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viernes, 27 de noviembre de 2015

LA VERDAD, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España

En este sentido se manifiesta aquel ingenioso verso del Mimo: “Al disputar en exceso la verdad se diluye.”
Juan Luis Vives, Las disciplinas


La película de James Vanderbilt no aporta nada nuevo. Lo cual no disminuye su calidad, ni mucho menos. No es tampoco una gran película, aunque tendríamos que definir lo que entendemos por tal. Sí que mantiene un buen ritmo a lo largo de toda la proyección sin que el interés por cuanto sucede en la pantalla decaiga en ningún momento. No es poco.

Esta película, magistralmente interpretada por todos los actores que intervienen en ella, viene a contar la vieja historia de David contra Goliat. El tema no es nada nuevo, como se puede ver. Lo novedoso en este y otros casos siempre está en la forma de abordar ese famoso duelo que tantas obras ha inspirado. Aunque siempre el final es previsible: o David vence a Goliat, con ayuda divina o porque le interesa así a otros poderosos, o David es triturado por el poder con el que se ha enfrentado porque así lo pide la lógica de los hechos, es decir el poder, el dinero, el silencio cómplice, y el coro de ayudantes, que nunca falta.
La película está basada en un hecho real: el descubrimiento por parte de una periodista, Mary Mapes, de los movimientos de la familia Bush para que el hijo primogénito, presidente luego de los Estados Unidos de América, no fuera, como de hecho no fue, a la guerra de Vietnam. Qué lejos quedan aquellos tiempos en los que el rey, espada en mano, iba en cabeza dirigiendo al ejército. Ahora el valor lo tienen que demostrar los marginales y marginados, los que no tienen forma de escaparse; y que tal vez, así, matando y haciéndose matar, dan rienda suelta a todas las frustraciones que su propio país les ha generado o, cuanto menos, permitido. Pero no es de esto de lo que se ocupa la película de Vanderbilt. Esta se ocupa de un hallazgo, de una mentira, por parte de un poderoso para huir de una triste obligación a la que mandó, no obstante, a miles y miles de ciudadanos americanos. Y que perdieron la vida cuando no la dignidad. Es a partir de ese hallazgo, de esta mentira, cuando se ponen en marcha un grupo de periodistas para documentar dicha falsedad, para buscar pruebas y poder lanzar la noticia.
Es una regla aceptada, en toda sociedad civilizada, y habría que hablar de lo que entendemos por esto, que no se puede acusar a nadie sin pruebas. Por lo tanto lo primero que hace el poder, si es mínimamente inteligente, es tener a mano una trituradora o, mejor todavía, un pequeño horno permanentemente encendido. Las trituradoras, con los avances de la ciencia, no son muy de fiar, como se ha demostrado recientemente. Con ellas al alcance de la mano se hacen infinidad de tropelías, desaparecen las pruebas, y aquí paz y allá gloria. Cierto es que, tal en la vida real, y desde luego en el cine, siempre aparece alguien que no está de acuerdo con el poder; que este tal se guarda documentos comprometedores cuando van a triturarlos jugándose el puesto y la vida, que acude a un periodista no menos virtuoso, y ya tenemos el nudo de la cuestión. David contra Goliat.
David, por regla general, no tiene un periódico, como podía tenerlo Larra en la España del siglo XIX. Y David quiere que su noticia tenga la máxima audiencia posible. David, gracias a Dios, trabaja de periodista en una gran cadena de tirada nacional. Pero esa gran cadena, de televisión o de periódicos, no lo olvidemos, es un negocio, una empresa que no ha sido creada para decir la verdad sino para producir ganancias. Enfrentarse con el poder, con un presidente, puede resultarle muy caro. Aunque también, y con un poco de suerte, propiciar enormes beneficios. Si la verdad y el dinero se alían tendremos el triunfo de la justicia, y a todo el mundo se le hará la boca agua hablando de la grandeza de la democracia. Caso contrario, que el Señor se apiade de quien robó las pruebas y de quien las difundió basándose en evidencias que claman al cielo, pero que no aceptan los poderes, siempre con las espaldas bien guardadas por bufetes y bufetes de abogados.
No obstante, si no me falla la memoria aquí en España, recientemente, aunque nosotros no llevamos sobre nuestros hombros tantos años de democracia como los americanos de EEUU, también se ha condenado a personas por evidencias más que por pruebas: últimamente el ir a comprar ciertos medicamentos a una farmacia es un acto que uno tiene que pensar detenidamente. Está claro que la pregunta surge de inmediato: ¿Para qué tantos medicamentos en una casa particular? ¿Quién los tomaba? Y encima resulta que restos de ellos han desaparecido, o estaban, en las entrañas de la víctima. Hay colillas porque alguien ha fumado.
