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miércoles, 13 de junio de 2012

LA SIBILA, por Eva Marabotto, de Buenos Aires, Argentina


Una mañana Consuelo se despertó diciendo que iba  a morirse. Y no fue por la certeza de padecer una enfermedad incurable. Con sus 70 años bien cumplidos la familia pensaba que parecía una moza. Lo mismo le decía el médico cada vez que lo visitaba para hacerse un chequeo.
            Pero ese día de abril ella insistió en que sería el último de toda su vida. Y tenía una razón más que poderosa para creerlo ya que lo había soñado. Allí estaba ella, le contó a su vecina Clotilde, amortajada con un paño blanquísimo en un lustroso féretro de roble oscuro. La rodeaba su familia encendida en llanto y su nieta más chica esparcía pétalos de rosa mientras el cortejo marchaba por las callecitas del cementerio.
            Para cualquiera hubiese sido un mal sueño de esos que se cuentan sólo después de haber desayunado. Pero para Consuelo su suerte estaba muy clara. Lo de ella no era superstición sino la más absoluta de las certeza. Ya desde niña había entendido que tenía un poder especial para predecir el futuro. Sucedió cuando apenas tenía tres años y se le plantó a su madre, negándose a compartir su habitación con un hermanito llorón. La buena señora se espantó del comentario ya que apenas había notado la falta y la atribuyó a una coincidencia insólita cuando el médico le confirmó el embarazo varias semanas más tarde.
            A los seis, la nena era capaz de anticipar cuándo llegarían las cartas de la abuela y si traerían buenas o malas noticias. A menudo solía quedarse días y días junto a un potrillo o un perro enfermo. Indefectiblemente, al tiempo el animal moría.
            Pero a los 17 le llegó el amor y se volvió una jovenzuela cándida y distraída. La culpa fue de Pascual, un empleado del Banco Provincia que le ofreció amor eterno y le regaló tres hijos. Ocupada en criarlos se olvidó de los augurios.
            Hasta aquella mañana, pocos meses después de la muerte de Pascual, en la que se despertó con la certeza de que lo acompañaría pronto. Sus hijas no dejaron de persignarse cada vez que relataba el sueño. Las vecinas trataron de convencerla de que se trataba de una fabulación, producto del cansancio y la pena por la ausencia de su compañero de toda la vida. Pero ella se preparó durante todo el día para el acontecimiento fatal. Fue a la peluquería, se arregló las uñas con cuidado y repartió algunas chucherías entre sus nietas mujeres para que las conservasen en su recuerdo. Se acostó a dormir después de besar a cada uno de los suyos, segura de que no pasaría la medianoche.
            La despertaron de mañana muy temprano los gritos de Manolo el almacenero. El hombre le explicó que no creía en los malos augurios, pero sí en las señales que el destino pone en la vida de la gente. Por eso al pasar por una casa de quiniela había consultado los números que la tradición atribuye a cada sueño y había arriesgado unos pesos al 47, el muerto. El hombre venía feliz ya que había acertado el primer premio y aquel dinero le permitía sino cambiar de vida, por lo menos solucionar algunas de sus deudas. Tras dejarle a Consuelo unos bombones y una botella de colonia que le había comprado por su ayuda involuntaria, salió por el pueblo a contar su buena fortuna.
            Nadie se lo tomó demasiado en serio, y atribuyeron el acierto a la más pura casualidad. Hasta que Consuelo amaneció varias semanas más tarde preocupada porque había soñado con un anillo de oro, que su madre le había confiado en su lecho de muerte. La mujer sabía que estaba en la casa pero no podía recordar dónde lo había escondido pero el recuerdo la movió a revolver cielo, y tierra y reclutar para la búsqueda a sus amigas del centro de jubilados.
            Fue una de ellas la que sugirió juntar lo que llevaban en el monedero y jugárselo al número que simbolizaba el anillo: el 16. Algunas de las señoras se negaron porque les pareció poco digno involucrarse en cuestiones de juegos de azar. Pero fueron las primeras en arrepentirse cuando los diarios confirmaron que esa cifra se había llevado el premio mayor.
            Desde entonces los sueños de Consuelo se convirtieron en el tema más importante de cada mañana. Todos querían ser los primeros en saber el augurio y los negocios del pueblo dejaron de aceptar apuestas toda vez que provenían de un augurio nocturno. Así que los más entusiastas comenzaron a viajar hasta los pueblos más cercanos cuando se enteraban de las imágenes oníricas de la anciana.
            Sucedió aquella vez que soñó con un gato gordo y color té con leche, que había sido su mascota favorita cuando era chica. Y esa otra en la que se le aparecieron el doctor Avendaño, el dentista del pueblo y Laureano, un borrachín que solía dormir la mona en la puerta de la escuela. En ambos casos los vecinos se apresuraron a asegurarse una apuesta a favor de los números correspondientes y no se vieron defraudados.
            Con los aciertos de unos pocos se desató un frenesí y los pronósticos llegaban incluso a los pueblos vecinos. Consuelo seguía buscando un indicio de futuro en sus visiones nocturnas, pero descubierto el poder de manejar el azar en su favor, nadie prestó atención al contenido de los vaticinios. Lo único importante era averiguar con rapidez qué número correspondía a las imágenes que poblaban sus madrugadas.
            Una mañana cerca de la Navidad, la proclamada sibila del pueblo soñó con agua. Vio un arroyo caudaloso,.que se convertía en un río y luego en un torrente sin control que se llevaba todo a su paso. Sus feligreses no quisieron arriesgarse y aseguraron sus apuestas a los números que simbolizaban el agua, el arroyo y también el río. No fuera cosa de perderse el premio.
            Pero fue una inundación que llegó en la madrugada. Por la mañana el agua del río crecido se había metido en las casas, y al mediodía llegaba al techo de la iglesia mientras el cura hacía sonar la campana colgado del badajo. Nadie tuvo coraje para averiguar los números que habían salido en la quiniela. Estaban ocupados en acomodar las pocas cosas que habían podido salvar de la furia de la creciente. Mientras se alejaba en un bote que habían mandado para ayudar desde un pueblo vecino, se aferraba a su atadito de ropas y pensaba que finalmente había recuperado el don de su niñez.

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