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lunes, 28 de mayo de 2012

DON JOSE ® NOVELA, POR CARLOS ALEJANDRO NAHAS. CAPITULO 12. SEIS MESES DE PARAÍSO.

“Amigos. Nadie más. El resto es selva”.

Miguel de Unamuno


11 de septiembre de 1977. Mi padre se levanta cerca de las 9 y media y me prepara el desayuno mientras Mamá duerme. Me propone ir al centro, a sólo veinte cuadras a comprar el diario. Acepto. Salimos y tomamos por la Avenida 24 de Septiembre con el Renault 6 blanco. A las diez cuadras todo se oscurece. Cuando vuelvo en mí la sangre coagulada me impide la visión y escucho voces lejanas gritando. Mi padre, vivo pero inconsciente. Un mortal auto patrullero. Cuatro policías adentro. Todos borrachos. Cruzaron en luz roja, sin sirena, sin bocinas, sin señales de aviso y nos chocaron con despiadada violencia, haciendo añicos el auto, que quedó irreconocible. Me suben a un taxi y la remera roja hace juego con el tapizado del auto. Vamos al Sanatorio Allende. Mientras tanto le pregunto al taxista cómo habían salido Boca y Cruzeiro por la copa Libertadores, sin recordar que la final se jugaría esa noche. A veces, la mente para protegerse de ciertos traumas apela a recuerdos queridos, y en ese momento yo era fanático de Boca y de Talleres.
Cuando llegamos al sanatorio me entero que mi frente dio contra la guantera del auto y que luego salí despedido por el parabrisas, quedando tendido en el suelo. No era obligatorio entonces ni el cinturón de seguridad ni que los niños menores de 12 años viajaran atrás. Mi padre se golpeó con el parante del auto en la cabeza y tuvo una conmoción cerebral que le duró cerca de diez horas.
En ese instante, con plena lucidez pedí que les avisaran primero a mi tía Lola, vecina de casa, que luego le dieran un Valium a mi Mamá y la llevaran al sanatorio. Desde el teléfono hasta el grupo sanguíneo pude dictar a esos médicos atónitos que veían como ese chico con la frente destrozada, mantenía la frialdad y la calma en todo momento.
Mientras me cosían, le tomaba la mano a mi madre y a mi tía Lola. Mi padre en babia despertó recién al llegar a casa. Cuarenta puntos y más de tres horas. Luego, tres noches y tres días permanecí durmiendo en mi cama con el perro acostado a mis pies. A las tres de la mañana del tercer día desperté y pedí agua mientras el perro levantaba a todos en la casa con sus ladridos de alegría. Cuando me sacaron las vendas mi frente era un campo de batalla y también tenía cicatrices en la nariz, el labio y un pequeño vidrio incrustado sobre mi párpado.
Tiempo después fuimos con mi Mamá a diversos cirujanos plásticos que coincidían en que con el tiempo, a los cinco o diez años, quedarían pocos rastros del siniestro, pero que una cirugía plástica reparadora era una pavada y no salía muy cara. Yo me negaba sistemáticamente a que pusieran sus manos sobre mí. Hoy, a los cuarenta, ni se nota y el pequeño vidrio se alza orgulloso como un quiste o una bala de alguna guerra perdida.
Mi padre, apenas cuatro puntos sobre su pelada incipiente, inició juicio civil y penal contra la Policía y el Gobierno de la Provincia de Córdoba, por alrededor de un millón de dólares. Cuatro meses después teníamos a todos los servicios de inteligencia rondando nuestra casa. Si íbamos a Capilla un viernes, el domingo encontrábamos las habitaciones todas revueltas y con mensajes amenazadores. Fueron hasta su oficina un coronel y dos tenientes, pistola en mano, para “persuadirlo” de retirar los cargos. Cuando ya la presión sobre nuestra integridad física se hizo insostenible, decidimos volvernos a Buenos Aires, en un semi exilio. Justo nosotros, que mi papá era conservador y gorila y temía más la bomba de los Montoneros que la represión del ejército. Recién en ese momento se dio cuenta de la oscura noche que atravesaba la nación.
Nos persiguieron hasta Buenos Aires y las amenazas continuaron allí mientras dejábamos el juicio en manos de abogado corrupto y entregador, que con el tiempo cobró sus jugosos honorarios e hizo desaparecer el expediente como por arte de magia.
Seis meses después Papá y Mamá debieron partir hacia nuevo exilio en Paraguay, hasta que un pariente influyente logró un acuerdo leonino: se retiraban los cargos a cambio de nuestra integridad física. Años después, ya recibido de abogado partí hacia los tribunales de Córdoba para ver en qué estaba la cosa y para mi sorpresa me encontré que hasta la foto del auto destrozado había sido “desaparecida” de todos los diarios de Córdoba, La Voz del Interior incluida. Del expediente, obviamente, ni archivo, ni paralizado, ni noticias. A los veinticuatro años me di cuenta que los argentinos habíamos apagado un incendio con nafta, que no hay nada mejor que un buen estado de derecho, que los que detentan el poder no pueden ni deben alzar sus armas contra sus compatriotas y que los militares de entonces, mal que les pese, había ganado esa batalla pero perderían para siempre la otra, la de la memoria.
Lo cierto es que aquél día de septiembre de 1977 había perdido una porción de mi frente y, lo que es más importante, había abandonado de una vez y para siempre mi infancia.
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Nos mudamos a Buenos Aires, una madrugada, a escondidas, entre bártulos y un tren que partía cuando me revolearon al vagón de tercera junto con mi perro. El viaje de vuelta fue entre llanto y desesperanza. Mi Papá tuvo que renunciar a su puesto en la empresa entre amenazas y fusiles. No sabíamos quién ni qué nos esperaba, salvo mi abuela materna – Alicia – que nos alojaría por un tiempo en su casa hasta que consiguiéramos algo. Atrás quedaron los días más hermosos de mi infancia y Capilla del Monte, que seguía estando allí, con mi abuelo José esperándome como siempre.
