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viernes, 19 de febrero de 2016

LOS INICIOS DE UNA BUSQUEDA, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


¿Existe algo más agradable que la propia sabiduría, siempre que consideres que el equilibrio y el progreso proceden, en todas las circunstancias, de la facultad de la inteligencia y de la ciencia?
Marco Aurelio, Meditaciones.

Aquella mañana, recién terminadas las fiestas navideñas, iba a ir a visitar al hijo de un antiguo amigo fallecido este no hacía mucho. No tenía muchas esperanzas, pese a ser catedrático el hijo de mi fallecido amigo, de que el hombre me solucionara el problema que le iba a plantear; pero pensé que, tal vez, me diera algunas indicaciones, libros, artículos, por donde pudiera llegar yo a algún tipo de conclusión. Por supuesto lo había llamado por teléfono. Y fue él quien indicó la hora y el lugar para la cita. Fue, eso sí, muy amable y atento conmigo. Lo cual, en estos tiempos que corren, ya es mucho.

Como siempre, me levanté muy temprano. Me duché y vestí e hice tiempo en la sala de lectura mirando los periódicos y tomándome el segundo café descafeinado. No tardó en aparecer doña Paquita enfundada en un nuevo chándal, regalo de los Reyes magos de Oriente.
-Pero ¿dónde va usted tan emperifollado? -me preguntó alegremente tras darme los buenos días y ajustarme el nudo de la corbata.
-Al centro. He quedado con el hijo de un amigo para hacerle un par de consultas.
-¿Se encuentra usted mal?
-No, no; este chico no es médico. Es catedrático de filosofía.
-Vaya, pues podía usted haber avisado. Con las ganas que tengo de salir de aquí.
-Si se quiere venir, todavía está usted a tiempo.
-¿En serio?
-Tiene media hora para cambiarse -le dije mirando el reloj.
-Espéreme...
-Voy a la cocina a avisar de que no vendremos a comer. La voy a invitar a usted.
-¿A qué se debe esa generosidad, a esa corbata tan elegante que se ha puesto?
-Sí, señora. Para una vez que me pongo corbata la quiero lucir.
No tardó mucho en volver doña Paquita. Iba también muy elegante. Se colgó de mi brazo y salimos así de la residencia. El autobús no tardó en pasar.
-¿Y puedo preguntarle -me dijo ya camino de la ciudad- cuál va a ser el tema de la conversación? Vamos si puedo estar yo delante cuando haga la consulta.
-Puede usted estar delante. Todos los planteamientos que voy a hacer son filosóficos o históricos. A ambos a la vez, no lo sé.
-¿Y de qué se trata?
-Muy sencillo. El otro día leí un cierto artículo, que prometía mucho y cumplía poco, en el que se hablaba de Aulo Gelio y de las relaciones, literarias, de este con Séneca y los estoicos. Hace tiempo, mucho tiempo, también tuve yo interés por ambos autores. No recordaba, desde luego, que Gelio tratara despectivamente a Séneca.
-¿Lo hace? ¿En serio?
-Entre otras lindezas lo llama homo nugator, que no sé si traducir por hombre bromista o chapucero. Poco después, en el mismo capítulo, lo trata de inepto y estúpido[1].
-Hay un cierto clímax en los calificativos -dijo doña Paquita sonriendo.
-Sí, es innegable -le respondí- pese a que algunos se empeñan en que Gelio era un escritor de segunda fila, no lo hacía mal del todo.
-¿Y dónde está el problema? -quiso saber- Aunque ya comienzo a vislumbrarlo -añadió.
-El problema está, para mí, en que tanto Gelio como Séneca despiertan mis más hondas simpatías. Y quiero averiguar si la animadversión de Gelio hacía el preceptor de Nerón es debido a las opiniones de Séneca sobre algunos autores de su época, admirados por Gelio; al estoicismo, como una filosofía que no soporta Gelio, o a que estaba de moda en Roma despreciar a Séneca y a cuanto este representaba, a su estilo, o a qué... Después de leer el artículo del que le he hablado antes, estuve releyendo los capítulos de Gelio y meditando. Es cierto que el primero que le dedica puede pasar por una broma, por una punzada a Séneca por atreverse a corregir a los poetas, Virgilio entre ellos, que Gelio admiraba, y que él mismo critica. Aunque, creo, no le falta razón a Séneca cuando ataca a Cicerón. Según Séneca, este alaba unos versos de Enio para ser indulgente con los versos propios, que eran muy malos. Y eso es lo que, creo, no le perdona Gelio a Séneca.
