. Se escapó y corrió, pero mal, con un zapato solo, lo alcancé enseguida y le empecé a dar y a dar... hasta que cayó.

–Sos un tipo de mala suerte... nos avisó otro marica de los que laburan por acá y por eso lo encontramos. Si nadie hubiera llamado, se despierta solito y se va, como hacen todos cuando les mueven la calavera. Ya están acostumbrados, ni siquiera van a la seccional a hacer la denuncia. Si el juez que está de turno ahora es el que yo pienso, te va a procesar sin prisión, él tampoco se los banca. Pero igual te vas a comer 48 horas ó un poco más, no mucho. Y para la próxima, aprendé a reconocerlos antes de levantarlos, gil... ¡mirales las patas!, ¿dónde viste una mujer que calce más de 42?

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