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miércoles, 21 de diciembre de 2011

NOCHEBUENA, de MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España

Habíamos quedado en celebrar las fiestas de Navidad sin ningún sentimentalismo de ninguna clase. Como todas las noches, en Nochebuena, yo cenaría en mi casa, solo; y solamente tras la cena, me acercaría a casa del maestro a tomar un café y una copa de champán. Nada más. A mí, y así se lo dije a Azorín, nunca me ha molestado la soledad. Es más, en determinadas circunstancias, la prefiero. Como prefiero, en muchas ocasiones, no salir de casa. Ni que decir tiene que el maestro lo comprendió todo y que respetó mi voluntad. Por lo tanto, y siguiendo lo convenido, no salí de casa hasta que no recibí su llamada telefónica.
-Buenas noches, Azorín –le dije estrechándole la mano con efusión-, y felices fiestas una vez más.
-Buenas noches, querido amigo –me respondió con una voz cálida y amable- e igualmente le deseo unas felices fiestas y lo mejor de esta vida.
-Muchas gracias.
-¿Ha cenado usted bien?
-Muy bien. No sabía por qué decidirme: si por una tortilla de alcachofas, o por patatas fritas y chuletas. Y al final he hecho alcachofas con chuletas.
-Eso se llama sincretismo culinario.
Sonreí ante la broma. El maestro me hizo pasar a una habitación caldeada. Tenía un hogar cerrado con fuerte puerta de hierro y cristal. Ardía un buen fuego. En una mesita había una pequeña bandeja con pastelillos de moniato, y dos copas preparadas para tomar el champán, que imaginé oculto en alguna fresca nevera.
Nos sentamos el uno frente al otro. Nada más hacerlo, el maestro me alargó la bandeja. Cogí un pastelillo.
-¿Sabe que este es el único dulce por el que siento verdadera pasión?
-No, no lo sabía. Pero me alegro de haber acertado.
-Mis padres –le conté- tenían un horno...
-Como Pío Baroja.
-Pío Baroja –le maticé sonriendo, llegando casi a la risa- tenía una tahona.
-Esa puntualización está muy bien. Efectivamente él habla de tahona. Pero siga usted, querido amigo.
-A mi madre le gustaba la repostería: hacía magdalenas, tortas, pasteles, brazos de gitano...
-Qué nombre tan curioso ese de brazo de gitano, ¿no le parece?
-Sí. Muy extraño. Yo jamás he conseguido entender qué relación tiene una masa dulce, esponjosa, fina, enrollada sobre sí misma, y con una capa de chocolate y nata, con un gitano.
-Es posible que fuera debido, según dicen, a que al final el pastel, salido del horno, tiene un color moreno, como el de un brazo expuesto al sol, o porque al cortarlo, el chocolate y la nata semejan las pulseras de las gitanas.
-Entonces tendría que llamarse brazo de gitana o pulseras de zíngara.
-¡Qué nombre más precioso le acaba usted de poner! Pese a ello, usted sabe –me dijo casi en susurros, sonriendo -, que vivimos en una sociedad machista.
-No tanto, Azorín, no tanto: tenemos las tortas, las magdalenas, las tortillas, las alcachofas, las tortas cristinas, la tarta de manzana, etc. –dije remarcando bien los artículos femeninos.
-Sí, pero usted prefiere los pasteles de moniato –respondió él poniendo énfasis también en el artículo.
-Lo confieso: son mi debilidad. Por cierto, ¿qué es lo correcto, moniato o boniato, o son cosas diferentes?
-Es, como dice Agustín de Rojas en El viaje entretenido: pato, ganso y ansarón, tres vocablos distintos y una misma cosa son.
-A mí, sin embargo, me gusta más la palabra moniato.
-¿Por alguna razón especial?
-Me recuerda a una tía que tenía: siempre que discutía con su marido, con mi tío, lo llamaba moniato. Mi tío nunca se lo tomaba a mal.
-Quizás por las reminiscencias tan dulces de la palabra.
-Es probable, pues aunque terminaran enfadados, y cada uno por un lado, mi tío se iba por el pasillo silbando alguna zarzuela, y sin dar más importancia al asunto.
-Antes lo he interrumpido, querido amigo. Le ruego que me perdone. Estaba usted contando que sus padres tenían un horno...
Durante unos segundos me quedé perplejo, sin saber de qué me estaba hablando. Luego recuperé los inicios de la conversación.
-¡Ah, sí, ya recuerdo! Nada, Azorín, era una tontería: estaba recordando que al llegar las Navidades, mis padres me enviaban a un almacén a comprar unas latas enormes de confitura de moniato. Con ella elaboraban los pasteles.
