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jueves, 7 de febrero de 2013

LAS MARCAS DE LA VIDA ©, por Carlos Alejandro Nahas, de Buenos Aires, Argentina


Cuando Alberto se sentó frente a su PC destartalada no sabía que iba a salir de allí. Había arriba de su escritorio media botella de whisky y dos paquetes de cigarrillos, y mañana debía entregar unas cuartillas al diario acerca del ”Envenenador de Belgrano” que le tenía las pelotas por el piso. Y su editor – el Tano Ruccio – al que cada vez que veía le escapaba de puro turro que era - no lo iba a echar jamás del diario a él, una institución, con más de 30 años de laburo. Pero algo le debía dar, tenía que justificar su existencia en ese pasquín de mierda. Sin embargo, su mente estragada y ya a las tres de la mañana se negaba a escribir una sola línea. Simplemente, no salía nada.

Y se acordó de aquél borracho de Puentecito, en Barracas, cerca de tres años atrás. Y las teclas se empezaron a mover solas. Y le salió esto, que obviamente lo rompió en mil pedazos a la mañana siguiente. Yo portero diligente y fiel con cinta adhesiva rearmé el relato y es el que – más o menos - sigue:
“Juan Martín era un gentleman. Gerente de banco por más de cuarenta años, para más datos de Lloyds de Londres. Casa enorme, sobria, fina, lujosa sin estridencias, con tapices, con cuadros, con jazz, con ópera, con plasmas empotrados, con varias cocheras, con pileta y con jacuzzi. Mujer cincuentona pero en la flor de la vida, hermosa por donde se la mirara y dos hijos adolescentes, que iban a San Andrés y con proyectos de post grado en Yale como correspondía a muchachos de su posición. Mercedes Benz él, BMW ella, Mini Cooper la hija, moto muy japonesa el hijo.
Un día lo llamaron de Londres. Le dijeron sin ambages: El Lloyds se cae, no hay más nada que hacer. Se tomó un par de días en Londres, como hacía siempre, para comprarse costosos trajes e ir a la ópera.
30 años de trabajo en su puesto lo habían hecho de una sólida posición, que no necesitaba de trabajos remunerados para vivir el resto de su vida él y sus hijos en la más maravillosa holganza, yate y Punta de Este incluidos. De vez en cuando Europa o Miami.
En Ezeiza la araña instalada en su pecho ya era una enredadera. No sabía qué pasaba ni porqué pero no avisó de su retorno, llamó y dijo que volvería dos días después. Se instaló en el Intercontinental para poner en orden sus ideas. Cambió trajes James Smart por chombas Polo y recorrió la ciudad como hacía años no lo hacía. Y esa noche, sin saberlo, sin quererlo, se fue a su casa de Palermo presintiendo que lo que sentía eran enamoradas del muro venenosas.
Encontró en la cama a su mujer con el “personal trainer”. Un egresado con honores, con post grado en Oxford y más de 50 pares de gemelos no podía ni levantar la voz. Esa noche se fue a dormir al escritorio. Dos días sin hablarle a la infiel. Al tercer día le llegó la demanda de exclusión de hogar y divorcio por parte de la mujer, redactada seguramente por algún abogado que pagaba los favores sexuales de la perra con escritos impecables.
No tomó ni un traje, no llamó a sus hijos, ambos en el extranjero y con menos afecto del que él había sabido dar.
Esa noche con pocos pesos recaló en pensión de mala muerte de San Telmo. No le importó. No le importó nada, estaba en una altura de su vida donde importan más las cuentas del alma que las de la chequera. Y estuvo una semana asistiendo puntualmente a un bar destartalado de Constitución hasta que el cantinero lo echó por falta de crédito y modales.
Llamó a un viejo amigo que le prestó 500 pesos que alcanzaron para unas comidas en Puentecito, en el límite entre Barracas y Avellaneda. Allí lo conocí yo, luego de su recuperación.
Un día encontró entre sus pertenencias algo muy extraño, fruto de algún viaje costoso: Una sofisticada navaja suiza. Y entró en un mundo sórdido y placentero a la vez. Cada vez que estiraba sus largos huesos sobre el catre comenzaba su ritual de cortes, pequeños al principio, profundos luego. Como una forma de autoflajelarse y de expiar errores pasados, como una forma de cortar con el pasado, como una forma de ver sangre propia y no ajena en sus manos.
Lo encontraron casi desangrándose entre sus humores una pegajosa mañana de enero en la pieza del hotel. Estuvo como dos meses en el Argerich. Hoy vuelve a Puentecito y entre copa y copa me cuenta historias maravillosas y sórdidas. Recorre la ciudad, toma como una cuba y duerme por vez primera hasta el mediodía desde hace meses. Es un ser libre, triste y sórdido. Me quedó de enseñanza que aunque él diga que se cortajeó todo yo no le veo hoy ninguna herida”.

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            Cuando mandé estos papeles al diario, pegados con cinta “scotch” y con la firma inocente de “Raúl, el portero de Tacuari 1306”, no abrigaba esperanzas. Sin embargo, dos semanas después me lo publicaron. Obviamente sin firma y con muchas cosas cambiadas. Es que al igual que el protagonista del relato, creo yo que en mi caso también, las heridas del cuerpo cicatrizan. Las del alma, jamás. Y los parias, lastimados y marginados se olfatean, como el perro a la carne.

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