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jueves, 27 de noviembre de 2014

MUJERES DE CARLOS, por Eva Marabotto, de Buenos Aires, Argentina


Para Carlos, ¿para quién, sino?


Ninguna de nosotras podría precisar cómo empezó nuestra amistad. Quizás cuando descubrimos una que otra coincidencia entre nuestros esposos. Yo creo recordar vagamente que nuestra unión comenzó a gestarse en una peluquería del centro, cuando Yolanda comentó, como al pasar, que a Carlos le desagradaba que ella se tiñese de ese rojo furioso que sabía hacerle tan bien la colorista. Con las mechas empapadas en tintura bermellón, yo confirmé que a “mi Carlos tampoco le gustaba que fuese por la calle con una llamarada en la cabeza”.

            La coincidencia del nombre y el mismo disgusto nos hizo gracias, hasta que una jovencita de las que se ocupaban de emprolijar las uñas confesó que su novio Charly odiaba las cabelleras de color granate. Con el secador en la cabeza, una jubilada que terminaba de aplicarse matizador contó que en su juventud no había conseguido el permiso de su difunto marido Carlos Luis para usar el pelo color carmesí, ni siquiera invocando a Rita Hayworth y su personaje de Gilda. No nos sorprendió el desdén por un color un tanto subido, sino que sus enemigos acérrimos tuviesen todos idéntico nombre.
            Días más tarde la sorpresa se repitió en la cola de la verdulería. Ninguno de los Carlos comía calabaza pero todos adoraban el brócoli. Y luego en el tren donde alguien confesó que a su hermano Carlos no había santo que le hiciese dejar el helado de sambayón.
Entonces fue que empezamos a pensar que quizás los Carlos tenían una cierta alma común que los hacía no sólo amar y odiar las mismas cosas, sino también tener idéntica sensibilidad. Por eso, cualquier mujer que tuvo un Carlos en su vida recuerda haberlo visto emocionarse con cualquiera de las versiones de “Perfume de Mujer” sea el ciego Vittorio Gassman o Al Pacino. También descubrimos que les temblaba del mismo modo la voz mientras tarareaban los temas más antiguos de Joan Manuel Serrat. Pero ninguna de nosotras pudo jamás compartir con un hombre con ese nombre un capítulo de “Sex and The City” o una tarde de shopping.
Descubrir semejantes coincidencias nos hizo lamentar no habernos conocido antes. En mi caso, charlar con alguna de mis congéneres en esto de amar a un Carlos me hubiese ahorrado más de un disgusto. Como el día en que cociné polenta o la Navidad en la que le compré unas sandalias que jamás usó. Claro que los míos fueron incidentes menores al lado de lo que le pasó a mi sobrina Manuela: su novio alemán Karl la abandonó con el departamento comprado después de una tarde en la que ella no pudo recitar la formación del equipo completo de Boca Juniors.
Así que una tarde, con un par de amigas íntimas que compartían la delicia y la vicisitud de vivir con los Carlos, iniciamos una convocatoria a todas las que compartían nuestra condición. Recorrimos supermercados y shoppings, gimnasios y parroquias, con una pregunta única: ¿hay un Carlos en tu vida?
No sólo encontramos esposas, novias y amantes, sino madres deseosas de alimentar el Edipo y contentar a sus gurrumines, hermanas deseosas de encontrar el manual de instrucciones para no arruinar vacaciones ni almuerzos familiares y secretarias solícitas, ávidas de complacer a sus jefes de nombre Carlos.
Nos juntamos en una confitería de Florida y Paraguay. Los mozos no entendían nada. Pensaban que éramos del club de admiradoras de Sandro o algún artista de esos. Nos peleábamos por contar anécdotas de cuando Carlos intentó arreglar sin éxito el caño de la cocina o la vez en la que nos sorprendió con una serenata de boleros a la luz de la luna.
Acordamos reunirnos tres veces al año. Para cambiar consejos y ponernos al día con las pocas manías y las muchas virtudes de nuestros hombres.  A veces, alguna llega con la intención de armar un complot y asesinar a toda persona que lleve ese nombre. Pero la disuadimos en pocos minutos. Y lloramos juntas cuando alguna de las más jóvenes viene a contarnos que “su” Carlos le pidió casamiento.
       Cada tanto les preguntamos a las demás mujeres que están casadas con Robertos, o Jorges, u Osvaldos y Sergios si creen que ellos comparten vicios y virtudes con los otros que llevan sus mismos nombres, pero ellas lo niegan. Creen que atribuir características similares a los que se llaman igual es tan absurdo como pensar que dos seres tienen el mismo carácter sólo porque nacieron en el mismo mes. Nosotras las dejamos hablar, y esperamos ansiosas la próxima reunión con las mujeres de Carlos. 

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