-¿Era un anticipo de las fiestas?
-Sí. Lo era. Y tanto. ¿Sabe? Yo me comía los pasteles recién salidos del horno. A veces no les daba tiempo ni a que se enfriaran.
-¿Y no le sentaban mal a usted?
-¿En aquella edad?
-También tiene usted razón. ¿Y ahora?
-Bueno, si me ofrece otro, no se lo voy a rechazar.
-Tenga, tenga usted. Coma –me dijo riéndose y alargándome la elegante bandeja.- Y recuerde –añadió riendo todavía más- que se está atiborrando de poesía.
También yo reí. Se había acordado de una vieja conversación. Le conté en ella que un profesor de literatura comparaba a la poesía con los pasteles; nos advertía contra unos y otra por miedo a la indigestión. Pese a todo, no me hice de rogar. Cogí otro pastel que llevé a la boca sin pérdida de tiempo. El maestro me miraba divertido.
-No, Azorín, no me mire usted así: esto no es la magdalena de Proust. El pobre hombre no la disfrutó ni la paladeó. Yo, cuando me meto un pastel de moniato en la boca, no pienso en nada, salvo en lo bueno que está, y en el inmenso placer que me produce.
-Hombre, pero la literatura está para embellecer estas bajas pasiones. Aunque no sé por qué se tienen que llamar bajas.
-Yo tampoco, máxime cuando la boca está bastante cerca del cerebro.
-Bien. No nos metamos en honduras ni en distancias, que no sabemos dónde podemos ir a parar.
-A la tahona. ¿Se acuerda usted del cuento de Baroja en que unos panaderos van al entierro de un compañero y se meten entre pecho y espalda un almuerzo de padre y muy señor mío?
-Sí, lo recuerdo. Es la ilustración del viejo refrán “el muerto al hoyo, y el vivo al bollo.”
-A mí, si hablamos de panaderos y refranes, me gusta aquel otro de “a cuanta gente mantiene la harina, y ella fina que fina.”
-O el otro: “de molinero cambiarás, y de ladrón no escaparás.”
-Azorín, dentro de poco el bueno de don Quijote va a descargar algún lanzazo sobre nuestras tiernas cabezas.
-No creo que lo haga en una noche como esta. Tenga en cuenta que es un buen cristiano.
-Sí, pero tanto Sancho Panza junto puede llevar su enfado un punto más arriba de su tolerancia.
-Bueno, pues dejemos los refranes.
-No quiero hacerlo, con su permiso, sin recordar el mejor de todos: “al que cierne y masa, de todo le pasa.”
-Es un aviso para caminantes, ¿no le parece?
-Yo antes lo interpretaba como un refrán lleno de fatalismo; pero sí, se puede tomar como un aviso para navegantes. Como La Celestina lo es para los amadores locos y faltos de seso.
-Nosotros ya estamos libres de esas locuras, querido amigo, aunque usted todavía tiene edad...
-Si me toma usted como protagonista de cualquier novela de Valera, todavía puedo pretender a alguna jovencita de dieciocho o veinte años.
-Es un tema recurrente en Valera. ¿No le parece significativo tanta insistencia en la misma obsesión?
-Mucho. Y ya sé que voy a pecar de vulgar, pero leyendo a Valera, también me he acordado de un refrán, no muy amable, la verdad.
-Bueno, esta noche, con este ambiente agradable, con el fuego, los pastelitos...
-Azorín, ¿le puedo pedir un favor?
-Por supuesto que sí, querido amigo.
-¿Sería posible tomar un café?
-Faltaría más.
Poco después tenía en mis manos una fina taza de cerámica en cuyo interior humeaba un caliente y aromático café. Endulzado con miel. Una delicia.
-Muchas gracias, Azorín.
-No me las dé. Se lo he dado a cambio de ese refrán, un tanto vulgar, que le aplica usted a Valera, y que me ha dejado intrigado.
-Es muy sencillo: ante la insistencia, en sus novelas, de los matrimonios tan desiguales por la edad, el hombre siempre mayor y la mujer siempre muy joven, me vino a las mientes aquello de “a burro viejo, hierba tierna”.
-No sé si a Valera le hubiera hecho gracia. Lo dudo. ¿Y qué le parece a usted esos amores tan desiguales?
-Ante todo, Azorín, y le respondo, no quisiera que me tomara por un feminista de tres al cuarto. No quiero pertenecer a ningún ismo ni formación de ningún tipo.
-Eso, querido amigo, está de sobras entre nosotros. No creo que ni usted ni yo seamos sectarios.
