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jueves, 23 de abril de 2015

ANTIGUO VAGON ©, por Carlos Alejandro Nahas, de Buenos Aires, Argentina

Alberto era su rutina. Amaba su rutina. Es verdad que su vida no le deparaba demasiadas aventuras, pero además él disfrutaba hacer siempre las mismas cosas. Una y otra vez. Desayunaba antes de llevar a los chicos al colegio. Se bañaba cuando volvía a su casa. Vestido y limpito, le daba un beso a su mujer y se iba al trabajo. Caminaba las dos cuadras que lo separaban del subte y se lo tomaba. Línea “A” decía el cartel azul. Se subía en Plaza Miserere y se bajaba en estación Plaza de Mayo. Luego unía las dos cuadras que lo separaban de su trabajo y durante ocho horas realizaba, desde hacía 20 años, exactamente lo mismo. Cajero de la AFIP, que cuando él empezó se llamaba DGI, tinta y sello. Sello y tinta. Eternas, interminables, iguales y tediosas jornadas. Así eran los días de Alberto.

Su único solaz en esa vida hecha de grises, era el viaje en sí. La ida y la vuelta. Él disfrutaba como nadie esos antiguos vagones de madera, que por extraños designios de la burocracia política, tenían más de ochenta años y funcionaban igual de bien que el primer día. A ningún intendente se le había ocurrido cambiarlos. Tal vez por falta de dinero. Quizás por olvido. A lo mejor por lisa y llana desidia, como tantas cosas que funcionaban bien en Argentina desde hacía ochenta años. Total, para qué cambiarlos si funcionaban.
Asientos de madera en tiras. Pintados de azul oscuro por fuera y todos de madera ocre por dentro. Cuando se llegaba a cada estación había que abrir las puertas manualmente. Más de una vez Alberto se reía íntimamente cuando algún turista desprevenido se quedaba parado frente a las puertas de vidrio y madera esperando el milagro. Él, con su santa paciencia, se les adelantaba y las abría cortésmente. Al empleaducho se le daba por imaginar las cientos y miles de historias que habrían pasado por esos vagones. Del miriñaque a la minifalda. De la levita a los trajes. De las galeras a las vinchas. Con choferes de mangas blancas en los treinta, a los actuales, informales. Sin embargo, desde hacía ochenta años hacían exactamente lo mismo: Movían esa mágica palanca de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Y luego estaban los que tenían una llave mágica: Los que abrían las puertas. Sin la existencia de ellos nadie podría jamás ascender o descender del subte. Linterna en el bolsillo, uniforme, silbato y algunos hasta una especie de walkie talkie. Los había de los más correctos, hasta los más chúcaros. Había uno que se destacaba por sobre los demás: Era el bromista de los lunes, miércoles y viernes. Les decía piropos a las chicas. Alentaba a los cansados. Gritaba a voz en cuello por un buen fin de semana los viernes.
El empleado de la AFIP no tenía una plétora de goces en su miserable y monótona vida. Sólo sabía lo que le gustaba y lo que no. Le gustaba el partido de los domingos, jugar con su hijo más chico a la pelota, hacer el amor con la patrona de vez en cuando. Y le gustaba viajar en esos vetustos vagones. Le encantaba. Para él era una delicia tener que levantar esas ventanillas de vidrio antiguo en invierno, o bajarlas en verano. Tener que “subir” literalmente al subte, porque había un buen espacio entre el borde del andén y los vagones. Agarrarse de los palos pintados de bordó. Mirarse en los cientos de espejos que tenían las formaciones. A Alberto una de las pocas cosas que le gustaban en su vida era viajar en esos subtes. Y punto.
Pero un día, un intendente decidió cambiarlos. Él no sabía nada de la noticia hasta que una mañana quiso subir en su estación diaria y lo frenó un cartel que decía: “Línea “A” cerrada por cambio de vagones”. Alberto sintió que se le venía el mundo abajo. Durante tres largos e interminables meses trocó su mullida rutina por los colectivos de la línea 86. Amén de que el viaje se le hacía más largo, la fauna del colectivo no es la misma que la del subte. El tipo que viaja en colectivo va más liviano por la vida. Tal vez es más pobre, tal vez más suelto. Pero a Alberto se le hacía insoportable su nueva noria diaria. Insoportable la señora gorda con dos changuitos, el viejo con diez mil monedas que atoraba todo el paso, el pibe con el celular y su música a todo trapo. Todo. Todo se le hacía infernal y fuera de lugar. A veces se cruzaba con alguien que creía conocer del subte y las miradas entre cómplices y desanimadas se entreveían. Fueron tres meses de calvario para Alberto. Un sufrimiento sin fin.

