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lunes, 11 de junio de 2012

DON JOSE ® NOVELA, POR CARLOS ALEJANDRO NAHAS. CAPITULO 14. TODO TIENE UN FINAL.

"Todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina. Tengo que comprender: no es eterna la vida, el llanto en la risa, allí termina. Creía que al amor no tenía medida o dejas de querer tal vez a otra mujer. Y olvidé aquello que una vez pensaba: que nunca acabaría, nunca acabaría, pero sin embargo terminó. Todo me demuestra que al final de cuentas terminó cada día, empieza cada día, creyendo en mañana, fracaso hoy. No puedo yo entender si es así la verdad, de que vale ganar si después pierdo. Inútil es pelear, no puedo detenerlo, lo que hoy empecé no será eterno. Cuánta verdad hay en vivir solamente el momento en que estás, si, el presente, ¡el presente y nada más!"
Ricardo Soule, Wilie Quiroga, Carlos "Yody" Godoy y Rubén Basoalto. “Vox Dei”
La boca pastosa en los amaneceres ya no sabía a leche caliente, sino a cigarrillos y a vino o cerveza. Ya entrados mis dieciséis o diecisiete, consideraba que Capilla del Monte me quedaba chico. El éxodo de muchachos era constante y cada día que pasaba me iba quedando cada vez más y más sólo. Con el tiempo empezaron a venir otros primos, Ana Julia e Ignacio, que no habían tenido su oportunidad de probar las delicias del abuelo José como yo.
Mientras tanto, José hacía su vida como si tuviera cincuenta años por delante. Un día en un desayuno le propuso a Olga ir a visitar Brasil, y mi abuela que no se amedrentaba por otra cosa que no fuera el reto de su madre que aún estaba viva y orillaba los cien, le dijo inmediatamente que sí. Fueron cerca de cuatrocientas horas de viaje en micro de ida y otras tantas de vuelta. Allí iban felices a ver a una hermana de él que vivía en San Pablo y de paso conocer Río de Janeiro y otras costas doradas. El mundo les pertenecía y se lo tomaban de un trago como dos chiquilines de veinte años. Fueron dos semanas espléndidas, de sol, playa y amor y los casi setenta de ambos ni se notaban.
Es que José había esperado toda su vida para eso, para beberse a Olguita de un trago. En el ínterin hizo tantas cosas. Como ya conté, hizo construir el balneario del pueblo – que hoy subsiste – el puente detrás de la Iglesia, las defensas del Balneario Águila Blanca y hasta tenía un proyecto ambicioso y genial por el cual muchos lo tildaron de loco y enfermo: el dique del Cajón del Río. Consistía en llenar hectáreas y hectáreas de agua encajonadas por un paredón para crear un lago artificial que le daría agua potable y electricidad al pueblo cuando este tuviera más de 10.000 habitantes. Murió sin ver concretado su proyecto. En 1990 Eduardo Angeloz puso la piedra fundamental y en 1995 se terminó. Hoy es un hermoso lugar, pleno de encanto y poesía, pero ni una sola piedra lleva algo que se asemeje a su nombre en el recuerdo.
Si bien no desatendía sus menesteres en el negocio, cada vez iba más a hablar con doña Jacinta a las cuevas de Ongamira, donde esta hacía fils tiré y vendía dulces, o se paseaba por Los Terrones para ver que las gentes de allí no necesitaran nada. Se acercaba a la casa de Fernando Fader cerca de Ischilín y removía piedras. Con su nieto, Carlos Fader, comenzó la reconstrucción del pueblo.
Era un intendente sin intendencia. Todo el mundo sabía que podía contar con él y por todo se lo consultaba. La condesa del Tajo, montada en su caballo azabache paraba frente a La Princesa y le contaba sus penas de amor. Luego caía Diego Esex, el intendente para preguntarle con quién había que hablar en Córdoba para aumentar el presupuesto de la Policía que sólo contaba con un mugriento Renault 4 al que había que empujar por las mañanas para que arrancase.
Don José era Capilla y Capilla era Don José. Si había que donar algo para los bomberos o para el hospital municipal allí estaba él con sus paquetes que nadie sabía de dónde había sacado. Pero jamás se quedaba para los cortes de cinta o las pomposas inauguraciones. Lo suyo era la obra, el bronce que quedara para otro. Y si había reunión en el Rotary, en el club de Leones, en el club de fútbol, allí estaba, llegaba tarde, se excusaba, escuchaba todo y a todos y sobre el final la gente aguardaba su sentencia, lógica, cuerda, sencilla e inapelable, que invariablemente se llevaba a la práctica – y con éxito -.
Por aquellos años, decía, ya habían empezado a llegar mis primos Ana Julia e Ignacio. Ana Julia mucha atención no le prestaba, dado el estado hormonal de su conciencia en ese entonces. Ignacio era más pensante, más reflexivo, y se asemejaba mucho a mí en mis primeros años. Las cenas eran multitudinarias pero menos alegres. Yo por entonces ya había comenzado a militar en el campo popular y nacional - léase peronismo - y José con su santa paciencia me daba lecciones de radicalismo “a la antigua”, donde una palabra dada no se vulneraba, donde el voto era sagrado y donde la libertad estaba por encima de cualquier conquista social. Eran interminables sobremesas donde José apelaba a toda su sapiencia y paciencia, sospechando que había perdido de una vez y para siempre a ese nieto en lo ideológico, aunque no así en el terreno del amor. Terminaban invariablemente en una palmada en la cabeza, un beso en la mejilla y en un “buenas noches, que descanses bien” donde se mezclaban la tristeza, el desencanto y el amor.