-Lo digo –dije sonriendo, consciente de mi metedura de pata- por si algún sabio, o avispado historiador, escribe, algún día, los retazos de nuestras agudas conversaciones.
-Pierda cuidado por eso. Y no porque no las considere interesantes sino porque escribir exige mucho esfuerzo, y por ahora no tengo ganas de emprenderlo.
-Bien. Ha sido una tontería por mi parte. Disculpe. Para empezar Valera no ha leído a Leandro Fernández de Moratín, o no le ha prestado ninguna atención. Me refiero a El sí de las niñas. En esta obra de teatro se plantea un problema, como sabe, de un matrimonio desigual, por la edad y la fortuna, que a mí siempre ha tenido la virtud de ponerme los pelos de punta.
-¿No tiene usted la impresión de que con el tiempo nos volvemos sentimentales? Aunque también podría decirse que comenzamos a percibir los problemas en toda su extensión, y con ello desaparece la risa, la comedia.
-Ya lo advirtió Cervantes: el Quijote, leído a una determinada edad, hace llorar.
-Es cierto, es cierto. Pero prosiga con Valera, querido amigo –me dijo alargándome, una vez más, la bandeja de los pastelitos.
-El último –prometí alargando la mano.
-Algo así dijo Rasputín a quien envenenaron con pastelitos como, sin duda, sabe usted.
-Tuvo una muerte muy dulce. Por cierto, ¿se puede mezclar la cicuta con los pasteles de moniato? ¿Es eficaz? ¿Y dónde se puede conseguir la cicuta?
-No lo sé. Pero ya que es usted tan aficionado, tal vez en Internet halle la respuesta.
-Lo miraré. Volvamos a Valera. Quizás lo que menos llame la atención de sus novelas es que esos matrimonios tan desiguales, por la edad, se den siempre entre mujeres muy jóvenes y hombres muy mayores; nunca al contrario.
-Usted mismo lo ha dicho: es lo que menos llama la atención de dichas obras. No olvide que es el hombre quien ejerce el poder y posee la riqueza.
-¿Ha pensado usted lo terrible que tuvo que ser para estas mujeres tener que soportar los abrazos, besos y apretujones de una persona a la que no querían, y por la que, tal vez, hasta sentían asco y repugnancia? ¡Dios mío, me pongo en su piel y me estremezco!
-Estoy de acuerdo con usted. Nada tiene que ser más terrible que sufrir una violación. Hasta la muerte puede ser preferible... Hace muchos años leí, ya no recuerdo si un libro o un artículo, donde alguien trataba de demostrar que la mentalidad antigua era distinta a la moderna, y de alguna forma, los antiguos estaban preparados para eso: para las violaciones, los cambios de fortuna, la muerte, etc.
-No creo que nunca se pueda estar preparado para una vejación de ese tipo. Lo de ese artículo me parece una zafiedad y pura hipocresía. Yo, como usted dice, prefiero la muerte. Me horroriza el contacto humano, y más, mucho más, el no deseado, el impuesto, el forzado.
-No le falta a usted razón. Pero, por desgracia, el ser humano es así de brutal.
-Además, no hace falta que nos vayamos a la antigüedad: en los campos de exterminio nazis muchos niños fueron violados por los guardianes de las SS. Por no hablar de los casos de pederastia dentro de la Iglesia.
-Es terrible. De verdad. Terrible. Pero no creo –dijo sin duda para quitarle hierro a una conversación que estaba resultando dura y amarga- que podamos culpar de ello al bueno de don Juan Valera.
-No, claro que no –contesté intentado salir de la tristeza y de la desazón de los anteriores razonamientos-. A Valera se le puede acusar, como mucho, de no ser un buen novelista.
-¡Vaya por Dios! Ya está sacando usted ese crítico terrible que lleva dentro.
-No me negará usted que, hablando de problemas de la edad, de la diferencia de edad entre hombres y mujeres que se pretenden, Juanita la Larga no se lleva el premio a lo inverosímil, a lo increíble, o a la otra vuelta de tuerca.
-Sí, tiene usted razón: fuerza un poco las situaciones.
-¿Un poco? ¡Ay, Azorín, es usted una excelente persona!
-¡Hombre, tampoco hay que ser tan extremista!
-Tal vez tenga usted razón; pero si un novelista reclama el aplauso no por lo que ha dicho, sino por lo que ha dejado de decir, también un crítico puede hablar de aquello que el novelista no ha dicho.
-No le falta razón a usted, vistas así las cosas. Pero no olvide, querido amigo, que nos metemos en un terreno harto resbaladizo.
