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jueves, 3 de julio de 2014

COSENO PHI, por Eva Marabotto, de Buenos Aires, Argentina

Mi padre confiaba en el coseno phi más que en cualquier otra cosa en el mundo. Más que en su mujer y en sus hijos. Le confiaba y a la vez le temía. Lo definía como un factor de potencia capaz de modificar imprevistamente cualquier cálculo que uno hubiese hecho sobre electricidad. Sabía de lo que hablaba: desde los seis años llevaba experimentando con fenómenos eléctricos y químicos. Más o menos por la época en que dejó de creer en Dios cuando vio morir de cáncer en los huesos a su hermanito menor.

      Aquel nene con el que andaba en triciclo por su pueblo, Pellegrini , donde la Ruta 5 se afana por alcanzar La Pampa volvía a su memoria una y otra vez. Creo que las pocas veces que lo vi llorar fueron al pronunciar su nombre: “Chichicito”, o al recordar sus andanzas como la vez que juntos se colaron en el tren y el guarda aseguró que no pensaba parar hasta llegar a Santa Rosa, a cientos de kilómetros de casa.
Ese día mi padre descubrió que no le costaría nada dejar el pueblo y también que estaba ligado a su hermano menor para toda la vida. Por eso después de la muerte absurda lo buscó en las certezas que le daba la ciencia y los experimentos. Y después en las ilusiones que pregonaba el espiritismo. Como aquel Aleph que Carlos Argentino Daneri entrevió entre dos escalones de un sótano de la avenida Garay, él descubrió el alma de las cosas dentro de un transformador.
Por eso se dedicó a la electrónica y dedicó su vida a calcular y diseñar transformadores para someter una corriente violenta y espeluznante a las necesidades de sus clientes: una plancha de pelo, un horno de microondas, una computadora o una consola de videojuegos. Durante más de 50 años acumuló cuadernos con dibujos y cálculos en los que el coseno phi surgía una y otra vez como un enemigo irreductible. Su vida se transformó en esas cifras que se sucedían sin ton ni son. En las anotaciones de los márgenes de las hojas cuadriculadas. Eran diseños de transformadores, pero también listas de deseos, las cuentas del presupuesto familiar, o el ránking de los mejores restoranes de Buenos Aires.
En el mundo de mi padre todo podría cuantificarse y registrarse en el papel cuadriculado, con una lapicera de tinta. Creó que no lo mató el corazón ni un problema de circulación. Se apagó el día que no pudo ir a esa fábrica donde acumulaba cuadernos con cálculos y transformadores que surgían de esos cálculos. Esa donde le trasmitió el oficio y el temor por el coseno phi a sus dos hijos varones. Esa que bautizó Digofat, un sonoro nombre ruso que encontró en un libro de caracteres cirílicos donde buscaba fórmulas para vencer a la corriente continua. Esa a la que traicionó una vez, cuando cumplí 15 años y garabateó en un rectángulo de papel cuadriculado para acompañar un ramo de flores que me hizo mandar: “Te quiero más que a Digofat”. Y me hizo muy feliz.

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