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Llegó el día y lo que sus ojos vieron lo dejaron pasmado. De una pieza. Vagones blancos y verdes. Largos. Herméticamente cerrados. Con aire acondicionado y perfume que olorizaba el ambiente. Los asientos de riguroso plástico como todo el coche. Los verdes eran chillones, verdes melón, verdes amazonas, verdes cotorras. Había carteles inteligentes por doquier y una voz grabada de antemano de una locutora almibarada que decía: “Usted está en estación Plaza de Miserere. Combinación con línea hache. Próxima estación, Pasco”. No había un solo espejo. Era como viajar en una caño extremadamente extenso, herméticamente presurizado. Gracias a Dios no tenían música funcional, porque sino eso sí habría sido el acabose. El resto de los pasajeros ingresaron a la formación tan alelados como Alberto. Y mansamente se fueron acomodando hacia el fondo. Era el paso del progreso, impiadoso, cruel, plástico. No dejaron a uno sólo de los viejos vagones de madera. Los mandaron a desguace, a prender fuego de asados pudientes, a adornar casas de antigüedades de San Telmo, a pudrirse bajo las lluvias de agosto.

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Desde hacía varios meses el nuevo jefe de Alberto lo tenía a mal traer. Era habitual que las jornadas de escasas ocho horas se transformasen en diez u once de interminable papeleo. Alberto llamaba a su casa más de una vez a la semana para anunciar su retraso. Otro elemento que ese fatídico año de 2013 le alteraba su cómoda rutina. Salió cerca de las nueve de la noche y se lo tragó la ominosa boca del subte. En la espera y con su cabeza llena de balances lo vio venir: Un viejo vagón, de los de antes, los de madera, los queridos y entrañables descartados. Fue verlo y tirarse de cabeza. Una vez dentro, Alberto vio que los pasajeros de Perú no se bajaban y que lo habían tomado en esa estación para volver directamente desde la terminal hacia sus respectivos destinos.
No serían más de treinta. Alberto se sentó con esas comodidades hechas de centurias y cuando paseó su mirada alrededor lo que vio lo dejó atónito. Los que estaban en ese vagón no eran ni nada más ni nada menos que todos sus compañeros de colegio. Y tal como los recordaba cuando estaban en quinto año. Él se levantó lentamente y fue hacia el espejo más cercano. Y se vio transfigurado. Tenía puesto un abrigado blaizer azul, corbata roja y el escudo de su colegio bordado sobre el bolsillo izquierdo. Lentamente se dio vuelta y comenzaron los abrazos, los besos, las chicanas de siempre. El atorrante, el vago, el jodón, el traga. Estaban todos. Al arribar a Miserere Alberto se despidió con lágrimas en los ojos. Al llegar al ascensor de su casa el espejo le devolvió a Alberto su aburrida facha de los cuarenta y cinco de siempre. Aspiró lentamente y abrió la puerta de su casa.
Y así, el empleado impositivo cada día demoraba más su partida, para poder tener acceso a esos vagones mágicos. Y tan mal no le fue. Hubo un día en que estaba casi vacío, con tan sólo diez mujeres, que eran sus novias de la adolescencia. Otra vez le tocaron sus compañeros de primaria y llegó a su casa con plastilina entre sus dedos que no supo bien cómo explicar. Lo cierto es que Alberto había abierto una ventana mágica que no pensaba cerrar jamás en su vida.

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Buenos Aires en el año 2113 había sido declarado lugar indeseable para la humanidad. Si, así como las Cataratas del Iguazú son Patrimonio Natural de la humanidad, las Ruinas de San Ignacio Patrimonio Cultural, pues bien, Buenos Aires hacía casi cincuenta años que era invivible. 30 millones de personas se hacinaban en sus calles, plagadas de drogadictos y malvivientes. Las clases pudientes se habían mudado al Sur, y la capital de la República estaba en Comodoro Rivadavia. La Argentina hacía ya largos 100 años era un lugar cuasi destruido por sus propios habitantes y como de costumbre seguía en pie gracias a sus pampas generosas.
Los trabajadores municipales estaban desarrollando uno de los tantos corredores aliviadores subterráneos para que los deslizadores tuvieran por donde moverse, ya que las calles y el cielo estaban atestados de aparatos de transporte, ya sea los antiguos de combustión fósil, como los modernos de fisión limpia, de hidrógeno y otros tantos. La cosa fue cuando encontraron la estación Saldías de la antigua Línea “A” del Subterráneo. Era una estación que se había tapiado en los lejanos noventas, y que estaba entre Plaza de Miserere y Alberti. Lo asombroso no fue el descubrimiento de dicha estación, sino lo que contenía: Un vagón de madera de tranvía, de los primeros que tuvo la Argentina y que se usaron para el subterráneo, repleto con cuarenta cuerpos en perfecto estado de conservación, de gente que, según los peritos forenses, sobrepasaba largamente los noventa años de edad. Todos bien vestidos, todos sentados. Fue un shock para la opinión pública de entonces. Nadie explicaba dicho fenómeno. Igual, para preservar la paz social no se publicaron fotos en los holo – periódicos, ni se permitió el ingreso de cámaras de holo – televisión.
Terminados los trabajos de excavación, y mientras la Policía caminaba a través del antiguo túnel buscando la salida, sólo se escuchó la voz de Comisario exclamar estentóreamente con su vozarrón:
-       Y me podés decir de qué mierdas se reían estos viejos chotos. ¡¡Momias de mierda!! ¡¡Todos con una sonrisa en los labios, che!!

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