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viernes, 16 de octubre de 2015

LIBROS, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España




No hay cosa más difícil en el mundo que agradar a todos ni más fácil y usada que censurar los libros que salen a la luz pública.
Miguel de Molinos, Guía espiritual

Hace ya mucho tiempo, un conocido me contaba una anécdota, no sé si real o inventada, pero que refleja muy bien los límites del ser humano, y que viene que ni pintiparada para estas líneas. Me decía este conocido que un amigo suyo, muy joven, leía sin parar y de forma compulsiva. Quería, al parecer, ser un perfecto conocedor de todas las literaturas de este mundo, sin olvidar ni un libro por pequeño o insignificante que fuera, o lo pareciera. Se pasaba la vida leyendo, leyendo sin cesar. Para atajar semejante locura, un día, su propio padre lo llevó a la biblioteca nacional donde le mostró unas cuantas salas repletas de libros. Le dijo, ante miles y miles de volúmenes de todo tamaño y color, que ni viviendo dos o tres vidas, y dedicando todo el santo día a leer, iba a poder terminarse todos aquellos libros. Lo importante, pues, es seleccionar, conocer lo realmente importante.

Selección, entre otras cosas, es la vida. Y para que esa selección sea efectiva, digna, hay que conseguir, en primer lugar, o al mismo tiempo, un aceptable sentido estético. Pero aquí comienzan ya las divergencias, pues para unos esta es una de las labores de la escuela, y para otros esto se logra, de forma personal, leyendo las mejores obras de la literatura universal, o yendo a los mejores museos del mundo, o ambas cosas a la vez, y sin olvidar la música, el cine ni el teatro. Y hay que tener claro desde el principio que lograr una pequeña cultura, una mínima sensibilidad, cuesta esfuerzo y trabajo, mucho esfuerzo y trabajo. Y aun así, faltaría más, algunos resultados son cuestionables, y muchos desiguales: ni todas las sensibilidades son iguales ni todos los gustos tienen que terminar por ser parejos, aunque tampoco excluyentes. El mismo vino tomado a distintas horas del día sabe de forma distinta.
Tampoco conviene dejar de lado que, en eso de la selección, no se tiene acceso a todos los libros; y que el común de los mortales selecciona entre lo que, previamente, ya han seleccionado por él. Claro que esto tiene el placer de encontrarse, muchos años después, con libros que, ocultos en su momento, resultan una doble maravilla cuando son descubiertos por descuidos del censor, o porque los tiempos han cambiado y se permite ahora lo que estaba prohibido entonces.
Se descubre en ese momento que hay, o ha habido, dos tipos de culturas: la oficial, con todos los clásicos a cuestas, con autores que nadie, o sólo especialistas, cuestionan ya; y la no oficial, aquella que se mueve entre la prohibición, por diversos motivos, de unos autores, y la de los otros que no han conseguido publicar sino en editoriales tan minoritarias y con tan corta distribución que sus libros son rarezas, cosas provenientes de una Edad Media nunca olvidada ni dejada atrás.
No hace mucho, y por causas un tanto estrambóticas, cayó en mis manos el libro de Gregorio Morán, El cura y los mandarines. Lo leí con cierto agrado, muchas veces por motivos extra-literarios: Morán, en su libro, habla de una época que viví de lleno, aunque no la recuerdo ni con nostalgia ni con cariño. Ahora bien, y pese a tener muchas cosas en común, don Gregorio me informa de muchas otras que no recuerdo, no viví, o se me ocultaron de forma tan deliberada como eficaz. Y da noticias de otros libros y autores que, por diversas causas, mala fe, censura, pésima distribución, intrigas, celos y envidias, estuvieron ocultos o reducidos a la mínima expresión. Aun hoy resulta complicado conseguirlos. Y algunos valen la pena. Es así como he dado con dos magníficos libros de Segundo Serrano Poncela, Habitación para hombre solo, y La raya oscura. Hasta ahora no he podido conseguir más obras de este autor fallecido en Caracas en 1976.
Ninguno de los dos libros contiene nada por lo que deban ser censurados o apartados de los castos ojos de cualquier señora bien pensante que se haya leído, eso sí, La regenta, Modame Bovary, Fortunata y Jacinta, o cualquiera de estas obras que ya nadie, o muy pocos, se atreven a discutir y a cuestionar, y menos todavía desde el punto de vista moral. Pues bien, La raya oscura, bajo este título se recogen cinco narraciones, cuenta la vieja historia de un adulterio; pero lo hace con un lenguaje totalmente novedoso, y con una perspectiva muy distinta y distante a la de las novelas más arriba mencionadas. En toda la narración hay un tono zumbón, distendido, que incita a leer más y más: “Creo que fue Cicerón quien dijo humanorum alienorum putorum, lo que viene a ser algo así como 'todos los hombres somos hermanos'”. O la expresión: “su esposa mantiene adulterio con un joven empleado...” Sin olvidar el anónimo que le llega al atribulado marido: “Cuernos, tetas y puñetas, no se tapan con pesetas”. No carece este pequeña obra de intriga, muy bien llevada, y de unos personajes secundarios retratados magistralmente con un par de palabras. Sin mencionar a toda aquella vieja cuadrilla colonial dedicada a los negocios y al “manoseo verbal”.
