La casa de José eran unas pobres chapas. Chapas sin sentido una sobre otra, sólo dos ambientes. Lo que semejaba el comedor tenía una mesa destartalada, con siete escasos bancos. Y hacía las veces de cocina, de lavadero, de todo. Platos de lata y vasos de aluminio por todo menaje. En la otra pieza se apilaban colchones en mal estado, junto a un viejo Primus, una TV en la que nada se veía y goteras por doquier.
Al fondo pero cerquita un minúsculo cuartucho hacía las veces de letrina y de ducha de agua fría que en invierno amenazaba con llevarse lo pulmones lejos, con congelarlos, con cortar la respiración.
José vivía en la villa 21, ahí nomás cerquita de Barracas, sin embargo ese era terreno de nadie, no era ni Barracas ni era nada. A gatas el cura de la parroquia, que también se llamaba José, les daba algunos mendrugos, pero hacía días que nadie sabía nada de él, se comentaba que lo habían matado los narcos que dominaban como reyes de la noche todo el barrio. Hacía casi un mes que nadie veía al cura. Y que nadie comía.