-Hasta cierto punto, sí. Entremos en él. No deja de llamar la atención que estos señores mayores, pretendientes de mujeres que pueden ser sus hijas, jamás se planteen la licitud u honestidad de sus pretensiones. Sí que lo hace, por el contrario, don Diego, el hombre mayor, a quien van a casar con una jovencita, de El sí de las niñas.
-No olvide que lo hace después de unas transformaciones y unos avatares por los que no pasan los personajes de Valera.
-Pues ahí lo tiene, querido maestro: Valera nos hurta una parte, muy importante, de la realidad.
-No, querido amigo, en Juanita la Larga no hace eso: es más sutil y dota a Juanita de una cierta vida y sentimientos.
-Totalmente engañosos.
-Digamos que el personaje no está bien construido.
-Ninguno de ellos, Azorín. Las situaciones descritas son inverosímiles, casi de folletín: cambios bruscos de sentimientos, meter al enemigo en casa, ahora no te quiero porque eres un viejo, pero luego te quiero mucho porque te he visto haciendo arrumacos a una viuda de tu edad... en fin, despropósitos. Uno detrás de otro.
-Convendrá usted conmigo en que es muy difícil la creación de un personaje literario.
-Y tanto, Azorín, y tanto; yo jamás he conseguido escribir una novela, ni una obra de teatro. Aunque a decir verdad tampoco he sido capaz de componer una sinfonía ni un cuarteto.
-¡Ah, la música, la música! Le gusta mucho a usted, ¿verdad?
-Mucho. Últimamente me ha vuelto a dar por Bach y Beethoven. Me paso el día oyendo la Pastoral, y la música de órgano... Voy a temporadas.
-Eso está bien: cuando se siguen los propios impulsos, es cuando se disfrutan de las cosas.
-Sí. Además oyendo la Pastoral tengo un sentimiento de plenitud, de gozo y de alegría, que es muy difícil de lograr y de experimentar.
-Tal vez eso sea debido a la comunión completa que hay, ahora, entre usted y Beethoven.
-Siempre la ha habido, Azorín, y no sólo con Beethoven.
-Ya me lo imagino. Yo he experimentado eso también. Aunque lo he hecho, preferentemente, con la literatura clásica. Todavía recuerdo el día que llegué a casa con los tomitos de los ensayos de Montaigne, o cuando daba con algún libro en el Rastro, o en las librerías de viejo... El corazón me reventaba de alegría.
-Sí, sí. Además es usted un maestro, y ha sabido transmitir, como nadie, esa admiración, esa alegría por los clásicos... Sus recreaciones de los mismos son una delicia... He vuelto a releer la recreación que hace de Calisto y Melibea... ¡Dios, cuánto lo envidio, Azorín! ¡Qué cosas más preciosas ha escrito usted! Y con un lenguaje tan sencillo...
-Me halaga usted en exceso. Pero sí, debo reconocer que disfruté y padecí mucho escribiendo esas pequeñas evocaciones. Hice lo imposible por vivir al lado de Calisto y Melibea aunque los convertí en una pareja de burgueses.
-Y a los que transformó en divinos ocultando lo humano.
-Sí, desde luego. Seguí las premisas de Cervantes, pero me excedí un poco, ¿no le parece?
-Si quiere que lo critique por lo que no ha dicho, lo puedo acusar de no nombrar a la Celestina. Pero, claro, entonces su artículo no sería su artículo.
-Claro. Tampoco hablo de Pármeno y Sempronio.
-Sí, pero no por eso su artículo deja de ser inquietante.
-Si me dice eso es porque lo leyó usted después de leer el libro de Rojas.
-Por supuesto. Porque ya puestos a hacer ficción con la crítica, si Calisto hubiera sobrevivido, y también Melibea, tal como propone usted, al ver este que a su hija la rondaban, como él rondó a Melibea, sabe que, ahora, le toca a él hacer el papel de Pleberio. Y nada más triste, patético y doloroso que ver a una hija hecha pedazos por su propia mano.
-¿No va usted un poco lejos, amigo mío?
-¿Usted cree? –le pregunté sonriendo.
-No. Francamente, tiene usted razón. Quizás intentando quitarle ruindad, la aumenté, pues si los amores de Calisto se vuelven a repetir, ¿por qué no el resto de las historias? El hombre siempre es idéntico a sí mismo.
-Ahí está lo inquietante, Azorín. Es posible que ya no haya Celestinas, ni Sempronios, Elicias y Areusas, pero sí que hay gente dispuesta a seguir matando por dinero, sexo o ruindad. Hasta son capaces de comprar niñas...
