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viernes, 10 de febrero de 2012

LA TIERRA, por Salvador Alario Bataller, de Valencia, España

Este cuento pertenece a la antología titulada Nueva poesía y narrativa hispanoamericana del siglo XXI. Madrid, Lord Byron Ediciones, 2009

Para Slawomir Mrozek

Nuestra raíz está en la tierra, sin ella nada existiría. No existiría el bosque, ni los animales, ni nosotros, que somos peores que ellos. Eso me decía mi padre, que era un hombre sencillo y honesto, un hombre que nunca había causado mal a nadie.
Mi familia se trataba poco con la gente, no solo porque nuestra casa estuviera apartada, sino porque simplemente no teníamos la necesidad. Nos bastábamos teniéndonos los unos a los otros. Cuando hay demasiada gente alrededor, el mundo se vuelve malo.
En alguna ocasión, cuando era más joven, fui con mis primos a una de esas casas donde los hombres se desahogan, pero vi algo tan triste en eso que ya no volví más. Años después, mis tíos se fueron al norte y no los volvimos a ver.
Junto a mi casa, hasta besar el linde del bosque, crece un prado. Más allá de los árboles está la autopista, siempre con coches que pasan raudo, yendo a sitios que probablemente yo aborrecería. El bosque era inmenso, el silencio rotundo, la tierra fecunda, y en todo ello estaba la verdad de las cosas, lo que era bueno.
Hará unos cinco año una cervatilla apareció en el prado, seguramente su madre habría muerto. La crié junto a mi perrita, y ambos crecieron como si fueran hermanos, hasta el día en que la cierva se hizo grande y el afán de procrear la llevó a internarse en el bosque. Para gran alegría de todos, meses después volvió a aparecer con una cría hermosísima. La perra fue la que más se alegró por lo alborozada que se la veía. A partir de ese día la cierva y su vástago, cada vez más grande, venían al prado con regularidad y su presencia representaba un regocijo para seres tan solitarios como mi padre, yo y la perrita. Mi madre había muerto el invierno anterior.
No tardó mucho tiempo para que vinieran hombres de afuera y comenzaran a talar el bosque, y fueron levantándose, densas como setas venenosas, urbanizaciones grises y feas. El aire se llenó de malos olores y ruidos extraños. Mi padre y yo contemplábamos el desastre con lágrimas en los ojos. La tierra, el bosque, la vida, es lo más precioso del mundo, decía mi padre, quien mata a la tierra me mata a mí.
Una tarde un coche aparcó ante nuestra casa y de él bajaron dos hombres con traje. Hablaron un rato con mi padre y después se fueron. Mi padre estuvo todo el día taciturno, pero no me dijo nada. Sin embargo, no había necesidad. Yo también estaba triste.
Poco después vinieron más hombres con un cheque y una orden de expropiación. Debíamos abandonar las tierras en tres meses, pero mi padre murió antes, como la perra. Así que me quedé solo, mirando el prado y el bosque, que ya no era más que matojos dispersos entre una cascada pestilente de asfalto y vidrio.
Un día llegaron dos máquinas excavadoras. Yo me encontraba en el prado con la cierva y cuando oyó el ruido se perdió veloz en la foresta. Sabía que ya no la volvería a ver. Entonces entré en la casa y salí con la repetidora. Cuando el primer hombre se acercó le descargué un tiro en la cara y el tipo se desplomó como un fardo. Los otros gritaban y me amenazaban con el puño. A otro también le pegué un tiro, pero los dos que quedaban escaparon corriendo como si hubieran visto al diablo.
Me encerraron y me llevaron a juicio. Le expliqué al tribunal que había acertado a los dos tipos porque era bastante buen tirador, pero si hubiese disparado mi padre ninguno hubiese salido vivo de nuestras tierras. Pedí una escopeta mejor y munición de más calibre para acabar con los maleantes que mataban a los animales, destruían el bosque y envenenaban la tierra. El juez se puso rojo y le vi sudar copiosamente. Dijo cosas que no entendí. Yo esperaba que, de un momento a otro, alguien me felicitase (una condecoración sería pedir demasiado) y que me regalasen un buen arma y mucha munición. Así se lo dije al señor juez y él entonces se puso tan pálido que parecía enfermo. Tenía que ir a mi casa, le dije, y defender la tierra.

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