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jueves, 19 de febrero de 2015

TENDENCIAS DE LA MODA, por Eva Marabotto, de Buenos Aires, Argentina.


Nunca me había "hecho" las manos. Si hasta la expresión me resultaba graciosa, con esa idea de creación divina, o un factotum modificando a un ser que hasta ese momento careció de extremidades superiores. Pero mi hija cumplía 15 años y la ocasión ameritaba uñas arregladas en la gama del rosa, el tono que ella había elegido para su vestido.



Opté por una peluquería de Barrio Norte y llegué exactamente a la hora de mi cita. "¿Venís a hacerte el alisado?", preguntó el dueño mientras intentaba enfundarme en una bata. Le expliqué que solo iba a arreglarme las manos para una ocasión especial. "Lástima, porque una gran fiesta amerita un peinado con pelo lacio", se quejó mirando con desprecio mi melena enrulada.
El local no era muy grande. Apenas un par de espejos, y cinco o seis sillones de peinar. Tres jovencitas esperaban con paciencia que las dos empleadas se alternasen para untar un líquido verdoso y de olor penetrante en sus largas cabelleras. Las cinco mujeres se volvieron a mirarme. "¿Vos también venís a alisarte?", preguntó una de las untadoras. Volví a negarme e instintivamente acaricié los bucles que se descolgaban sobre mis hombros. Ella me miró con disgusto y su compañera dejó escapar un bufido.
A las clientas tampoco parecía gustarles mi negativa. Las tres me siguieron con la mirada hasta que encontré donde sentarme. Después se enfrascaron en una conversación sobre las cabezas lacias que se vieron en los desfiles de las colecciones europeas.
Mientras las de las cabelleras largas esperaban que la viscosidad verda desplegase poderes mágicos, entraron dos nuevas clientas. Ambas señalaron resueltas las melenas verdosas y pidieron un tratamiento idéntico. Una de ellas quiso calcular la demora y me preguntó si estaba para alisarme. No tuve ánimo para contestarle. Sacudí los rulos en un vaivén que fue de izquierda a derecha y luego volvió para enfatizar la negativa.
Para entonces yo solo quería salir del local, pero había sacado un turno y tuve que esperar media hora más para que una morocha con corte Cleopatra llegase pidiendo disculpas y preguntando quién de nosotras la esperaba. Cuando levanté tímidamente la mano, me preguntó si me iba a hacer antes el tratamiento para alsiarme el pelo. Le expliqué recorriendo con la vista a los presentes, que no tenmía pensado resignar mis rulos ya que me acompañaban desde que nací. Pero no logré convencer a ninguna de aquellas mujeres.
"¿Por qué no probás una vez?", sugirió una de las tres chicas de melena verde, mientras una empleada se esmeraba en pasar un secador por cada una de sus mechas. No pude responderle porque en contacto con el calor del artefacto el pelo aquél despedía un vapor tóxico que me hacía lagrimear y me provocaba carraspera.
Dos veces intenté hablar, y sólo pude emitir toses y lágrimas. Ellas me esperaron ansiosas por mi consentimiento. "Tu pelo quedaría más prolijo", opinó la segunda. "Resaltaría tu parecido con Nicole Kidman", me piropeó la tercera. Quise explicarle que Nicole también supo llevar sus tulos con orgullo, antes de sucumbir a la tiranía del lacio. Pero aquella nube de gases tóxicos que a esa altura salía de todas las cabezas, me impedía articular palabra.
Me acerqué a la puerta y la abrí para buscar el aire del exterior. La de la melena de Cleopatra me siguió, temerosa de que me escapase. "Al fin, ¿te decidiste?. ¿Hacemos alisado o 'manicure'?", preguntó acentuando la pronunciación francesa. Me limité a tenderle mi mano derecha con la palma hacia abajo. Ella me arrastró de mala gana hacia una mesa en la que tenía sus útiles de trabajo y comenzó a limar y a desplazar las cutículas con un ímpetu extraordinario rayano en la violencia.
    "Es una lástima", sentenció el dueño, desde atrás de la caja registradora. No contesté. Tampcoo podía hacerlo. A las lágrimas que me producían aquellos vapores que salían de las cabezas, se sumaban las que surgían de los tironeos de la Cleopatra enfurecida. Algunos de mis dedos sangraban y supuse que eso no era normal, pero carecía de experiencia en el ramo como para poder asegurarlo.
    Por un momento sólo deseé que terminase la tortura. No quería uñas delineadas ni esmalte rosado ni cutículas en forma. Sólo quería huir de aquellas fanáticas del liso perfecto. Mientras recorría con la planchita las melenas de las chicas presentes, una de las empleadas me propuso un brushing o apenas una pasada de planchita. Me aferré a mis rulos, mientras Cleopatra intentaba sacarme las manos de la cabeza para continuar con su tarea depredadora.
Le llevo una media hora que me pareció eterna. Las demás la aprovecharon para hablar de los productos para mantener la cabellera en orden y menearon sus melenas delante de mis ojos. Me fui a las apuradas, mientras tropezaba con la pierna que una de ellas había extendido accidentalmente. Cuando intenté buscar un pañuelo para secarme las lágrimas encontré un papel que alguien había deslizado adentro con un insulto grosero. 
   

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