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viernes, 14 de noviembre de 2014

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER XI - No siempre la flor da fruto, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España



Cualquier persona sensata sabe que todo en esta vida tiene marcado su fin. Todo verdor perecerá, dice la Biblia. A los pocos años de nacer ya somos conscientes del paso del tiempo, y de que la gente de nuestro alrededor va desapareciendo para nunca más volver. No tarda mucho en comprenderse que también uno está incluido en la lista de los alimentos caducos, o de los reos de muerte. Esa caducidad nos hace, a veces, disfrutar de los momentos en los que todavía estamos vivos. Otras nos llena de desazón, de tristeza y de resignación, cuando no de miedo y espanto. En ocasiones nos aferramos al tiempo pasado como el náufrago a una tabla. Y algunos días nos dejamos ir a la deriva, sin deseos ni ilusiones. No todos los tiempos son unos.

-En esta vida es inevitable la melancolía. A veces la imaginación nos tiende trampas y agranda algunos momentos del pasado. Los recordamos mejores de lo que fueron, los adornamos y engalanamos, y nos construimos nuestra propia vida. Y así, y de alguna forma, nos creemos un poco eternos.
-No le digo que, de vez en cuando, no suceda así. Pero también puede suceder que la mente, el recuerdo, le sea muy fiel a lo que fue. Tanto como lo pueda ser una buena fotografía. Una selección, claro, pero fiel.
-Y entonces la melancolía se agranda doblemente. Todo en esta vida es selección. Unos días escogemos o seleccionamos nosotros, y otros la imaginación se vuelve en contra nuestra. Somos dueños de muy pocas cosas. Todo fluye.
-Sí. Así es.
-De todas formas, no se fíe mucho de sus recuerdos. No dejan de ser construcciones mentales. Tenemos que sobrevivir, y tenemos que procurar hacerlo de la mejor forma posible.
-Tiene usted razón. Pero pese a todo, hoy no puedo evitar un poso de tristeza y melancolía.
-¿Y cuál es la causa? Hace un día precioso. Estamos en primavera, tenemos libros para leer, y esta tarde hasta vamos a asistir a un concierto. ¿Qué más podemos desear?
-Un imposible: que el tiempo se detenga, que el río esté congelado y fluya, o que vuelva el río a sus fuentes originales, pues el paisaje fue tan bello que habría que recorrerlo de nuevo. Una y otra vez.
-Eso no es un imposible. Se puede hacer cuantas veces se lo pida el cuerpo. Aunque nunca será lo mismo, desde luego. Ya sabe: nadie se baña dos veces en el mismo río.
-Efectivamente. Somos tiempo. Y el tiempo pasa.
-Y nada más fugaz que el presente. Es teniendo conciencia de esa fugacidad cuando comienzan a disfrutarse las cosas. ¿Cree usted que podría existir una persona sin conciencia del tiempo?
-No lo creo. Tal vez algún enfermo... Lo malo es que aunque él no tuviera conciencia del tiempo no quiere decir eso que este no pasara.
-¿Y no le parece que es mejor saber lo que va a acontecer, a grandes rasgos, que ignorarlo? Yo creo que el peligro está en que el hombre olvida con gran facilidad que va a morir. O cuando piensa en la muerte, también piensa a continuación lo clásico: para largo me lo fiáis. Y actúa entonces como si fuera eterno, como si aquello no fuera con él, aunque sí con el vecino, desde luego.
-A veces parece como si la felicidad consistiera en el olvido, o en creernos aquello que no somos. Tal vez por eso se añora tanto la juventud y hasta la infancia. Época de inconsciencia total. De vivir sin pensar en nada.
-Quizás también sea debido a que durante esa época, la juventud sobre todo, el hombre es receptivo; como una tierra ávida recoge todo cuanto va por el viento; y luego, con el paso de los años, se encierra y se anquilosa de alguna forma, se apelmaza. Tal vez de ahí, de ese ferviente deseo de conocer y saber, venga el mito de la eterna juventud.
-Si es así qué mal interpretado ha sido dicho mito. La capacidad de asombro ha quedado sustituida por la tez aterciopelada y tirante, y por el pelo abundante y el vigor físico. El resto parece no tener importancia.
-Sí, tenemos cierta facilidad para coger el rábano por las hojas. Como le sucediera a aquel sabio que fue en busca de unas hierbas que crecían lejos de su país, las cuales, sabiamente mezcladas, le dijeron, hacían resucitar a los muertos. Y allí, en aquellas montañas, pasó el buen hombre años y años, haciendo pruebas y combinaciones, sin obtener resultado alguno con las dichosas hierbas.
-La vida, a veces, no es más que un fracaso continuo.