-¡Ah, señor mío! -exclamó doña Paquita-, de los tuyos quieras mal decir, pero no mal oír.
-Algo así he pensado yo. Pero no me he quedado satisfecho. Creo que he entendido bien los dos capítulos de Gelio, los he leído en latín; pero quiero asegurarme, quiero consultar un par de traducciones, y quiero saber qué se opinaba en Roma sobre el estoicismo en la época de Gelio. Creo que ahí está el problema. Dice Gelio de Séneca que sus libros son vulgares, de estilo flojo y sus razonamientos los propios de un leguleyo.
-Y ahí es donde entra el hijo de su amigo.
-Sí. Es catedrático de filosofía. Algo me podrá decir, digo yo.
-No confíe mucho, por si acaso -dijo un tanto escéptica.
-Sí que confío. Aulo Gelio en el capítulo siguiente de su libro, y de este no se habla en el artículo que leí, cuenta la visita que un tal Tauro le hace a un amigo suyo, camino de los juegos de Delfos[2]. Por lo que cuenta, el amigo de Tauro, un estoico, se está muriendo de lo que sospecho es un cáncer de colon. El dolor le hace gemir y retorcerse. Y ese dolor y esos gemidos son utilizados para atacar al estoicismo, por decir este que el dolor no es nada...
-Una tontería por una parte, y una total falta de tacto por otra, ¿no le parece?
-Me ha recordado lo que en mi adolescencia nos contaban los curas en las clases de religión: que Voltaire renegaba de Cristo y de toda la corte celestial; pero en su lecho de muerte no cesaba de invocar a Dios...
-Todos tenemos derecho a tener miedo, suponiendo que eso que le contaban los curas sea verdad. Y tal vez lo que dice el estoicismo sobre el dolor sea una forma de precaverse contra él, ¿no le parece?, de conseguir la ataraxia, o algo parecido.
-Pues, mire, no le voy a decir que no. El otro día me trajeron un regalo que me está gustando mucho: una biografía del emperador Marco Aurelio. Es una obra ingente. Y en un momento determinado se dice en ella que los romanos recurrían a la adopción, como el entregar a los niños a las nodrizas, para evitarse el dolor por la muerte de los infantes. Como sabe la mortandad infantil entonces era terrible.[3]
-Claro, si el estoicismo negaba ese dolor, es normal que Gelio, y otros, lo atacaran.
-Sí, vista así la cosa es una estupidez decir que el dolor no es nada y que no puede doblegar al sabio. Pero, claro, tenemos que poner en solfa todo, o casi todo, de lo que nos ha sido transmitido. No termino de verlo claro.
-Pero ¿aún está usted así?
-A veces -le contesté un tanto enojado conmigo mismo- cuesta desprenderse de la mucha bazofia que llevamos encima. Quizás -añadí a modo de disculpa- porque no hemos pensado mucho en ello, o nos olvidamos de las cosas. Somos muy imperfectos, doña Paquita: siempre estamos olvidando...
-No podría ser de otra forma. Si no olvidáramos la vida sería un tormento.
-Pues en ese caso deberíamos olvidar lo malo y retener, por ejemplo, todo lo leído. Y sin embargo, lo olvidamos. Por culpa del artículo que leí ayer me estoy planteando releerme a Plutarco, a Montaigne y a no sé quién más. ¡Los he olvidado a todos!
-¿Para dilucidar lo del estoicismo?
-Sí. Se ha convertido en mi problema vital. Aunque creo que negar el dolor es una forma de defenderse contra él. Es como la tontería aquella que pronunció un padre cuando le dijeron que su hijo había caído en el combate. “Mortal lo engendré” -dicen que respondió.
