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martes, 25 de noviembre de 2014

AMIGA LULA, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay


El 26 de febrero del 91 emprendíamos el viaje hacia Jaguarão, mi segundo destierro… esta vez también obligado, aunque voluntario.
   Con dieciséis años de antigüedad y siendo Jefe de Sección desde el 85, hacía ya muchos años que estaba en condiciones de obtener el traslado al exterior. Esa Ley permite que haya doce administrativos afuera, y el designado sale por tres años una sola vez en la vida.

   Codiciado beneficio para un escalafón acostumbrado a un sueldo común y corriente,  que da la oportunidad de vivir a lo grande, casi como un diplomático, y si se administra bien, da para pararse… ¡para el resto de la zafra!

   Yo había sido la excepción, no consideraba buen negocio cambiar plata por vida, que es lo que pierdo cuando tengo que irme del país, por el motivo que sea. Pero yo acomodo las cosas en mi escala de valores de una forma  ―para muchos―  un poco rara. Y en este caso, lo que hubiera perdido por falta de plata, era  ―y sigue siendo―  más valioso para mí que mi propia vida.
   ¡Más que jodido fue el motivo que me decidió a solicitar ese destino! Ni siquiera necesité el apoyo político habitual… el comprobante de mi "problema" alcanzó y sobró. Pero  ―eso sí―  me tocaría el último orejón del tarro, el lugar que desecharan los otros.
   Me parecía ridículo que hubieran preferido Asunción y hasta Ginebra cuando en la frontera los dólares rinden mucho más, por un terror colectivo hacia la Cónsul de Distrito que los enfermaba de sólo imaginarse padeciendo tres años bajo su avasallamiento. A las pocas horas de llegar lo entendí… ¡de haber existido un Consulado en Groenlandia lo habrían considerado más saludable que Jaguarão…!
   Así fue como esa mañana  ―con la Meharí cargada hasta el tope―  dejamos atrás la casa y salimos rumbo a la nueva aventura. La mudanza se había llevado lo nuestro el día anterior y acarreábamos lo imprescindible para arreglarnos una semana, tiempo normal de cumplir un trámite aduanero más que simple, en el que la empresa pasaría la frontera en el mismo camión que había levantado la mudanza.
   Miguel tomó el volante y yo acomodé al Cuco  ―nuestro perrito de catorce años―  en mi falda… único lugar disponible en la camioneta. Llevábamos dos reposeras, frazadas y almohadas, algún cacharro de cocina, una cocinilla a supergás, un par de platos, vasos y cubiertos, dos toallas, una valija con ropa, los petates y el almohadón del perrito, un bidón grande con agua para darle en el camino, algo de comer para el viaje, el termo y el mate. Con eso alcanzaba para "acampar" pasando el Puente Mauá, en nuestra nueva morada brasilera.
   Iríamos directo al domicilio de la Cónsul a buscar las llaves de la casa que yo había alquilado una semana antes. Ella se había ofrecido  ―"para evitarme molestias y demoras en ese viaje previo"―  a encargarse de habilitar el agua y la luz.
   Con los labios agrietados por el calor y el Cuco jadeando de una forma alarmante, llegamos a Jaguarão a la hora prevista: las 3 de la tarde.  La infame señora no se dignó a abrirnos la puerta, y allá marché a la Inmobiliaria donde me enteré… ¡que las llaves nunca habían sido retiradas de ahí! Pero entramos a la casa… aunque  ―por supuesto―  no tenía luz ni agua.
   El fresco y la sombra interior reanimó al perrito y me quedé tranquila. Esa noche nos bañamos con agua mineral y al otro día estuve en condiciones de presentarme a trabajar… y a afrontar los ataques que aquella mujer paranoica recién había iniciado, que irían a convertirse en "la guerra de los tres años".
   La primera tarde nos sentamos a tomar mate en el escalón de la puerta, apreciando al frente la vista de la Plaza Comendador Azevedo. Pasaron dos simpáticas señoras conversando, en tren de paseo; nos saludaron amablemente, llegaron a la esquina y volvieron hacia atrás.
   Ya frente a nosotros, una de ellas se acercó. Nuestro "carrinho" le indicaba que no éramos de la zona y ella podía sernos útil para adaptarnos al lugar… Su sonrisa amplia y la calidez con que nos habló,  dejó a la vista la franqueza y el agrado con que nos estaba tendiendo su mano.
