“Meu marido is grande y fornido”, solía contar Mara a quien quisiera escucharla. Y ahí estaba él para confirmar sus palabras. Enorme y eternamente ataviado con la camiseta roja del Inter de Porto Alegre. Llevaba el casco bajo el brazo aún cuando andaba a máxima velocidad en su moto, a los saltos, por las callejas empedradas de Torres, la bonita playa brasileña que lo vio nacer, donde trabajaba en la delegación policial.
Los que lo conocían entusiasmaban a los turistas contando sus hazañas. Narraban una persecución a piratas del asfalto en la que volaron tiros a diestra y siniestra, el rescate de la hija de un acaudalado empresario de Porto Alegre. Pero Mara, su mujer, conocía el mayor de sus secretos: Inácio tenía pánico de volar.
Probablemente ese temor no hubiese significado un gran problema para un europeo o un estadounidense que nacieron ubicados en el centro de la civilización y munidos del poder suficiente como para atraer hasta ellos todo lo que se les antojara. Pero Inacio había llegado al mundo como cuarto hijo de una familia de militares del Sur de Brasil.