Al tiempito nomás mis padres debieron partir hacia Asunción y como solución de transición no encontraron mejor idea que mandarme con mis abuelos a las Sierras de Córdoba, para continuar allí mis estudios de sexto grado. Veinte años después y con trece colegios encima, puedo decir que aquéllos fueron los más hermosos meses de mi vida.
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José me llevó de la mano la cuadra que separaba su casa del Colegio San Martín, municipal. Allí me recibieron como al “nieto de Don José” y pese a las protestas airadas de mi abuela Olga, que decía que era “su” nieto y no el de José, en esos seis meses fui Gardel, Le Pera y los guitarristas en el pueblo. Cada diez que traía, cada felicitado, cada nota elogiosa se la llevaba primero a mi abuelo y luego a mi abuela. José asentía con tremendo orgullo los logros de su nieto y por las tardes me esperaba alguna que otra pequeña recompensa en el negocio familiar, al que iba a ayudar ya como experto tendero.
Por las mañanas, mi abuela me despedía en el portón de la casa y yo le decía “- Chau, abuelita del campo -”, a lo que ella invariablemente y fingiendo furia porque la llamaba abuela me contestaba “ – Abuelita, las pelotitas – “ En ese Colegio San Martín hice muchos y variados amigos, entre los más entrañables se contaban Bernardo Canals, que vivía en la esquina, e Iván Ontor. Nos juntábamos los tres en el fondo de casa y hacíamos castillos de barro a los que siempre poníamos soldaditos de plomo, tanques y ametralladoras y luego remedábamos la Segunda Guerra Mundial versión Punilla.
Allí conocí a Silvina Beltrale Seín, mi primer y platónico amor. Un día, bien entrada la mañana y en un recreo ella soltó una confesión que me acompañaría el resto de mis días – en especial cuando los días son aciagos y el sol no se vislumbra - : “- El único chico que me gusta en el colegio es alguien que tiene un distintivo que nadie más tiene – “ Yo, que venía del colegio Sagrado Corazón de Barracas, tenía delantal blanco con un escudo muy particular cosido en el bolsillo delantero. A partir de entonces fui “el novio de Silvina”, aunque jamás en mi vida le hubiera dado un beso. Cuando mi abuelo se enteró me espetó: “- Su abuela fue algo liviana de cascos y afecta a la bebida... la madre igual. Nada bueno puede salir de esa chica, no te conviene –“
Entonces yo me encontraba a hurtadillas con ella, sin que nadie se enterara – aunque todo el mundo sabía que “el nieto de José le arrastraba el ala a la Silvina - “ Y teníamos tan sólo once años. Con el tiempo y ya entrados mis diecisiete, dos cosas me marcaron para siempre en relación a Silvina. Una vez pasó con su pequeña moto por el chalet de mis abuelos y me propuso hacer una cabalgata. Salimos - éramos como cinco - y cerca de la Toma mi caballo se retobó tirándome de la silla y arrastrándome cerca de dos cuadras. Cuando el animal se paró, el gaucho que hacía de baquiano me dijo: “- Si no querés volver a montar, no hay problema. Pero si te levantás y volvés a montar, no te bajás nunca más en tu vida –“
Yo me levante, ensillé nuevamente y juro que ese día estuve así de cerca de plantarle un beso a Silvina, de tan admirada que estaba por mi valentía. Hoy te lo puedo decir, no fue cobardía ni que no me gustases. Fue una tremenda timidez la que me impedía acercarme a vos. Tal vez, cuando leas estas líneas recuerdes y comprendas a ese porteñito algo desgarbado y morocho llamado Carlos, que jamás se animó a golpear tu puerta en la calle Mitre. Esa noche mi abuela trinaba mientras me curaba las heridas de los brazos y de la espalda, mientras José con sabiduría y amor me decía “- Mejor así, Carlitos, así te hacés hombre –“
La otra anécdota fue graciosa y me demostró hasta qué punto mi abuelo estaba en todas las cosas, en especial si ellas se referían a mi persona. Resulta que los padres de Silvina – luego separados por el desamor que produce en ciertas gentes los atardeceres capillenses – tenían una ferretería a dos cuadras del negocio de mi abuelo. Me había mandado a hacer una entrega con la bicicleta del negocio y luego de hacerla aproveché para pasar por la ferretería. Dos horas de charla y de flirteo y luego al negocio. A la noche, bien entradas las diez y ya en la sobremesa con el café, el abuelo pregunta dónde anda la bicicleta ¡¡¡Me la había olvidado en la ferretería!!! Hice las cuatro cuadras con la lengua afuera pensando en que si faltaba iba a tener que trabajar por el resto de mis días para pagar ese rodado. Obviamente que la bici estaba solitaria apoyada contra el cordón de la vereda, intacta, reluciente, en medio de la noche estrellada, esperándome. Cuando regresé mi abuelo se estaba riendo y cuando le pregunté porqué, me dijo que la había visto en la ferretería de Silvina, pero había dejado que yo la buscara para darme una lección: que uno debe ser responsable de sus actos. Siempre. Nunca más en mi vida olvidé esa lección.
Seis meses fueron solamente, pero a mí me parecieron días de tan rápidos y hermosos que pasaron. Luego mis padres regresaron a Buenos Aires y reclamaron por derecho lo que era suyo, su vástago. Pero juro por Dios, mi mujer y mis tres hijos que jamás olvidaré esos seis meses en el paraíso de la tierra.

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