Por mi parte, con mi abuela las luchas encarnizadas eran por temas más bien banales, tales como si Palito Ortega era buen o mal cantante. Ella lo defendía con uñas y dientes y yo que no dudaba que era un perro. Cada ataque mío significaba para ella un ataque personal para ella misma. Mucho tiempo después comprendí que sobre gustos no hay nada escrito y que se deben respetar todas las opiniones. Que cuando uno cuestiona un gusto musical, pictórico, escultórico o de lo que sea se debe cuidar muy bien de que ese gusto no esté demasiado enraizado en la persona del criticado, so riesgo de que la otra personal lo tome como algo personal.
Ahora lo puedo decir sin vergüenza y sin tapujos, abuelos: hubo una época en que fui alfonsinista y algo – algunas muy pocas cosas - del radicalismo me gustan, y algunas canciones de Palito Ortega están bien cantadas.
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Hubo un día de quiebre. Después de cenar salí con mis amigos a bailar a “Casablanca” o “Tobys” - un boliche de moda en La Cumbre por esos días -, no recuerdo bien. Mis abuelos me dieron las llaves de su casa mucho antes que lo hicieran mis padres y cuando estos últimos se enteraron años después pusieron el grito en el cielo. Yo salí con una campera “Penguin” amarillo fosforescente de tela de avión, como se usaba en esos días, junto con los bagguies y la chomba Fred Perry. Regresé a eso de las tres de la mañana y me abuela no se había percatado de mi atuendo. En la cocina y tomando café se espantó por la campera y me dio una sermonga acerca de que era un blanco fácil, que esa campera era escandalosa, que cómo iba a salir así a la noche cerrada, etc.
Ese día comprendí que lenta pero imperceptiblemente comenzaba a ser otro, que Capilla ya era chico para mi ADN, que había otros lugares con más mujeres, que en “Casablanca” no comenzaba ni terminaba el mundo y que el negocio iba a tener que arreglárselas sin mi. En ese momento no me di cuenta, pero calculo que el dolor que le causé a mi abuelo fui inmenso, porque, a veces, es mil veces preferible la pelea que la ausencia. Y al verano siguiente no volví a ir más, por muchos pero muchos años.
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Tuvo un problema de vesícula, un dolor sordo y lastimoso. Médico, análisis, radiografías, etc. Diagnóstico coincidente: había que operarlo. La Universidad Nacional de Córdoba, la mejor escuela de medicina del país, el Sanatorio Allende, miles de especialistas. Nada. No había forma de convencer a Jorge que era mejor operarlo en Córdoba Capital que en Rosario. Aunque él por entonces ya tenía su departamento en Córdoba el argumento era que en Rosario iba a estar mejor cuidado, que estaba la familia de Susana, que el Banco había trasladado a Mario a Rosario, que era una linda ciudad para ir, etc.
Pero no fueron en avión, no. Una hora contra siete, en micro y cada bache se le clavaba a José en el vientre como una aguja. Cuando entró de blanco al quirófano supo de inmediato que el que saldría ya no sería él. Una operación brillante definieron los médicos. Tres piedras del tamaño de pelotas de golf le dijeron al hijo y le preguntaron si las quería conservar. Eso sí, hubo un pequeño detalle con la anestesia, tal vez se nos fue la mano un poquito dijeron atribulados unos médicos un poco más allá.
El hombre que salió en silla de ruedas, que nunca más volvería a levantarse de ella, que temblaba de pies a cabeza, eso, no era mi abuelo, no era Don José. Tiempo después diagnóstico: senilidad prematura fruto de una mala anestesia. Vuelta a Capilla con cara de “qué pasará de ahora en más”. Silla de ruedas y bastones permanentes, enfermeras poblaron la casa. Mi abuela, con la misma dignidad con que disfrutó sus años junto a él, se dedicó abnegadamente a hacerle un poco menos duros sus últimos años y aguantó gritos, desplantes, berrinches y meadas. Ese no era mi abuelo, no era Don José. Y por primera vez en más de diez años, justo Olga, que había dejado siempre, invierno, otoño, primavera y verano la ventana de la habitación abierta aunque el viejo se muriera de frío, un día aciago de julio, la cerró y ya nunca más la volvió a abrir.
Ese ya no era mi abuelo, ese ya no era más Don José. Los primeros tiempos iba como podía al negocio. Ya sobre el final delegaba todos los asuntos con Julito Guevada, que le traía la recaudación al finalizar el día. Mis primos siguieron yendo por un par de años más. Yo estaba lejos, en Punta el Este, en Mar del Plata, el Villa Gessell. Ya había olvidado y tampoco preguntaba, con el desprecio y el desagradecimiento de todos los adolescentes. Calculo que mi abuelo hubiese dado unos días de su vida por verme tan sólo unos instantes más, un par de días, un par de minutos. Aunque más no fuese para discutir de política, para pelearnos, para confrontar.
Los abandoné, a mi abuela y a mi abuelo. Y ese es un recuerdo y un remordimiento que me persigue cada uno de los días de mi vida. Ojalá este mea culpa sirva tan sólo para dejarme dormir alguna que otra noche. Perdón José. Perdón Olga.
También espero Jorge, que al leer estas líneas comprendas que vos también tuviste tu parte en lo suyo, que cada uno es responsable de los actos de su vida, que debe cargar eternamente con la responsabilidad de los mismos y que Córdoba queda infinitamente más cerca que Rosario, aunque cueste reconocerlo.

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