   La "vizinha de junto", Neida Nunes Machado  ―nuestra querida amiga Lula―  fue la mujer que nos ayudó a resistir esos tres años interminables con su apoyo incondicional y su afecto sincero, demostrado durante todos y cada uno de los días que vivimos en Jaguarão.
   Lula y  Alberto  ―su esposo―  no habían tenido hijos.  Sin embargo, albergaban bajo su techo a tres sobrinos: Renato, Sandra y João. Ninguno era huérfano… pero vivían ahí. Lula los había criado como una madre abnegada cuya meta es convertir a sus niños en personas de bien y lo había conseguido. Eran jóvenes honestos, serviciales, atentos, agradables. La ayudaban en la casa, los mandados, el cuidado de Alberto durante su enfermedad.
   El problema era el aporte al presupuesto familiar. Renato tenía voluntad de trabajo, pero su afición al alcohol le impedía obtener una ocupación estable y lo ganado en sus changas se le iba en el vicio. João sólo quería saber de fútbol y cuando un equipo le ofrecía contrato lo rechazaba por implicar obligaciones que no estaba dispuesto a asumir. Sandra se había preparado, tenía un trabajo estable y bastante bueno… pero sólo pensaba en casarse y guardaba su dinerito para su futuro hogar.
   La entrada segura provenía de la "aposentaduría" de Alberto y el trabajo incansable de Lula, que preparaba manjares para las grandes fiestas de las señoras que habían sido sus patronas y también para algún restorán de la ciudad.
   Alberto falleció ese otoño y a Lula le costaba mucho sobrellevar su falta. Me acerqué más a ella y aceptando aquel ofrecimiento inicial, le pedí que me acompañara para salir de compras. Habíamos llegado con el sueldo de dos meses adelantado y enseguida empezamos a comprar algunas cosas que estaban pidiendo reemplazo hacía tiempo, y no se habían incluido en el traslado. Lo más urgente era el colchón, después la heladera y por último la cocina. También alguna ropa de abrigo: a dos meses de instalarnos ya se había venido el frío y lo nuestro no había llegado.
   Con Lula conocí "as lojas" donde conseguir todo lo bueno al mejor precio y hasta algún descuento especial… por ser amiga de una de las personas más queridas en todo Jaguarão.
   Cuando me entregaron la nueva cocina a supergás, no pude hacerla funcionar  ―mi vieja cocinita era eléctrica―  y fui a pedirle ayuda. La encontré preparando el almuerzo, pero retiró la "panela" del fuego y vino de inmediato, estaba segura que era cosa de un minuto.
   En casa habían vivido unos amigos de ella, y la conocía bien. Se dirigió a la cocina casi corriendo, abrió la puerta del fondo y miró la garrafa. Entró sonriendo, me pidió el encendedor, abrió la llave, dejó pasar unos cuantos segundos antes de acercar el fuego y… ¡las limpias llamas azules emergieron del quemador! Sólo había que esperar  ―la primera vez―  que el gas recorriera el trayecto del tubo y lo llenara. Arreglado el asunto, se fue tan rápido como había entrado.
   Después de almorzar, Lula estaba llamando a nuestra puerta, con su sobrino João. En su incursión relámpago había visto todo… lo poco que había para ver: el colchón en el piso y ¡nada donde sentarse ni donde apoyar un plato para comer! Traían una mesa, una silla y una mesita de luz, que haría las veces de una segunda silla que no tenía para prestarnos.
   Hizo entrar al muchacho con lo más pesado mientras me rezongaba por no haberle dicho que estábamos en esas condiciones, se disculpaba por lo humilde de los muebles y ponía sobre la mesa un precioso mantel blanco bordado a mano con flores multicolores. Esas actitudes espontáneas nos emocionaban hasta las lágrimas y nos hacían quererla cada día más.
   Nunca habíamos conocido  ―ni Miguel ni yo―  alguien tan solidario y tan preocupado por el bienestar ajeno… y el destino estaba reparando esa carencia poniendo aquella maravillosa mujer en nuestro camino, en el Sur del Brasil.
   Yo tenía toda la información reglamentaria  ―para mi nueva situación laboral―  que pude conseguir en el Ministerio, pero había cosas que dependían del país de destino, y no quedaba otra salida que averiguarlas en el Consulado. Mis compañeras no eran funcionarias de Cancillería sino contratadas por la Misión y desconocían los trámites que correspondían únicamente a la Cónsul y a mí. Así que no tuve más remedio que preguntarle a ella por qué demoraba tanto en llegar nuestra mudanza.
