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lunes, 4 de junio de 2012

DON JOSE ® NOVELA, POR CARLOS ALEJANDRO NAHAS. CAPITULO 13. LOS AÑOS MOZOS.

“La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”.
Rabindranath Tagore

Ya instalados en Buenos Aires y pasados esos oscuros ramalazos, los Najar comenzamos a rehacer nuestras vidas, como pudimos, a los ponchazos. Lenta e imperceptiblemente todo volvía a ser como era entonces, sólo que esta vez lejos de Córdoba y sus sierras. En la apabullante Buenos Aires, donde todo era gigantesco, inmenso, violento, cruel. Para querer a Buenos Aires hay que superar la barrera de los veinte años y haber tomado muchas copas, caminado mucho Corrientes, haber leído muchos libros y haber amanecido en sus bares muchas veces. Y ese, con mis 12 años a cuestas, no era mi caso.
Pero como en Capilla aún vivían Olga y José, mis padres comprendieron que no tenían derecho a privarme de tanto sol, tanto aire, tanta pureza y tanta “abuelitud”. Y la solución que se les ocurrió fue que pasara la Nochebuena y Navidad con ellos y que luego, en un micro de la “Chevallier” me fuera a pasar fin de año y las vacaciones a Córdoba.
Fue así que año tras año pasaba un verano completo junto a José y a Olga, alternando “Pueblo Encanto” con el río Calabalumba, con el tenis, con los caballos y con la pileta. Esos fines de año eran un bálsamo para mis abuelos y una dicha para mí. En gran mesa familiar, siempre en casa distinta - algunas veces en lo de Emil, otras en lo de José, otras en lo de Milo, y así sucesivamente -, el único representante de los Najar se alternaba con toda la parentela Nazer, con doce años y mil preguntas para responder. El tema excluyente era la gran ciudad, que ellos veían como ancha y ajena, y yo ostentaba como orgulloso estandarte. Lo cierto es que existía un cierto encono entre ambas familias porque consideraban a “Olguita” como la usurpadora del cariño de su padre, al que siempre consideraron erróneamente enamorado de “Rosita”. Ergo, el resto de la familia Najar - aunque Olga era Gath - eran intrusos a los que había que mantener alejados de los manejos “capillenses”. Como todo el pueblo estaba dominado por los Nazer, yo disfrutaba de ese imperio sin hacer preguntas y sin importunar. Debo reconocer que, pese a esta circunstancia, siempre fui tratado con impecable amabilidad y cortesía, en especial por Marito – que estaba al margen de todo y de todos – y por Susana que no por ser algo sencilla dejaba de tener una pátina cultural que la hacía al menos considerada conmigo.
Ya por séptimo grado yo tenía mis amigos en el Colegio Santa Catalina de San Telmo, donde había llegado por acomodo y con serias dudas acerca de mi rendimiento colegial, y luego había mejorado ostensiblemente mis notas. Tenía un pequeño grupete de amigos, entre los que se destacaban Gustavo Lasalle y el Toto Lorenzutti – a la larga el único amigo que me ha quedado de todo el secundario, actualmente sacerdote y párroco con pocos medios y mucha voluntad -. Gustavo Lasalle tenía una hermosa raqueta Schlazinger de madera, como se usaba entonces, y como acceder a una de esas era muy caro, todos los veranos se la pedía prestada en diciembre y se la devolvía en marzo, cada año un poco más vieja y baqueteada. Fue así que comencé a dar mis primeros pasos en tenis, en la espantosa cancha de “polvo de cerámica” de Pueblo Encanto y más adelante en la cancha del Colegio Madre Cabrini, al que apodábamos “la cancha de las monjas”.