-El ser humano se repite en demasía. Tanto como la comedia áurea española. Tal vez algún día, algún lejano día, la educación...
-La educación no va a cambiar nada, Azorín. ¿Cómo países cultos como Alemania o Argentina fueron capaces de llegar a lo que llegaron? ¿Cómo es posible tanto desprecio por el ser humano? ¿Cómo alguien se puede deleitar con el horror de una simple persona? ¿Cómo un sacerdote puede violar a un niño? De verdad, me sangra el corazón.
-No tengo respuestas para eso, querido amigo. Sin duda porque, tal vez, no le van a satisfacer las que pueda darle. Algunas ya las conoce usted por La regenta, El crimen del padre Amaro, Guerra y paz, o Las tribulaciones del joven Törless.
-Y por La Celestina. No olvidemos a la vieja Celestina.
-Sin duda. Ni a doña Trotaconventos. Pero he visto a lo largo de estos días, querido amigo, que tiene usted cierta predilección por las novelas de tipo social, por hablar de alguna forma, y siendo consciente del sin sentido que este término supone.
-Es cierto, Azorín, tiene usted razón. Ahora bien, antes, de joven, necesitaba que me dijeran las cosas de una forma clara, diáfana. Ahora, ya mayor, soy capaz de leer entre líneas.
-Ese ha sido uno de los grandes errores de nuestra educación: la incapacidad de enseñar a apreciar los matices; tener que recurrir siempre a la sal gruesa, o al grito desaforado.
-Es verdad. Pero la sutileza sólo se logra con el paso de los años. El buen violinista tiene que ensayar mucho. Igual que el buen lector.
-Eso que acaba de decir, querido amigo, se merece un brindis. Y ya que no estamos en la fuente de las afueras del pueblo –dijo sonriendo- no estará de más que recurramos al champán.
-Seguro –apostillé- que es tan tonificante, o más, que el agua esa que tanto le gusta a usted.
-Comprobémoslo.
Pocos segundos después los dos teníamos nuestra respectiva copa llena de un fresquísimo y espumoso champán. Azorín apenas si se mojó los labios. Yo, con los pastelillos que llevaba en el cuerpo, con la conversación, y el calor de la habitación, me bebí la copa casi de un trago, y aún hubiera bebido más de no ser por la educación y las buenas maneras. Delicadamente, el maestro, sonriendo, me sirvió otra copa. La bebí a breves sorbos, paladeándola y sin manifestar mis vulgares deseos de apurar la botella. Tras el champán guardamos silencio durante unos segundos. Miré el reloj. Imaginé que Azorín estaría cansado, y querría irse a la cama. Además, el ritual de la botella descorchada podía pasar por el trago de agua en la fuente a al que íbamos todas las mañanas. Era la hora de despedirse.
-Tiene usted razón –dijo en tanto volvía llenar las copas-. Cuando se piensa en esas mujeres obligadas a casarse con personas mayores, en esas niñas sacrificadas a la lujuria o las apetencias de otros, en tantos crímenes y abusos, ganas dan de retirarse, de vivir lejos del género humano.
-Quizás nos hemos vuelto un tanto sutiles, Azorín. Antes, cuando le he dicho lo de leer entre líneas, me estaba acordando de la novela de Alarcón, El sombrero de tres picos. La primera vez que la leí, me lo pasé muy bien. Esta última lectura, me ha hecho reflexionar sobre la justicia, y la enorme facilidad que tiene el poderoso para utilizarla en su favor o para sus caprichos.
-Creo, además, que tiene usted razón en otra cosa: con el tiempo, es con el tiempo, con paciencia y con cariño, quien persiste puede llegar a convertirse en un gran lector. Tal vez nosotros lo hayamos logrado, o estemos en camino de ello. Así que le propongo un brindis por todos los grandes novelistas, por todos cuantos lo han intentado sin lograrlo, y por todas aquellas mujeres que tanto dolor nos producen...
-Y por Pío Baroja.
-Y por nosotros, querido amigo, por nosotros.
Entrechocamos las copas y bebimos. Ya no volví a sentarme. Me puse la ropa de abrigo, estreché la mano del bueno de Azorín, y salí a la fría calle. El cielo estaba oscuro, negro. No se veía nada. Di unos pasos por la acera, y me esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Luego, dando un inmenso rodeo, llegué a mi casa. Me di una buena ducha, y tras secarme a conciencia, me metí en la cama. Un magnífico silencio me rodeaba. No quise ponerme sentimental porque no tenía ningún sentido. Me dormí profundamente.

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