   Con lo tenso del ambiente… ¡a buen puerto fui por agua! Me dijo que tuviera paciencia, que vería llegar el camión rodeando la plaza en cualquier momento y no me permitió llamar a Montevideo a la empresa transportista.
   Cansada de tan larga espera y desconfiando que la Cónsul me estaba omitiendo datos importantes, empecé mi periplo de llamadas al transportista en Montevideo, al Consulado General en Porto Alegre y a la Embajada en Brasilia.
   En las ciudades de frontera cada uno habla su idioma y todos se entienden, sin que a nadie le sea necesario chapurrear mal el idioma del otro, pero las telefonistas internacionales tienen un acento tan cerrado que me costaba entenderlas, y lo que es peor, había que hablarles en portugués y yo no era capaz de hacerlo.
   Cada una de las veces que fui a la Telefónica, Lula me acompañó y se encargó de solicitar mi llamada, quedándose a mi lado para auxiliarme cuando aquella voz inentendible interrumpía la conversación preguntando qué sé yo qué.
   Obviamente, mis antecedentes fueron muy superiores a los de la "honorable consulesa", y en cuanto se conoció mi problema, desde Porto Alegre y Brasilia me lo solucionaron, mi mudanza se "destrancó" de inmediato y hasta se encargaron de efectuar los trámites urgentes para la compra del auto con franquicias  ―el mismo Gol "cinza" que sigue hoy conmigo―  beneficio que casi pierdo porque la señora Cónsul se cuidó muy bien de informarme sobre la existencia de un plazo que estaba a punto de vencer. 
   A partir de ahí conocí con Lula la oficina del Despachante, los galpones de depósito de la transportadora brasilera donde nuestra mudanza dormía aquel sueño casi eterno, funcionarios de Aduana y demás intervinientes con los que  ―con mi excelente traductora simultánea―  pude conversar sin el menor problema y esa misma tarde, ya estaba el camión descargando en casa.
   A la mañana siguiente, entré al Consulado con aires de pavo real, contando el gran acontecimiento. La Cónsul no pudo explicarse cómo había hecho y cometió la torpeza de preguntármelo… Sólo le dije: "se ocupó personalmente el Ministro de la Embajada, y dijo que enviaría un telegrama a Porto Alegre para que te lo remitiera tu superior inmediato".
   Después llegó el auto nuevo, vendimos la Meharí y empezamos los viajes a Montevideo, programados de la forma "asquerosamente eficiente" que suelo aplicar cuando me estoy vengando de alguien. "30 días de licencia reglamentaria y hasta 60 por enfermedad al año" ¡dice el reglamento! Dividí los 89 días  ―uno menos del límite por enfermedad―  entre seis viajes que repartí en el año  ―cinco de 15 días y uno de 14―  y desde enero del 92 hasta el final de mi trienio, cada dos meses me borraba del Consulado a respirar aires más saludables.
   ¿Cómo hice para conseguir las licencias médicas? ¡Ah…! ¡Recursos que una tiene cuando ha caminado bien por la vida y los usa  ―solamente―  en estos casos de extrema necesidad!
   Lula quedaba encargada de la casa. Cuidaba y regaba mis plantas, mantenía todo prolijo, daba varias recorridas diarias y de noche se quedaba a dormir, cuidando lo nuestro con un celo increíble.
   Yo había descubierto un ratoncito de lo más simpático  ―oscurito, pura cola y orejas―  y lejos de intentar exterminarlo decidí darle de comer, para que no destrozara lo que no debía. Le mostré a Lula un paquete grande de galletas dulces, otro de saladas para el animalito y el recipiente del agua, y le pedí que no se olvidara de alimentarlo.  No pudo contener la risa y me explicó que si había visto un "camondongo" había muchos más; entonces yo… ¡compré más galletas!
   La dejamos a cargo y viajamos, con la seguridad de que haría todo tal como se lo pedimos… y bastante más, porque también había un gato callejero  ―al que yo llamaba Pancho―  que venía de vez en cuando en busca de comida, al que Lula "adoptaba" en nuestra ausencia y lo alimentaba en su casa, para evitar que se comiera mis ratoncitos.