Una mañana terminaba mi desayuno y tocan la campana. Era una muy amiga de mi abuela con su hijo, Gabriel Saint Simón, que tuvo la desgracia de tener un accidente de caballo similar al mío sólo que el animal en vez de arrastrar su brazo y espalda por el ripio – como en mi caso – había hecho rebotar su cabeza por el asfalto durante tres interminables cuadras. Tres días en terapia intensiva y la prohibición absoluta de volver a montar en su vida lo volcaron al deporte blanco, que en su juventud desarrollaba muy pero muy bien. La idea que le propuso a mi abuela era que “como tu nieto ya es grande y el Gaby anda medio huérfano de amigos, tal vez salgan a pelotear un rato”. Vernos y hacernos carne y uña fue una sola cosa. A la hora estábamos dándole a la pelotita verde con alma y vida y riéndonos por nada. ¡¡Con qué facilidad hace uno amigos a los doce años!!
Los partidos de tenis se sucedían uno tras otro y yo era bastante bueno, tanto es así que a la larga terminé colándome en la clase de tenis de avanzados. Cuando el profesor se dio cuenta que algunos golpes no eran de esa categoría, amagó con echarme pero desechó la idea luego que yo amenazara con contar sus amoríos con agraciada damisela casada de la alta sociedad capillense. Esa tarde, mientras tomábamos una cerveza Gabriel y yo reíamos desaforadamente acordándonos de la anécdota.
Mi abuelo José aprobaba largamente esa relación de amistad, primero porque conocía muy bien a la familia Saint Simón y había sido uno de los pocos que se había atrevido a defenderlos públicamente en una reunión del Rotary Club, y segundo porque apreciaba las cualidades laboriosas de Gabriel a la hora de atender permanentemente el negocio familiar. Es que Gabriel se pasaba las mañanas enteras y muchas tardes atendiendo “Milka”, una boutique con el nombre de su hermanita menor. A veces lo sorprendía la noche y estaba haciendo la caja.
Con Gabriel fumé mis primeros Chesterfields, me trancé a las primeras minitas en un boliche mágico a la luz de la luna que se llamaba “Casablanca” y tenía pileta y todo – que hoy es insípida “granjita familiar” - . Con Gabriel salíamos a andar en su jeep destartalado a altas velocidades y hasta tuve la oportunidad de acompañarlo en Buenos Aires a Turdera, a buscar a una mina por la que estaba enloquecido y terminamos subiéndonos de apuro al tren porque nos perseguía una horda de salvajes armados hasta los dientes. Gabriel se apretaba a Sonia mientras yo hacía otro tanto con Marcela, la Tucumana de pechos generosos y lengua vivaz. Con Gabriel jugábamos interminables pooles hasta la madrugada, en la Confitería “City” donde una vez me confesó que se había apretado a mi prima Ana Julia, pero que no se la pudo “transar” - en verdad nunca le creí lo segundo -.
Gabriel fue mi amigo del alma, de la adolescencia, de las primeras visitas a prostíbulos de La Falda, de confesiones regadas con alcohol en la entrada del pueblo. Gabriel fue lo más cercano a un hermano que jamás tuve, hasta que apareció Sergio unos años después, pero en Buenos Aires. Hoy, cada uno a su manera, son mis hermanos, del alma, de las tripas, del corazón.
Hoy Gabriel triunfa en Córdoba Capital. Tiene una hermosa familia. Fabiana, su esposa, y sus hijos Florencia, Jean Paul, Michelle y Stefanie. Casa gigantesca en el Cerro de las Rosas y presente exitoso como locutor reconocido de radio y televisión. Cuando tomó su bolso y se fue a estudiar a Córdoba a los dieciocho años, cuando recorrió el mundo con su mochila, cuando dio sus primeros pasos en “Radio Universidad”, ni en sus más febriles sueños imaginaría un futuro igual. ¡Salud Gabriel! Este es mi humilde homenaje para vos, mi amigo y hermano.