-O una mala interpretación de los hechos y de las palabras. Cuando el sabio, cansado y derrotado por las hierbas, incapaz de resucitar a nadie, decidió abandonar las montañas, otros sabios le dijeron que había interpretado mal lo que había leído: los muertos son los ignorantes, le explicaron, y las hierbas que los resucitan son los libros, que de la ignorancia nos llevan al conocimiento, de la muerte a la vida. La vida es conocer, saber. Y la ignorancia, la muerte.
-¡Ay, si fuera así! Lo malo es cuando uno se medicina continuamente con esas hierbas, con fe y pasión, y no logra nada a cambio.
-Esta usted hoy especialmente pesimista, ¿qué le sucede?
-Lo que me temí hace tiempo, que la flor no ha dado fruto: he terminado de leer sus obras. Y algunas me las he leído infinidad de veces. Sus obras están en un volumen un tanto grueso. Cuando las comencé, como siempre, me pregunté si sería capaz de llegar hasta el final. Era un pregunta retórica... Los días fueron pasando, y las páginas también. Y he aquí que, una vez más, hemos llegado a la última página.
-Bien, querido amigo, hay más libros y más autores. Y yo, imagino, estaré siempre a su lado. Y aunque no esté en su librería, tal vez formaré ya parte de usted para siempre jamás. Y allí me veré con otros muchos colegas. Lo sé positivamente.
-Espero que sí. Lo espero de usted y de muchos más... Yo me parezco a aquel pobre rey que se sabía corto de entendederas, y por eso mismo se hizo rodear de los mejores hombres de su reino. Y así, gracias a ellos, consiguió ser un rey justo, y sabio. Y si no lo fue, dio esa impresión.
-No sería muy tonto cuando tenía conciencia de su cortedad, ¿no le parece? Y usted mismo ha dejado claro que es mejor el conocimiento que la ignorancia, aunque sea el conocimiento de la muerte.
-Sí, sólo de esta forma puede surgir el carpe diem.
-Brillante observación. Y ahora dígame, y espero que a estas alturas no interpretará mi pregunta como una muestra de vanidad, ¿qué le han parecido mis obras?
-Me han alegrado doblemente. Por una parte porque bastantes de sus escritos, que no conocía, me han gustado mucho; y por otra porque he sido capaz, con los que conocía, de recuperar mi gozo y mi contento de la primera vez que los leí. Entonces no tuve en cuenta si las golondrinas eran la inspiración, el tempus fugit, o qué eran. Para mí eran emoción. Poesía. Me las aprendí de memoria a fuerza de leerlas. Y hoy lo han vuelto a ser. Me he emocionado como se emocionó aquel joven que fui años ha.
-No hay más. El resto es palabrería. Algunas veces llegué a pensar que se deberían prohibir las clases de literatura: muchos profesores convierten las clases en tribunas de oradores donde van a lucir sus prendas, sus cábalas y sus juegos mentales... Ya, ya sé lo que me va a decir: no se trata de suprimir sino de plantear las cosas de forma distinta, ¿no es eso?
-Sí, es lo que se debería hacer.
-Pero, claro, el hombre es tan poca cosa. Hay persona que se pasa media vida perorando, y se va a su casa tan tranquila, como si el hecho de haber estado hablando durante un tiempo determinado hubiese significado algo, o hubiera producido algún fruto brillante.
-Eso es lo malo de muchos de los trabajos de hoy en día, que nunca se ve el fruto. ¿Sabe? Sin duda por eso de la melancolía yo hay días que añoro lo que nunca fui.
-¿Se puede añorar lo que nunca se tuvo? Claro, si recurrimos a los arcanos, tal vez a la mitología...
-En el fondo debe haber algo de esto. En momentos de desánimo, de desaliento, envidio al labrador o al ganadero, al carpintero... Me imagino al primero cogiendo una espiga, o un fruto, y siendo consciente de que con ello va a alimentar a su familia, a su mujer y a sus hijos. Su trabajo no ha sido en vano, ha sido útil. Y ahí están sus hijos para demostrarlo. Ya son capaces de hacer las mismas tareas que su padre; han crecido, se han hecho fuertes...
-No todos los trabajos son iguales, querido amigo. Ni hay que esperar ver siempre el fruto. O tal vez busca usted el fruto en el árbol equivocado, como le sucedió al sabio que fue en busca de las hierbas que resucitaban a los muertos. Quizás tendría que preguntarse si el trabajo realizado le ha servido a usted para ser mejor o más sabio.
-No lo sé, don Gustavo, no lo sé.. Dígamelo usted. ¿Lo hicieron a usted mejor las Rimas? ¿O las cartas de Desde mi celda?
-No lo sé. Yo tampoco lo sé. Escribí las poesías por pura necesidad. Y las cartas sí, las cartas me hicieron conocer una parte del país desconocida para mí. Valió la pena sufrir las incomodidades del viaje. No hubiera sido el mismo sin aquella estancia en Veruela. No sé si hubiese sido mejor o peor; pero, desde luego, no hubiera sido el mismo. Además, tampoco creo que se trate de sacarle utilidad a todo momento... quiero decir que estos hay que vivirlos de la mejor forma posible. Nada más.