   Nos esperaba al regreso con comida hecha y la casa brillando como jaspe. Me enseñó a cocinar el "feijão preto" y otras delicias, me animó a comprar una "panela a pressão"… y sobre todas las cosas ¡nos alegró la vida! Sin Lula no hubiéramos podido  ―a pesar de mis "recursos"―  soportar tres años lejos de casa y de nuestra gente… y yo con un ambiente de terror en el trabajo…
   Nos gustaba salir con ella de vez en cuando, a cenar por ahí o de paseo, y nos sentíamos orgullosos de estar con ella cuando las personas la saludaban con tanto cariño por toda la ciudad.
   Así pasó el tiempo, hasta que el día 1.095 llegó. La misma empresa transportadora  ―ya éramos amigos por aquella demora que también los perjudicó a ellos―  mandó unos cuantos muchachos a embalar nuestras cosas. Cargaron el contenedor, lo cerraron y sellaron, y cuando estaban por desengancharlo del camión, Lula vino a pedir que dieran marcha atrás. Quería esa "caixa" bien "perto" de su ventana, ¡tenía que cuidarla hasta que la vinieran a buscar!
   Los muchachos se fueron en la cabina del camión, y nosotros emprendimos el regreso, con algunas pocas cosas en el Gol y el Cuco bien cómodo en el asiento trasero sobre su pelego, porque esta vez… ¡la mudanza llegaría prácticamente detrás nuestro!
   Lo terrible fue la despedida. Separarnos de Lula no era sencillo… este viaje no tenía regreso… Abrazados, lloramos los tres un buen rato hasta poder articular alguna palabra. Tendríamos que aprender a vivir sin Lula… ¿pero cómo? Y ella… sentía que le pasaría lo mismo sin tenernos a nosotros…
   Los tres seguimos viviendo nuestras vidas, comunicándonos por carta, contactando a la prima Gilda cada vez que viajaba para tener noticias más directas… extrañando.
   Diez años después, el teléfono dejó de ser un imposible en Jaguarão y pudimos llamarla. El primer intento fue muy duro… es difícil hablar con un nudo en la garganta. Pero nos entendimos, sentíamos lo mismo, nada había cambiado… Aunque sin verla, "amiga Lula" seguía "fazendonos" falta.
   Tuvieron que pasar tres años más para que un día, un "semáforo en amarillo", centelleando desesperadamente me instó a pasarlo, antes que el rojo me detuviera. Y así lo hice. Sin preparativos, casi insólitamente, decidí viajar a Jaguarão a ver a mi amiga Lula, la mujer que hizo placentera mi estadía en aquella ciudad fronteriza... a pesar del oscuro entorno laboral que me envolvía. La desconocida generosa, que actuó como amiga absoluta, que intuyó mis necesidades y se arregló para colmarlas... a pesar de las suyas propias.
   Fueron demasiados años que pasaron muy rápido, de comunicaciones tan esporádicas como difíciles, de ausencia tan sentida. Me pregunté ¿por qué...? No encontré respuesta... sólo era posible dejar de ser tonta, y no reincidir.
   Tan fácil fue... y tan lindo. Sentí a mi auto devorar de a uno los 420 Km. que me separaban de Lula. Él también estaba contento, iba camino a su país natal. Brioso, ágil, fuerte, seguro; se portó como muy pocos de su edad. Creo que ambos, rejuvenecimos 13 años en ese viaje.
   Allá fue una verdadera una fiesta. La sorpresa de todos de verme, la alegría. Ella y yo abrazadas, llorando de felicidad. Los vecinos, los conocidos, desfilando a saludarme, a medida que se corría la voz de mi llegada. La casa de Lula, donde respiré un calor de hogar imposible de explicar con palabras.
   Tres días y tres noches de bienestar para el alma, de ventana abierta de par en par, para inhalar a todo pulmón el aire puro y dulce de la amistad.
   A la vuelta, esta vez, no dejé que la despedida doliera tanto: le antepuse la promesa de volver todos los años. Promesa garantida, por habérsela hecho a una amiga.
   Cada 2 de octubre estoy al firme en Jaguarão, abrazando a mi amiga Lula en su aniversario... ahora me quedo una semana para disfrutar más su compañía.  Y sí lo haré cada año de los que nos queden por delante. No más "saudade"... ¡"Pode escriver"! 

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