-Sí, es posible que dijera eso: a los hombres les gusta mucho pronunciar frases para la eternidad. Pero, luego, en la oscuridad de su habitación, él sabe las lágrimas que derramaría, y hasta qué punto el dolor le resultó insoportable... En público había que mantener el tipo. Recuerde la crueldad hacia los niños, algo tan típicamente mediterráneo. Y que quizás enmascaraba el miedo, sin duda.
-¿Y es cierto -pregunté todavía incrédulo- que los romanos entregaban a los niños a las amas de leche para evitarse el dolor por la más que posible muerte del bebé? Siempre se nos contaba que lo hacían así las mujeres para conservar la figura, para no estropear sus  bellos pechos.
-Eso último no deja de ser una tontería.
-Sí; pero ese sería otro tema de investigación: hasta qué punto nos hemos ido tragando la infinidad de tonterías que han llegado a conformar un sistema con el que se nos ha ido educando, o se ha pretendido... Yo creo que el estoicismo trata de alertar contra el dolor, de ponernos en guardia contra él. Habría que estudiarlo.
-Plantea usted una tarea ingente. Eso sería algo así como un estudio de las ideas recibidas, cosa que ya hizo Gustave Flaubert, si no me falla la memoria.
-Sí, -respondí-: nada nuevo bajo el sol. Como no sea el esperpento.
-¿Se refiere usted a la situación política actual? ¿Al pactómetro y a todas esas tonterías de unos y de otros para formar gobiernos y seguir en el poder?
-No, no me refería a eso. Anoche, cuando terminé de leer el artículo que ha motivado este viaje, en la cama estuve pensando en cuánto me gustaría tener ahora 20 años, sin perder lo que sé, ser rico, y poder dedicarme a estudiar las cosas que me gustan o me causan algún problema. Por el puro placer de saber.
-¿Y no le parecen esas ensoñaciones una forma bastante absurda de perder el tiempo?
-La verdad es que sí -le respondí sonriendo. Pero me gustaría mucho dilucidar de una vez, si es posible, la postura de Gelio con respecto a Séneca. Con respecto al estoicismo, y siguiendo con la lectura del capítulo donde cuenta los dolores del enfermo de cáncer, no le falta a Gelio una cierta elegancia: los quejidos del enfermo -afirma- son la lucha contra la enfermedad, no los lamentos del sabio.
-Y si fuera así ¿qué habría de particular? ¿Hay algo más natural que el llanto y el quejido? A lo mejor lo que quería Gelio es que los estoicos se mostraran más humanos, que no escondieran sus sentimientos. Y no le dé más vueltas. Quizás en el fondo todo sea una tontería: una cierta animadversión de Gelio a Séneca, y ya está, no hay más. Unos escritores nos caen bien y otros mal. Tal vez no haya más explicación.
-Es posible. Creo recordar que el estoicismo es duro en algunas ocasiones.
-Sí. Yo también creo recordar que es así. No en vano está muy cercano del cristianismo.
-¿También está usted enterada de esto?
-No mucho. Pero estoy recordando que hubo un autor español que también tuvo su interés por el estoicismo, y que esto estuvo a punto de costarle la cárcel. Le hablo de Francisco de Quevedo. Tengo el libro por casa[4]. Si nos sobra tiempo, nos acercamos, lo cojo y se lo dejo.
-Usted ve como si que vale la pena preguntar e indagar -dije bajando ya del autobús-. Y por supuesto que vamos a tener tiempo de ir a por ese libro. Aunque a mí lo que me interesa es la recepción del estoicismo en la Roma de Aulo Gelio, y la de Séneca.
-Bueno, pues con eso, con lo que le diga el chico que vamos a visitar, y con Quevedo, podemos montar unas bonitas conversaciones en la residencia.
-Le tomo la palabra -dije deteniendo un taxi y dándole la dirección de la universidad.



[1]     Aulo Gelio, Noctes atticae, XII, ii
[2]     Aulo Gelio, Noctes atticae, XII, v
[3]     Frank McLynn, Marco Aurelio. Guerrero, filósofo, emperador. La esfera de los libros, Madrid, 2011. Traducción de Teresa Martín Lorenzo, p. 129 y ss.
[4]     Francisco de Quevedo, Defensa de Epicuro contra la común opinión. Editorial Tecnos, Madrid, 2008

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