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viernes, 1 de abril de 2016

A. M. D. G, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España.


Una facecia, cuando se aplica a lo sagrado, desata indefectiblemente inesperados contratiempos.
Segundo Serrano Poncela, El hombre de la cruz verde.

Había pasado toda la tarde intentando desentrañar un viejo y complicado fragmento de Cicerón. No quiero descuidarme, así que todos los días dedico varias horas a la que ha sido la pasión de mi vida a fin de no olvidar el vocabulario, las construcciones, la sintaxis y todo lo demás. Procuro mantener la mente ágil y despierta. Pero al cabo de unas tres horas de lectura, me entran unos dolores de cabeza tremendos. Me volvió a suceder ayer. Me puse el anorak, y salí a caminar, cosa que me relaja muchísimo. A los pocos minutos de estar caminando, y más si llueve o hace mucho frío, mi mente se queda como nueva. Es el momento, entonces, de regresar a los libros.

Para salir a la calle, indefectiblemente hay que pasar por la puerta de la sala de lectura. Vi al señor Tomás con un periódico entre las manos. Lo invité a caminar conmigo. Aceptó de muy buena gana.
-Cuando lo he visto -le dije maliciosamente, ya en la calle, pues sabía muy bien cuál era el objeto de su atención- tenía usted rostro de felicidad y arrobamiento.
-¡Joder! -exclamó mirando hacia todos los lados- Oiga, ahora que no está doña Paquita, podemos soltar algún que otro taco, ¿no?
-Todos los que usted quiera, aunque yo ahora tampoco soy muy partidario de ellos. El tiempo no pasa en vano. ¿Sabe? -le pregunté sonriéndole- cuando yo empecé a estudiar latín, poco antes del Diluvio Universal, me molestaba mucho que ni los diccionarios ni los textos tuvieran ni un sólo taco. No me podía creer que los legionarios romanos no los soltaran redondos y contundentes cuando les mandaban algo que no les gustaba, o cuando comenzaba la batalla, o cuando vieron a los elefantes de Aníbal frente a ellos.
-Sí, es un poco difícil de creer.
-Y no sé si se habrá dado cuenta; pero tampoco en las películas de romanos, lo mismo que en las de vaqueros, me refiero a las de nuestra época, de cuando éramos jóvenes, hay ni una sola palabra disonante.
-Pues mire, no lo había pensado; pero creo que tiene usted razón.
-Fíjese y verá. No oirá nunca a John Wayne ni a Victor Mature o al príncipe de Hur, es decir a Charlton Heston, decir nada fuera de tono.
-Eran otros tiempos, desde luego. Y en algunas cosas parece que estamos volviendo a ellos.
-¿No lo dirá por la noticia que estaba leyendo? -le pregunté sonriendo de nuevo-. Tenía usted cara de arrobamiento, o, si me permite, de embobado.
-Tiene razón, tiene razón. Estaba no leyendo la noticia sino viendo las fotos de esta chica que han llevado a juicio por hacer una protesta en una capilla católica dentro de la universidad... ¡Qué guapa que es la condenada, oiga!
-¡Vaya por Dios! ¿No se habrá enamorado usted? -bromeé.
-Por supuesto que no -protestó-. Puedo ser su abuelo... Ve, eso es lo malo de hacerse viejo: no tengo ya ni pizca de esperanzas de poder ligar con ella.
-¡Hombre! Tampoco creo que las tuviera si fuera joven.
-Eso lo dice usted. Yo me podía apuntar a su partido político, y más tarde o más temprano coincidiríamos en algún congreso...
-Claro. Y ella lo iba a estar esperando a usted.
-En eso tiene razón: con lo guapa que es tiene que estar rodeada de moscardones. Y además, creo que eso mismo ha aumentado la inquina de quienes la han denunciado por la protesta aquella de la capilla.
-Una necedad.
-¿La protesta o lo que se ha derivado de ella?
-Todo. Absolutamente todo. Mire, yo no soy creyente; pero no me parece correcto entrar en una iglesia y montar ninguna escandalera, por muy joven que sea uno. Como tampoco me parece correcto insultar a los árabes haciendo viñetas sobre Mahoma.
-Esos tienen malas pulgas.
-No es porque las tengan buenas o malas. Dice doña Paquita que decía Azorín que esta vida se puede decir todo sin ofender ni insultar a nadie. Tampoco me hizo ninguna gracia esa pretendida oración sexual que se hizo el otro día en el Ayuntamiento de Barcelona. Me parece de una necedad absoluta, y de muy mal gusto, dejando la fe y los sentimientos de lado.
-Pues inmediatamente salió el político de turno diciendo que eso, lo mismo que la protesta de la chica esta, de Rita, no se atreverían a hacerlo en una mezquita.
-Eso ya se ha convertido en un tópico; es pura demagogia. ¿O es que se iban a atrever ellos a decir allí las lindezas que dicen aquí? ¿O se creen que iban a aguantar en cualquiera de esos países a tanto corrupto, y a alguna que otra necia defendiéndolos o haciéndose la loca con eso de yo no sé nada?
-No, desde luego que no. Allí el único que roba es el califa, o como se llame actualmente. A los demás creo que los decapitan o los ahorcan.
-¿Y qué le parece a usted la protesta esa en la capilla donde su bella amiga se despendoló?
-No fue para tanto. La pobre mujer sólo se quitó la camisa; con gran pena por mi parte -añadió sonriendo no sin antes mirar hacia atrás por si nos seguía doña Paquita. No soy un viejo verde, ¿eh? No se confunda.
-No he dicho nada.
-Me gusta la chica, qué quiere que le diga. Y me gusta verla, tan joven. Y parece inteligente. Lo es sin duda... ¿No es triste hacerse mayor? Yo ahora podría ser secretario de cualquier asociación, buscarla a ella para cualquier cosa del partido, tomar un café...