¿No estaba el poderoso, volviendo a la película, en edad militar? ¿Por qué no fue a la guerra de Vietnam? Son preguntas interesantes; pero la democracia exige que se aporten pruebas. Comienza la carrera para buscar a quien quiera hablar. ¿Quién se hacía cargo de la trituradora? ¿Quién encendía el fuego del horno donde se quemaban los documentos comprometedores? ¿Quién era el encargado de llevar allí todos esos documentos? Y es así como aparecerán los otros personajes del drama: el que no quiere saber nada, deseoso de llevar una vida tranquila y sin complicaciones; ha visto unas cosas, sabe otras, y no quiere participar en nada de nada. Al que Dios se la da, san Pedro se la bendiga. ¿Está en su derecho? La periodista que busca la verdad puede hacerlo dudar, puede el otro acceder a que le graben alguna conversación; pero cuando comiencen las amenazas, las advertencias, que, desde luego, casi nunca se pueden probar, vendrá el volverse atrás, el consabido me tomé una copa y me subí a la parra. Y que todo termine ahí y no haya que recurrir al suicidio asistido. Sin huellas ni pruebas, por supuesto. Si no las hay, todo son suposiciones.
David lleva todas las de perder, y pierde. En la película hay un leve apunte, desarrollado en dos geniales películas, que recuerde, sobre la intervención de la gente de la calle en estas historias de poder, justicia y dinero: siempre habrá quien, por el medio que sea, dedique insultos y lindezas a quien se ha atrevido a destapar lo que huele. Siempre habrá alguien que estará convencido de defender la verdad, y de que tiene razón, y para demostrarlo se deshará bramando contra quien trató de investigar, de llegar a la verdad. Las películas a las que me refiero, y que recomiendo encarecidamente, son Furia, de Fritz Lange, e Incidente en OX-Bow, de William A. Wellman. Nunca, que sepa, se ha expuesto con tanta crudeza lo que puede hacer una jauría humana; y así con esta evocación me evito hablar de otra película también digna de verse. Todas tres americanas.
No se libró de insultos y lindezas, por supuesto, la periodista que destapó el caso de la familia Bush, como no se libra hoy en día quien se atreva a opinar en cualquier periódico. Si su opinión no coincide con la de alguien, cosa muy lógica, tiene asegurado el insulto y la descalificación, el duelo a garrotazos, típicos de este país. Todos en defensa de la verdad.
Y es curioso que se pidan pruebas para unas cosas, y se obvien en otras. No hace mucho un periódico catalán publicó quién es el novio de cierta señorita que ha tenido un cierto éxito en las elecciones de dicho pueblo. No faltó el lector que vino a comentar que los periodistas habían tardado treinta años en descubrir los tejemanejes del poder, los continuos robos por parte de todo un clan, y un partido, en el poder, y sólo cinco días en saber con quien sale o entra dicha señorita. Este poder, siempre envuelto en el patriotismo, como todos, robó y saqueó, al parecer, sin mesura ni concierto. Los han jaleado y los siguen jaleando. A ellos y a sus convecinos de Madrid: entre unos y otros han dejado a la gallina en los puros huesos, sin plumas y cacareando. Y ahora resulta, en tanto se discute si nos vamos o nos quedamos, que las farmacias catalanas no pueden suministrar medicamentos porque el estado hace cuatro meses que no les paga, y ellos no los pueden comprar, ni regalar. Y no hablemos de los dependientes. Es genial.
No le falta razón a la protagonista de La verdad, cuando ante una comisión formada por los mejores letrados del país, y cuya misión es hundirla a ella, dice que los leguleyos han sido contratados para enredar con la ley, con sus minucias, sus argucias y sus tonterías. Buscan, con sus elegantes trajes y lujosas carteras, diluir la verdad, que se olvide el problema, o que el problema pase a ser la periodista, y su inadecuado uso de las fuentes, y no el fraude cometido por el poder. Este tiene dinero, y medios, por lo tanto, para volver a su favor lo que tenía en su contra. Y “sabe [el sabio] que con dinero se compra lo que está en venta.”[1] ¿Y hay algo que no se venda en esta sociedad? Cuando hay mucho para repartir hasta ponen a jueces en los puestos claves para asegurarse la impunidad. Poderoso caballero es don dinero. No obstante, y gracias a los dioses, parece ser que, en contra de los partidos políticos, y de algunos intereses más que espurios, todavía quedan personas virtuosas y dispuestas a recibir garrotazos e insultos por mor de una quimera más que fundada. El Señor nos las conserve por muchos años.



[1]     Séneca, Sobre la firmeza del sabio.

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