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viernes, 9 de diciembre de 2011

LORELEY, por Jorge Judah Cameron, de Mendoza, Argentina

Todos los días, a la misma hora, sensible y extasiado contemplaba su figura venir a mí, envuelta en el aroma de las flores más perfumadas y moribundas, bañándose la piel de aquella fragancia de blandas rosas que nos unió para siempre. Loreley, mi Loreley, la única, la más bella entre las bellas meciendo sus cabellos rojizos con los últimos destellos del atardecer.
Durante horas, recostados sobre los verdes campos y abrazados en consonancia con las aves, que, paseándose sobre nosotros, sonorizaban nuestro amor... ¡Dios, cuanto reíamos sin dejar de besarnos!
Loreley, la única, la más amada entre las mujeres de esta Tierra. Ellos nos separaron pensando que todo terminaba con esa injusta actitud, autoritaria y medieval, de pensar que un pobre no puede amar a una aristócrata, o un judío enamorarse de una mujer cristiana sin tener que pasar por la censura de los hipócritas. Intentaron asesinarnos al hallarnos desnudos sobre el heno en aquella dorada caballeriza del padre de Loreley, mi amada. Pero nuestro amor pudo más. Logramos huir por los techos de la mansión hasta un río donde perdieron el rastro de nuestros cuerpos en fuga. Heridos, sangrando juventud en cada lágrima, nos alejamos de aquel lugar y de sus vidas para siempre.
El amor nos mantuvo unidos, hasta hoy, lejos de la soberbia, la avaricia, la ignominiosa tortura a la que fuimos sometidos durante tantos años. Ni la muralla más alta sería impedimento si la perdiera. Nada lograría detenerme. Desbordante mi pasión lamería sus huellas como un lobo herido por los cielos y los mares, y si fuera el inframundo aquello interpuesto entre ella y yo, bajaría cual Orfeo al Hades a buscarla entre los muertos a esa venerada mujer por mí llamada Loreley, y en mis brazos la traería vaciándonos en el beso más profundo que recuerde ser alguno. Y si acaso no pudiese retornarla yo con ella sufriría en los fuegos del infierno.
– ¡Te amo, Judah! –exclamó.
Así estuvimos hasta que dieron las doce menos un minuto. Nos despedimos tiernamente para volver cada uno a su tumba, hasta el siguiente día, como hace más de un siglo.

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