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viernes, 28 de noviembre de 2014

HUELE Y NO A ÁMBAR, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España



Durante varios cursos del bachillerato tuve un profesor, recientemente fallecido, que siempre comenzaba las clases de la misma monótona forma: diciéndonos que nos preguntáramos, siempre, al leer un libro o una noticia, quién decía lo que acabábamos de leer y porqué lo decía. A veces, añadía, esa pequeña investigación nos puede conducir a resultados un tanto sorprendentes. O, cuanto menos, a no dejarnos llevar por las palabras por muy poéticas, verosímiles o contundentes que estas nos puedan parecer.

No siempre he seguido las recomendaciones de aquel profesor. Aunque muy a menudo me he acordado de ellas. Máxime en estos tiempos en los que las noticias nos desbordan: periódicos, radio, televisiones, Internet, diarios digitales, cine, documentales... hoy en día resulta prácticamente imposible vivir de espaldas al mundo, a la más mínima realidad, y a las noticias, que nos inundan segundo tras segundo. Y no es esto lo peor. Lo peor, lo malo, no es que se cuenten los hechos escuetos, ya de por sí terribles muchas veces, sino que estos nunca van solos; siempre, y a veces de forma muy burda, van acompañados, trufados y rellenos, de opiniones, ideas y comentarios cuando no de descalificaciones e incluso de insultos. Hoy predominan más que los periodistas, o informadores, los pretendidos pensadores, quienes lo saben todo, lo comprenden todo y hablan de todo. Y son capaces, en consecuencia, de dar clases magistrales de política, religión, uniones, desuniones, economía, medicina, y de todo aquello que el momento nos brinde o traiga. Asombra tanta capacidad de asimilación y tan magnos conocimientos.
Aplicando, no obstante, aquello que recomendaba mi profesor en las clases, se percata uno enseguida, salvo contadas excepciones, de los intereses, colores y negligencias de quienes comentan las noticias y se recrean en sus comentarios como si estos fuera la realidad, la noticia en sí. Tanta palabra, y palabrería, como la hojarasca de otoño, nos impide ver el suelo, la tierra y la realidad. Entre unas cosas y otras, nada agradables, se ha instalado en la sociedad un pesimismo y una desmoralización que comienza a ser ya abrumadora, insoportable. Y, como ha sucedido otras veces en la historia, nada huelen, o no quieren oler, quienes debían tener el olfato más fino.
Hay una terrible dejación de obligaciones en casi todos los ámbitos de la sociedad. En los puestos importantes, y tal vez en otros muchos también, se está donde se está no por cumplir con el cargo sino por ser el camino más fácil para enriquecerse o para ganarse el sustento. La política debería ser el arte del diálogo y la negociación. Pero la incapacidad de los partidos, y de los políticos, la ha convertido, por encima de todo, en imponer la voluntad del jefecillo de turno, o del partido que ocupa el poder. Y de ahí a la red de corrupción y corruptelas no hay más que medio paso. Y este se ha dado ya y con creces.
No menos cierto es que leyendo la mayoría de los periódicos del país se percata el lector, con un mínimo de sensibilidad, de la escasa importancia que los periodistas le dan al idioma. Algunos no saben ni escribir, quizás porque han leído poco o nada, como muchos de los políticos, por otra parte. No voy a transcribir aquí expresiones que utilizan, tomadas del inglés o de donde sea, con un total desprecio de su propia lengua. Pero la consecuencia está clara: si se desprecia la herramienta con la que se trabaja, el trabajo, en el fondo, no merecer ninguna credibilidad porque, o se trata de llenar espacios en blanco, o de atacar a algo o a alguien. Quien menos importa es el lector, y la noticia.
Estaría bien, aplico las enseñanzas de mi profesor, enterarse de cuanto acontece en la rúa, en los palacios y en las cabañas, si los lectores tuvieran poder de decisión y pudiesen corregir algunas actitudes que, a todas luces, son erróneas. Tal vez estaríamos entonces viviendo en una democracia real, cosa que dudo haya existido en algún tiempo y lugar, ni que sea posible aquí y ahora, pues esto más que un país parece los establos del rey Augías. Pero hay gente empeñada en lo oler, o en mantener el establo porque, evidentemente, el estiércol es la condición de la rosa. Ahora bien, este si olet. Y mucho.
Hablando de las distintas formas de gobierno, en clase, nos dijo el profesor que una de las ventajas de la democracia es que, al haber distintos partidos políticos, unos servían de contrapeso a otros, pues se vigilan mutuamente. Fue consciente de la falacia de sus planteamientos: sentado en primera fila, le oí murmurar, “hasta que se pongan de acuerdo todos para que nadie los controle. Entonces, en ese hipotético caso, sólo tendremos la salvación en la prensa, en una prensa veraz y objetiva”. Y ni aun así habrá nada que hacer, pues el sistema es tan perverso que termina por engullirlo todo. Y es esta hambre voraz la que termina por producir el desaliento y el desánimo. Omnia Romae venalia sunt. Todo está a la venta, y todo se compra, desde luego.
O jueces y prensa se desentienden del poder, o el cáncer puede acabar con el cuerpo del paciente. Y tenemos dos soluciones: o cortar para salir del paso, o buscar una solución más larga, saludable y duradera. Para lo cual hacen falta políticos con coraje. No se vislumbra sino sol y arena. El desierto.
Se entiende que, como hacen muchos políticos, estar todo el día hablando y no decir tonterías y sandeces es un arte que requiere de mucha templanza y preparación. Antiguamente esto se llamaba retórica. Hoy en día, caída en desuso, cambiada por un zafio discurso y unas rudas maneras, hay dos opciones: hablar poco y pensar mucho antes de abrir la boca, y ser breve. Pero los partidos políticos, como los perfumes en Navidad, necesitan de la publicidad a fin de ganarse los votos de los oyentes. Así que siempre hay algún político en algún lugar hablando de algo y perorando sobre algo. Y cuando no se tiene nada que ofrecer, la mayoría de las veces, se recurre a lo fácil: a la seducción, a decir lo que, aparentemente, se quiere oír. O a buscar un enemigo sobre el que hacer caer todas las iras y los males del mundo. Lo que sucede es que esto, a veces, tiene un coste caro. Más caro de lo que en un momento determinado pueda parecer. No importa nada si el político de turno ha logrado ser reelegido, que es de lo que se trataba. Pues una vez en su lugar se descubre que ni tiene ningún proyecto ni sabe manejar el cargo. Hará lo que le digan las altas instancias.
Llegados al poder por tan nefastos medios está claro que el gobernante no será imparcial: gobernará para aquellos que le han votado. Y sobre todo, y por encima de todo, para una pequeña camarilla a la que pertenece él. Y esta, sabida es, creará una red de clientes. Independientemente de su valía colocará a gente de su calaña en puestos claves. Y la máxima de estos, como se ha visto, es Dios me meta donde haya que yo ya me tomaré. Hasta esquilmar al país si necesario fuere. Y lo es: la ambición no conoce la mesura.
Es una pena que haya desaparecido la literatura clásica de nuestras aulas. Las enseñanzas de la mitología griega para estos casos podía servir de mucho. Así como algunos libros de nuestro maravilloso mester de clerecía. No me resisto a copiar la copla 59 del Libro de Apolonio:

Los que solía tener por amigos leyales
tornados se les son enemigos mortales,
Dios confonda tal sieglo; por ganar dos mencales
se trastornan los omnes por sseer desleyales.

Claro que por mencales también se pueden entender cargos y prebendas, aquel lugar do Dios me meta, y del que nadie se separa así se hunda el mundo. Sin duda porque es más importante conservar el poder que tener la más mínima ética. Concepción propia de un país de bestias en el cual se criminaliza a quien ha cumplido con su deber, poniendo en riesgo su vida, y se compensa a quien más grita y mejor insulta, o no hace nada, que es una forma de hacer. Y luego, arrepentidos, sabiendo de su incompetencia, se convierten en el refrán, o calvo o siete pelucas, y matan al perro, al gato y al canario, salvando así los trastos del gobierno. Y lo clásico, Usque tandem, Catilina... Hasta que el cuerpo aguante, porque pedir un comportamiento ético a los políticos, a la inmensa mayoría de ellos, es, como decía don Miguel de Cervantes, pedir cotufas en el golfo. Miserere nobis, Domine.
Y ahora habría que preguntarse quién ha dicho esto por qué lo ha dicho. Quizás sea un pequeño desahogo, el derecho al pataleo, que no conduce a ninguna parte. Pero, claro, caben más lecturas. Ustedes mismos.

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