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miércoles, 6 de abril de 2016

LAS ROSAS PEREGRINAS©, por Irene Mercedes Aguirre, de Buenos Aires, Argentina

Uno se olvida de visitar a las personas queridas. Digo más, aún  a las muy  amadas. El tiempo, ese enorme tirano de las horas,  va dosificando las actividades y los intereses a lo largo de los días  y así, poco a poco, nos encontramos tan ocupados que  parece inevitable  olvidar  aquello que fue  tan caro para nosotros en otras épocas. 

Ciertas veces, sin embargo, descubrimos que cualquier intento de olvidar es vano, como si se produjera una conjunción entre el pasado y el presente para volverse un repentino “ahora”.  Aclaro que todas estas disquisiciones  fueron motivadas por las rosas.
(“Dime qué hacer, Señor, en esta aurora
cuándo la pena me carcome el alma
cono estilete que azuza  mi calma
mientras devana  el hilo del  otrora…”)
Me levanté temprano. Aquel domingo todo parecía bullir en mi cabeza. En realidad, la decisión la había tomado la noche anterior mientras cortaba las rosas de la casita del puerto.  Ya les había “echado el ojo” para los floreros de mi casa porque eran densas, enormes y rosadas, aunque carecían del perfume de las rojas y aterciopeladas  de mi antiguo domicilio  de la calle Arenas. Pero eran vistosas y alegres, con un algo de candor y con resabios de una belleza esforzada, lograda a “fuerza  de pulmón” en medio de macetones con malvones y geranios.  Las rosas siempre han sido un pequeño tesoro de los jardines humildes,  quizá  mucho más significativas  que los preciosos capullos que adornan alguna finca inglesa con natural disposición  y elegancia.  Porque estas rosas vistosas, sin perfume y  en gran número, lucían de forma inusual, desusada, en la diagonal de tierra del sencillo patio de marras. Eso sí, estaban colmadas de espinas, cuchillos  afilados e hirientes que se negaban a entregar el fruto de su esfuerzo cotidiano  y renuentes a conocer horizontes distintos de su origen. Luego de algunas pinchaduras  y variadas maldiciones farfulladas en voz baja, logre cortar una buena cantidad de ellas. A cambio, les entregué a las que quedaban, el beneficio de algunos cubos de agua para que pudieran reproducirse sin mayores problemas, pese a la merma ocasionada.  Corte también algunos helechos, que derramaban sus  finas ramas y tenues adornos vegetales hacia arriba y a los costados. Satisfecha con el ramo, cerré la puerta de rejas y me alejé raudamente.
La adquisición de las flores, casi manu militari, confirmó mi irrevocable decisión (tantas veces postergada), de cumplir con mi proyecto del día siguiente.
Al llegar a mi casa, dediqué una parte de las rosas para el embellecimiento de mi sala. Sobre un multicolor florero, alternaron amistosamente las recién llegadas con las de mi propio jardín. Formaron un delicado centro rosado que jugueteaba con los diversos tonos contrastantes a su alrededor. En otro recipiente  más pequeño, que usualmente ubico sobre la mesa de la cocina, puse algunas màs. Quedaron tan bonitas, a mi juicio, que me tentaron para decorar además el dressoir del living. A continuación escogí un estratégico hueco entre el reloj de mesa y un  trozo de piedra mezclada con amatista que refulgía con sus tronos  violáceos. Satisfecha con los resultados conseguidos reservé para la visita planeada  el resto de las rosas en una vieja olla con agua. Diluí en ella una aspirina para alargar la vida útil de las flores y dí por terminada  la tarea.
Luego del desayuno, temí que se debilitara mi decisión de realizar aquel viaje  con las rosas. No sé, creo que no es fácil realizar un encuentro con las migajas  de lo que ayer fuera plenitud y vivencias. Conformarse con el pálido reflejo de un espejo quebrado, casi hecho añicos, presente y ausente a la vez…. .
(“Melancólico viaje hacia el encuentro
donde me enfrento toda, sin decirlo
y en callado silencio, al escribirlo
desnudo el vendaval que llevo dentro…”)
Porque mi tormento permanente en este asunto era  mi aceptación tácita, interior, de que no tenían sentido ninguno de los rituales que realizaba. Que  con ellos sólo respondía al cumplimiento de reglas  y convenciones establecidas, ajustadas por el tiempo y el beneplácito de las creencias y la costumbre.  Todo ello, me decía, lograba que nuestra conducta al respecto pareciera “casi” espontánea frente a hechos de esta naturaleza.  En el fondo tenía la convicción que aunque yo quisiera ser un remolino que intentara  perforar un universo paralelo, cercano pero de imposible acceso, frente a él mis rituales se tornaban algo torpe, incómodo e inútil.  Al mismo tiempo, no podía evitar  un mea culpa por la aparente indiferencia (¿remordimiento?) que se iba apoderando de mí ante la inminencia de aquel viaje.