-Pero si cuando usted llegara a hablar con ella, ella ya estaría casada o viviendo con otro hombre. Si es tan guapa como dice usted, los debe tener a pares.
-Bueno, la esperanza es lo último que se pierde. Pero dejemos eso, que no tiene solución. ¿Qué le parece a usted que la hayan acusado por aquella protesta?
-A mí me parece que estamos llegado a un punto de vileza y bajeza en este país que es preocupante. Aquí todo vale ya con tal de lograr unos objetivos por mezquinos que estos sean.
-Hombre, hacerse con el poder no es moco de pavo.
-No, no lo debe de ser. Aunque nunca he entendido para qué lo quieren. La política debería ser algo así como una ascesis, un servicio para los demás y por los demás. Y se ha convertido en todo lo contrario: en un saneado negocio para los más bobos de la clase, que sólo saben decir tonterías y permitir robar y estafar siempre que lo hagan sus amiguetes. No, la política debería ser algo así como lo que pedía Platón.
-Me está saliendo usted un utópico.
-Sí, tiene razón. Ni en los tiempos de Platón se logró el buen servicio... No hay más que leer su República para darse cuenta, o Las aves, de Aristófanes. En aquella época creo que ya hubo procesos por corrupción, aunque la palma, desde luego, se la llevaron los romanos.
-¿Y condenaron a alguien?
-No lo recuerdo. Pero me parece que no. Lo único que el senado romano se tomaba en serio -dije recordando a Cicerón- es que se atentara contra él. El resto eran bagatelas, cosas sin importancia.
-Más o menos igual que hoy.
-Ojo que esto nos puede llevar a hablar de ciertas cosas políticamente incorrectas. Y las paredes oyen.
-No hay problema. Que nos juzguen si quieren. ¿Y se ha dado cuenta usted que quienes llegan al poder son unos verdaderos zafios? Ellos mismos lo dicen: no se enteran de nada. Los de su propio partido, sus subordinados, roban, mienten, estafan, reciben regalos más que sospechosos, se enriquecen ellos y sus amigos, y los capos siempre se enteran por la prensa, o no saben, o no les consta, o los jueces, a los que voy a poner todos los impedimentos habidos y por haber, decidirán.
-Sí, el nivel intelectual de nuestros políticos es como el de los pantanos en épocas de sequía. Y los periódicos -añadí con malicia- no van a la zaga. ¿Tan importante es que una chica se quite la camisa en una capilla para estar día sí y día también con semejante memez?
-No, no es importante. Pero están intentando aprovecharlo políticamente. ¿Son importantes los quince o veinte euros que un alcalde se ha gastado en gomina o un cepillo de dientes? No; pero como los otros han robado tanto, tienen que denunciar en la oposición la calderilla de los millones que no han querido ver en los latrocinios propios. Eso es como aquello, y ahora que no está doña Paquita lo puede expresar más gráficamente: la que es puta no lo quiere ser solo ella.
-Este es un país de caínitas.
-La derecha nunca se resigna a perder el poder. Y moverá cielo y tierra hasta hacerse con él de nuevo.
-Ya sé que no hay solución, o yo no la veo; pero este sistema cada vez me gusta menos. ¿Sabe? -le volví a preguntar-. Me va a perdonar, pero yo a esa chica de la capilla no la veo tan guapa. Aun así, cuando se celebre el juicio, yo de su abogado haría lo mismo que hizo aquel abogado en un juicio a una mujer en la vieja Grecia: le arrancaría el peplo, pondría al descubierto los pechos de la reo, y desafiaría a los jueces a que se atrevieran a condenar semejante belleza.
-¡Madre mía! -exclamó el señor Tomás-. Si hiciera eso lo condenaban por desacato a él, a ella y a toda la familia.
-Sí, han cambiado mucho los tiempos: antes, en los juicios, era posible oír a un Cicerón, o disfrutar de la belleza de unas tetas maravillosas; pero ahora no se oyen más que zafiedades y no se ven más que a chorizos de tres al cuarto y sin ningún gusto.
-Salvo cuando alguien se mete con la Iglesia. Que ella no es tonta.
-Sí -me hice el loco- aquí lo sagrado todavía sirve lo mismo para un frito que para un asado. Siempre ha sido peligroso en este país mentar al padre eterno. Y no porque seamos un país de creyentes, que no lo somos, sino porque se ha convertido en un arma arrojadiza perfecta, para unos y para otros. Aunque parece que últimamente está perdiendo fuelle.
-No crea, no crea.
-Usted por si acaso -dije deseando volver a mi habitación y a mis estudios- no se meta con lo sagrado. Ya ha visto como terminan los chistes, cuando interesa, o una juvenil protesta, cuando al poder le viene a cuenta. El no robarás pasó al baúl de los recuerdos. Como en Roma, ciudad venal donde todo estaba en venta.
-Sí, porque ellos son unos perfectos ladrones. Ya dicen ellos mismos que la corrupción es inherente al ser humano. Y que eso no tiene importancia.
-Hay que reconocer que no es lo mismo que enseñar unas tetas.
-Por supuesto. O que matar sin derramamiento de sangre. Mire, siempre nos quedarán buenos libros por leer.
-Sí, afortunadamente no todos somos iguales, no todos nos movemos por lo mismo.
-Afortunadamente.




[1]     Ad maiorem Dei gloriam, Para mayor gloria de Dios. Traducción de sor Mercedes Soriano

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