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miércoles, 6 de abril de 2016

CONFESIÓN, por Miguel Ábalos, de Montevideo, Uruguay


José sabía que Aníbal era informativista de una de las cadenas de televisión más importantes del mundo pero no lo había visto en los últimos treinta años.  Esa noche, a través de un Canal de cable, lo vio transmitiendo desde Miami.  Además de la alegría que le produjo verlo después de tanto tiempo, sintió una extraña emoción.  Tenía recuerdos ― de cuando eran niños y adolescentes ― que llevaba muy adentro y nunca se habían apartado de él.

Sintió la necesidad de explicarle, de ser honesto, porque el dolor y las tristezas compartidas se dividen y si Aníbal supiera... tal vez José... Tal vez los dos se sentirían mejor...
Volvió atrás en el tiempo, al pueblo en que habían crecido juntos. Cuando murieron sus padres en aquel accidente de aviación, Aníbal fue a vivir con sus tías maternas, solteras y bastante mayores. Lo llevaban a la iglesia, y hasta lo pusieron de monaguillo.  Desde chico había sido distinto al resto de los gurises que se juntaban todos los días a jugar o hacer cualquier travesura. 
Era tímido, vergonzoso, no decía malas palabras ni insultaba, a pesar de las bromas pesadas que le hacían. Cuando iban al río no se desnudaba como los otros, se bañaba con un pantaloncito blanco y se ponía colorado cuando todos se reían.  Si la burla era mucha y pesada, José salía en su defensa, diciendo que cada uno tiene derecho a ser como quiere y que había que aceptarlo así.
José no sabía cómo explicarlo, pero le había tomado cariño, algo en Aníbal le gustaba. Se sentía bien en su compañía. Y Aníbal también lo buscaba porque le pasaba lo mismo.
Una vez el pecoso Asdrúbal  ― que siempre hacía bromas pesadas ― le tocó el culo y muerto de risa lo piropeó. José salió en su defensa, le dijo de todo y hasta le pegó una trompada. Cuando se fueron todos, Aníbal le dijo: "Qué bien, José, cómo me defendiste", y lo abrazó agradecido. José se sintió incómodo, pero se puso a pensar cómo era la vida de Aníbal, con esas tías viejas que lo cuidaban, lo vestían y lo mimaban. Por eso era como era y nada más. Todos lo veían frágil y vulnerable y decían que era marica. Para José era un gran muchacho, inteligente, generoso, mejor que muchos de los otros.
En aquellos tiempos los muchachos no se daban cuenta de sus valores como seres humanos, eran adolescentes y no se detenían a pensar, vivían en la marcha y estaban para divertirse.
Un verano, cuando estaban en la esquina del boliche viejo llegó el pardo Cejas. Con la veteranía que le daban los escasos dos años que les llevaba y el rostro iluminado con una sonrisa de triunfador, dijo que había conseguido cuatro mujeres del quilombo que les cobrarían muy barato si las veían en la cañada del monte.  Luego miró a José y le dijo que invitara a Aníbal, que le estaba haciendo falta hacerse hombre.
José ― para que aceptara ― le dijo que esa noche irían al monte con los muchachos a bañarse y le preguntó si quería ir con ellos... le mintió.
Al ver las mujeres, Aníbal lo miró con bronca. Cada uno se apartó con su pareja y a él lo dejaron con la más joven. Cuando todos volvieron de la juerga, la muchacha estaba sola y todos preguntaron por Aníbal. Ella dijo que habían conversado un rato, pero cuando ella lo empezó a acariciar, se mandó a mudar y la dejó plantada.
José salió a buscarlo y lo encontró a la salida del monte, sentado contra un árbol. Era una noche oscura en que la luna estaba ausente, sólo alumbraban las estrellas en el cielo limpio. José se acercó y pudo ver los ojos de Aníbal llenos de lágrimas. Le reprochó por haberlo engañado y quiso saber por qué.
José no sabía qué contestarle, intentó llevarlo con los muchachos, a divertirse. Pero él no iba a volver a que se burlaran todos... como se había burlado él, su amigo, el que se suponía que lo quería.
José le pidió que no dudara de su cariño ni de su amistad, por esas razones lo había ido a buscar. Aníbal lo miró con tristeza, se negó a acompañarlo y sollozando le pidió que se fuera. Entonces José... le gritó: "¡Maricón...!" y lo dejó solo.
Esa palabra lo persiguió durante toda su existencia, como una enorme carga cada vez más pesada. Qué bien se sentiría si pudiera confesarle a Aníbal que él tampoco ― ni aquella noche ni ninguna otra ― pudo acostarse con una mujer.

Se acercó al teléfono y levantó el auricular... no sería difícil conseguir el número del Canal. La imagen de Aníbal permanecía en la pantalla... se veía tan seguro, tan profesional... Entonces desistió. "Pasaron demasiados años" ― pensó ― volvió al sofá y apagó el televisor.

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