Ya el propio trayecto era penoso ¿O así al menos me parecía a mí, que esas calles, sucediéndose unas a otras, se sumergían en zonas cada vez más sombrías, cada vez más solas? No sé qué era, pero mi pecho  iba oprimiéndose cada vez más a medida que  me acercaba a aquel lugar donde me esperaban ¿O en realidad no había ningún interés por mi presencia? Tal vez sólo se trataba de un espejismo de mi propio deseo.  Todo se confundía, porque en realidad yo tampoco me había declarado a mí misma  que tenía ganas de ir., Seguramente todo era obra de las  propias impresiones que uno siente dentro suyo, integradas  a la propia existencia, junto con los dictados que fueron marcándose  sobre la blanda arcilla de las horas infantiles.
(“Este viaje a ese tórrido desierto
que calcina los campos terrenales
nos retiene y atrapa en infernales
abismos de dolor a cielo abierto…”)
Mis rosas, impávidas, me acompañaban en el asiento trasero del coche que nos  conducía hacia el sitio. Le dí una ojeada a la bolsa de plástico donde estaban alojadas . Las preservé del intenso sol corriéndolas más hacia mí.  Reconocí, satisfecha, que era mejor estar sola en esta ocasión  porque cuando uno debe enfrentar alguna resolución  en la que se halla en juego la propia fiabilidad  en temas esenciales, lo mejor es resolverlos al propio modo.  Así, reflexionando, llegamos. Buscar entre las calles 5 y 6 el número 33 no fue tarea fácil. Tal como acontece en las más modernas metrópolis,  donde los cuerpos de los edificios de departamentos son similares,  a mí me costaba encontrar el punto.  Mientras lo buscaba, recordé aquella serie de la TV española (cuyo título se me olvidó),donde  la semejanza de los edificios hace imposible que el protagonista puede acudir a la cita con la mujer de sus sueños.
(“Busco, entre todos, el sabor perdido,
el olor primordial, la mano ardiente,
La miel de la mañana, la impaciente
constatación de amor del tiempo ido…”)
Con las rosas a mi lado, poco a poco, la relativa serenidad  y hasta cierta indiferencia, fueron cediendo el paso a la angustia ¡No faltaba más! Ir a cortar las flores el día anterior a la casa del puerto,  mantenerlas cuidadosamente en el recipiente con aspirina,  viajar tanto tiempo y ahora no poder entregarlas en ese sitio tan alejado de casa.  No podía soportarlo. Era verdaderamente el colmo. Por suerte, las rosas se mantenían bastante bien, gracias a un resto de humedad en la bolsa y yo procuraba no cerrar la abertura  de la misma   para que el aire las mantuviera lozanas.  Consulté a un encargado del lugar para que me orientara.  Con su mejor voluntad, me dio algunas vagas indicaciones  que no me sirvieron de mucho.  Mis rosas y yo continuamos la peregrinación como si  fuésemos camino a Santiago de Compostela.
Sabía que el vecino de uno de ellos se llamaba Daniel Volpeti ¿ o era Volpati?  La verdad es que dicha  información no resultaba de ayuda en estas circunstancias. Los minutos pasaban y no aparecía ninguno de los buscados.
Al fondo, una construcción  de color amarillo  no sé por qué (n o sí lo sabía)  me llamó poderosamente la atención, como un recuerdo apagado y doloroso. Recordé, mediante esos circunloquios que realiza nuestra mente cuando quiere eludir el foco de atención, aquel film  donde el asesino múltiple  (me parece que lo encarnaba Tony Curtis),  merced a la labor de un psiquiatra hipnotizador, enfrenta  la tremenda verdad de su manía  homicida, que permanecía oculta para él en su vida cotidiana.
Caminé, casi sin darme cuenta,  en esa dirección. Un vientecillo fresco suavizaba el calor  de las primeras horas de la tarde. Las grandes arboledas, plenas de verdor estival, mostraban orgullosamente sus enormes ramajes  entre las flores y los bancos,  para solaz de los ocasionales transeúntes.
De repente, encontré el hábitat   del tal Daniel. Muy cerca, me esperaba uno de los destinatarios de mis rosas. Pasando una diagonal, casi en perfecto extremo de recta, se hallaba el otro escenario que me interesaba. Ya segura de mis pasos, pero desarmada por la emoción organicé como pude las actividades subsiguientes.  Abrí la bolsa, saqué las dos botellas con agua  y luego de vaciar  el líquido en  los recipientes comencé a repartir mis flores. Tres a los pies, una en la cabecera de él; cinco a los pies de ella, complementado todo con finos helechos.
(“Parece que no hay nadie y sin embargo
ellos me miran hoy, desde su altura
y alivian mi pesar, esta locura
de negar la verdad. Hoy me hago cargo
de aceptar mi pasado y mi presente,
conjugar el futuro entre las manos
con la lluvia de amor que desde arcanos
se desliza sutil sobre mi frente”)

Luego, con el corazón  a flor de piel y los ojos cuajados de lágrimas, contemplé  mi obra.  Descubrí, gracias a las rosas, que volvía  a tener significado  el homenaje ante las tumbas de mis padres. 

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