-Y nada menos. Sabe usted que muy a menudo eso se hace muy difícil.
-Las cosas no son sencillas. Todo cuesta un enorme trabajo: leer, escribir, hacer poesías, caminar. Pero hay que hacerlo con ganas, con pasión. Lo demás se dará por añadidura.
-A algunos.
-A usted, querido amigo, le va a pasar como a la serpiente: que estaba preocupada porque se mordió la lengua y no sabía si era venenosa o no.
-¿Lo era?
-Pues no lo sé: no lo dice el cuento. Me sucedió con esta señora serpiente lo mismo que con Sócrates: nunca da ninguna definición ni llega a ninguna solución. No sé ni lo que es la virtud ni si murió la serpiente víctima de su propia mordedura.
-Usted sabe, haciendo una metáfora, que no toda simiente caída en distintas tierras crece y se desarrolla por igual.
-Sería triste y aburrido que fuera así. Eso es lo que, al parecer, algunas personas entienden por democracia.
-No deja de ser una interpretación. Está claro que no todos vamos a pensar lo mismo de un texto. Quizá porque nadie se baña dos veces en el mismo río, ni dos personas distintas leen el mismo texto: cada uno va a él con sus vivencias, con sus recuerdos y sus intereses.
-Efectivamente. Por lo tanto no hay que temer las diferencias: unas pueden enriquecer y complementar a las otras, ¿no cree?
-Sí, por supuesto. Aunque hay algunas posiciones, o interpretaciones, que preferiría que pasaran de largo: sé positivamente que en nada nos van a beneficiar.
-Los extremos son ciertamente peligrosos. Y más peligrosos son todavía las contradicciones y los arribistas, aunque por causas distintas.
-¿Y de qué forma se puede luchar contra eso? De joven yo no entendía que me pintaran siempre a los generales nazis tan enamorados de Beethoven o de Wagner y que fueran, al mismo tiempo, capaces de matar a tanta gente, y de la forma que lo hacían.
-Donde hay música no puede haber nada malo, dijo un amante de la misma. Y se equivocó. Como se equivocó aquel personaje, ¿lo recuerda usted?, que ante el silencio de su amada todo lo interpretaba como signo de capacidad, modestia e inteligencia por parte de ella. Hasta que lo desengañó una buena amiga: su amada no hablaba porque se lo había prohibido su madre. La razón: que era tonta. Y callando amagaba su falta de sentido común.
-Sí, me acuerdo. Fue una de sus narraciones que más me sorprendieron, como lo hizo aquella otra del hombre que sueña con tener un perro, luego un caballo y más tarde una mujer. Y esta le mata al perro y utiliza al caballo para huir con su amante.
-Sí, de vez en cuando la vida es desagradable, o un hoja de acero que se nos hunde en las entrañas. Pero también eso hay que saber llevarlo con elegancia. Ahí es donde está el quid de la cuestión, querido amigo.
-Se nota que es usted vecino de Séneca.
-Me halaga que me diga usted eso. Aunque yo de filósofo creo que he tenido más bien poco.
-Depende de lo que se entienda por filosofía. Yo creo que en las cartas de Desde mi celda hay bastante filosofía. Me parece muy interesante, por ejemplo, lo que dice o cuenta con respecto al nacimiento de las supersticiones, a la bestialidad que puede conducir esto, la muerte de la tía Casca; y cómo una criatura vanidosa, la sobrina del cura, puede deshacer la obra de toda una vida, la obra de una buena persona. Y todo eso dicho y contado con unas palabras sencillas y que todo el mundo entiende.
-Me alegro que le hayan gustado mis consejas.
-Me han encantado. Yo quería hacer un estudio sobre ellas. Pero no se me ocurre nada. Y, sinceramente, y no se lo tome a mal: estoy harto de leerlas. Me ha pasado con sus cartas lo que una vez, de joven, me pasó con una mujer: me pareció tan bella, tan hermosa, que fui incapaz de pensar que la pudiera tocar y hasta besarla.
-Y terminó yéndose con otro.
-Normal.
-¿Y la recuerda?
-Sí. Y cada día que pasa la veo más hermosa. En mi recuerdo, claro.
-Mis cartas siempre estarán con usted. Las tenga o no en su biblioteca. Y yo también. Espero.
-Ha sido un placer pasar estos días con usted, don Gustavo.
-Adiós, mi joven amigo, adiós. No es ironía: siempre será usted más joven que yo.
-Adiós, don Gustavo. Adiós. Ha sido un placer descubrirlo y redescubrirlo. Espero que nos volvamos a ver.
-A su disposición. Nunc et semper.

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