Es este sin duda, el mejor de los cinco relatos del libro, o, al menos, el que más me ha impresionado a mí, vaya usted a saber porqué. Porque con el otro libro de Serrano Poncela, Habitación para hombre solo, estoy experimentando, por enésima vez, lo que es una bomba de relojería: terminé el libro, que me gustó, pero lo guardé en la estantería como he guardado tantos y tantos otros. Sin embargo, una y otra vez me viene a la mente la dichosa habitación, la vida del protagonista, su soledad, su exclusión, la no aceptación de ninguna compañía, el deshacerse de la maceta con una incipiente flor, que una mujer ha puesto en el alféizar de la ventana... Hay algo amargo, triste y vivido en las obras de Serrano Poncela. Y un sentido del humor nada desdeñable y muy clásico. Sus libros no fueron prohibidos por su temática sino por el pasado político del autor.
Agradecí, y mucho, haber leído el libro de don Gregorio Morán, y no sólo por él, como se puede ver, sino por las noticias de otros autores que me brindaba. No obstante, de la misma forma que algo me empujó a coger el libro y a llevármelo a casa, y me empujó a tomar nota de los libros recomendados por el señor Morán, y a leerlos, también me tenía que haber fiado de mi intuición y no haber cogido otros, o haberlo hecho con otra perspectiva. Fue así como me leí una novela de Rafael Chirbes, Crematorio.
Es imposible, y sirva esto de justificación, conocer todos los libros y todos los autores, como ya demostró el padre de aquel chico en la biblioteca nacional. Y sea por esto o por lo que fuere, no tuve noticias de la existencia de Chirbes hasta que leí el libro de Morán. Y fue en ese momento cuando me enteré de que de una de sus novelas se había hecho una serie en televisión. Ni me enteré.
Nada más coger la novela, Crematorio, y ojearla en la librería, ya se me cayó de las manos: ni un punto y aparte, ni un diálogo, ni un respiro. Sospeché que dicha obra iba a ser dura de leer. Pero no sé porqué, me acordé de todos aquellos intentos, de diversos autores, del arte total: novelas sin concesiones al público, óperas que duran varios días oídas en butacas incómodas, películas inmisericordes, etc, etc. Y me llevé la novela a casa.
Lo más duro de esta novela es el momento en que se empieza a leer, bien la obra, bien la página donde ha quedado interrumpida la lectura, pues suena algo así como una voz interior advirtiendo de que no se va a poder parar en muchos minutos, tal vez en horas. Pero las fuerzas humanas tienen un límite. Y vale más, según mi parecer, no subir al Himalaya para así no llegar a la meta dejando el camino hecho una porquería con la basura acumulada. La novela no es, como se ha dicho, una obra contra la corrupción urbanística en España. Cierto es que los protagonistas son arquitectos y constructores, y cierto es que se habla, levemente, de sus relaciones con los políticos. Pero ni de lejos es ese el tema central de Crematorio. El tema central es la vida de una familia con sus fobias y sus manías. Y con un lenguaje, a menudo, soez y cansino, cansino sobre todo.
De tanto leer ciertas expresiones y ver algunas situaciones, termina por preguntarse el lector de Crematorio si, de verdad, los personajes hablan así en la vida real. Cierto es que nada tiene que ver una cosa con la otra. Pero inevitable resulta el recuerdo de cierto capítulo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En dicho capítulo, don Miguel de Cervantes, espantado por lo que iba a hacer, se disculpa una y otra vez, denuncia el capítulo como apócrifo, se vuelve a excusar y a pedir perdón una y otra vez, y todo porque Sancho habla con Teresa, su oíslo, en un tono y con un vocabulario que, ni de lejos, corresponde al estilo bajo que le correspondería a un campesino de baja estofa. A veces don Miguel sostiene una lucha a muerte con la verosimilitud. Tal vez por ello murió tan contento con el resultado de Los trabajos de Persiles y Sigismunda: se lo había saltado todo a la torera, hasta al lector.
Chirbes no se disculpa por nada. Los personajes, durante páginas y páginas, pese a su posición social, a la que correspondería un estilo medio, utilizan un lenguaje que termina por cansar, entre otras cosas porque tal vez sea muy realista, pero no explica nada, o dice, por lo vulgar y anodino, muy poco de los personajes. Enclavados, por otra parte, en una situación tan tópica que termina por hacer perder el interés. Al respecto no deja de llamar la atención, y lo digo una vez más, que en todos los Episodios nacionales, de Galdós, sólo hay un taco, “¡cojoncio!”, sin que nadie haya acusado a don Benito de irreal o fantasioso; y en cualquier película o novela actual que se precie los hay en tal abundancia que se siente un enorme placer en volver a las obras de Gelio, Tito Livio y demás. No consigo acostumbrarme a ciertas cosas. Y una cosa es la expresividad y otra la repetición cansina.
No es así toda la novela de Chirbes, desde luego. Tiene mucho valor, dejando algunos capítulos aparte, que un autor se atreva a escribir como lo hace él, sin ninguna aparente concesión al lector, sin darle un respiro. Es un reto. Y ante ese reto sólo se puede responder con otro: terminar de leer la novela por mucho que, en este caso, no se coincidan con las apreciaciones de quien también recomendó la lectura de Segundo Serrano Poncela. Ni todos los tiempos son uno, ni siempre está la diana donde debería de estar.


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