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Marcela Cumani fue mi segundo gran amor. Yo por entonces ya salía con Andrea, pechugona de San Telmo, con aparatos en la boca, a la cual daba besos sin lengua – por temor a la mordida -. Un partido de tenis nos unió, un día antes de que ella emprendiera su regreso a Tucumán. Durante un año cartas febriles cruzaron la distancia que hay entre Buenos Aires y Tucumán con frecuencia hasta semanal. Al año siguiente, pese a que su padre quería ir a Brasil, los gritos desesperados de la niña lo convencieron de reincidir en Capilla del Monte. Y allí, entre matorrales y al pie de las sierras los besos robados eran moneda corriente, aunque jamás le toqué un pelo. Mis dieciséis que aparentaban más me impedían mentalmente consumar el acto con tan tierna niña. El tiempo, algunas mentiras y exageraciones mías - especialmente las referidas a la edad - y la juventud hicieron que todo se fuera diluyendo mansamente. De ella saqué la enseñanza que juventud y sexo no van de la mano y que no siempre las pechugonas son las más calentonas.
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Un día mis padres deciden que debo aprender a nadar. Tarde para mis trece años, me anotan en la escuela de una capitán de la armada que daba sus clases en la pileta del Hotel “San Antonio” - hoy comprando por los sindicalistas y llamado horrorosamente “Cleto Morales” -. Pecho, espalda, mariposa y crowl aprendí en esos días, tragando agua y flotando mal hasta el día de hoy. Allí nos quedábamos hasta el atardecer, junto a Fabián Montoya y otros amiguitos de entonces. Luego íbamos al río y nadábamos en serio, contra la corriente. Al otro día el capitán decía habernos visto en el río “haciendo pavadas” y en castigo nos obligaba a hacer diez piletas a lo largo, porque “- Hay que nadar con disciplina, carajo !!!-“
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Otro gran amigo que hice en Capilla fue Julito Guevada, empleado del negocio de mi abuelo, morocho, alto y espigado. Altivo y orgulloso tal vez descendiente de antiguos colonizadores o de rebeldes comechingones. Salíamos juntos a andar en bicicleta, a pescar y a escuchar el sonido de las sierras, haciendo grandes silencios. Ya mi abuelo en su senectud y cuando adivinaba cerca el final subdividió el negocio y le dio una parte, como reconocimiento de largos diez años de abnegado servicio. Mientras tanto, Julio era bombero y era habitual oír la sirena del cuartel y verlo salir corriendo para asistir en la emergencia. Hoy Julio es orgulloso comandante y jefe de bomberos de Capilla del Monte. Lo quise ir a ver cuando regresé a Capilla en el 2007, pero no lo pude encontrar. Sé que cuando lea estas líneas me recordará con cariño.
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Mis amigos Verry eran compañeros de colegio en Santa Catalina ya por tercer o cuarto año del secundario y en un par de veraneos coincidimos en vacaciones. Salíamos a andar a caballo (a galopar tendido, mejor dicho) y en una ocasión decidimos hacer la excursión al Dique Los Alazanes. Para ir al Dique había que salir cerca de las cinco de la mañana y a caballo, para arribar al mediodía. Allí las truchas eran tan abundantes como los tábanos y el paisaje era paradisíaco. No en vano de Capilla se dicen varias cosas: que es el lugar de la Argentina con más días de sol y que tiene el agua corriente más pura del mundo después de Vichy en Francia. Sólo se que tomar agua de la canilla en Capilla es una experiencia indescriptible.
Y allí fuimos al dique Los Alazanes, los tres hermanos, el padre y yo. Sólo que yo la noche anterior fui a bailar con Gabriel a “Casablanca” y directamente ni me acosté. Al llegar quise dormir la siesta, pero los tábanos malditos me lo impidieron, sin contar a las serpientes que aparecían desde abajo de cada roca. Emprendimos el regreso a las cuatro de la tarde y cuando a las siete, y después de cuarenta y ocho horas sin dormir me quise ir a la cama mi abuela puso el grito en el cielo – “¡¡¡ Primero te bañás !!!” se desgañitaba. Dormí diecisiete horas seguidas y me desperté como si no hubiese salido de mi casa. Tenía diecisiete años. Hoy recuerdo ese paseo no solamente como un hermoso día, sino también como una manera de ver que pasa el tiempo, y que a mis cuarenta no hubiese llegado ni al pie de Las Gemelas. De bailar ni hablar.

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