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martes, 13 de agosto de 2013

EL PERIODISTA, por Ramón Elías Pérez, de Maracaibo, Venezuela

Esto ocurrió en La Pastora, hace tanto tiempo que no recuerdo con precisión el año, sacando la cuenta debió haber sido en los primeros años del bachillerato. Fue un momento extraordinario, no tanto por los cambios en el sistema de enseñanza y las nuevas asignaturas, sino por todos aquellos eventos que estaban ocurriendo en mi naturaleza. No sólo era la parte física, eso que llamamos materia: huesos, músculos, efluvios…  era aquello que no se toca, no se ve y está más allá del pensamiento y las emociones, digámosle lo intangible.  En ese océano está el conocimiento y la información, para no hablar de cosas más profundas como el espíritu y el alma.

¿Usted es publicista?  -Me preguntó uno de los morochos.

viernes, 26 de julio de 2013

JOGGIN EN LA PÍCCOLA, por Ramón Elías Pérez, de Maracaibo, Venezuela

“… Qué deidad dentro de mí
me impulsa a ser demonio devorado…”
(Luis Ernesto Gómez: El Otro Lado de la Página)


A las cinco te levantas, todavía oscuro y haces café. La hora está iluminada en el radio reloj que has programado para que suene más tarde y puedas incorporarte con música. Casi siempre lo haces antes y no le das oportunidad al artefacto para que produzca, junto con Radio Calendario, ese ruido infernal odiado por tu mujer. Sin encender la luz buscas a tientas las chancletas y sales del cuarto cuidadosamente para no molestar. A cierta edad las parejas se dicen las cosas sin reservas, después de treinta años de convivencia, para qué las atenciones, las delicadeces. Ella no pierde la oportunidad de llamarle viejo y él no deja de enfurruñarse cada vez que escucha esa palabreja que tanto le molesta.

martes, 23 de octubre de 2012

EL HURACÁN DEL OLVIDO, por Ramón Elías Pérez, de Maracaibo, Venezuela


“Venimos desde el sur del horizonte
mitad memoria apenas
rastro de soledad,  simple caballo herido…”

(Camilo Balza Donatti: Trópicos)

Para llegar a Ocorote hay que pasar por Río Seco, entrando por un caserío que llaman  Cabecera. Son  pueblos áridos, polvorientos, eternamente abrasados por un sol que pareciera de otro mundo. Desde que uno inicia el camino percibe la sequedad,  el paisaje de cardones, yabos y lagartijas que se ocultan en los barrancos tras el ruido del motor. El asfalto, el poco que hay, se ablanda y se hunde bajo el peso de los neumáticos.  Produce dolor en los ojos el aire caliente, reverberante; sin embargo, hoy hace un día diferente, se observa el cielo nublado, como si un chubasco se acercara. Atrás ha quedado Urumaco, el poblado más grande de ese territorio que alguna vez fue un delta habitado por caimanes y tortugas gigantes. La exuberancia de fósiles en el lecho arenoso es una prueba de lo que allí existió.

viernes, 19 de octubre de 2012

EL CUENTO DEL MONÓLOGO, Ramón Elías Pérez, de Maracaibo, Venezuela


A Sol Sosa Faneites

“… pero se trata de una sala llena y
la comedia debe continuar…”
(Gustavo Pereira: Oficio de Partir)

Ese día salimos del Teatro Baralt más temprano que de costumbre, estábamos ensayando “EL Médico a Palos” y no había razones para quedarse hasta las nueve de la noche como normalmente lo hacíamos. Afuera pasaban la puta del perro, los carritos de Bella Vista,  los últimos vendedores de frutas y verduras.  Blanca, que era una de las estudiantes del curso de dramaturgia en el Instituto de Cultura, también pasaba. Nos vimos y nos saludamos de manera normal, sin esa manía de darse besitos en las mejillas que años después se convertiría en una moda universal. ¡Dígame esa vaina!

viernes, 13 de abril de 2012

EL DOCTOR HARDAC, por Ramón Elías Pérez, de Maracaibo, Venezuela

A Hilda Beatriz Cepeda

“Aquí pongo mi cama y me acuesto
y me doy un baño de flores…”

(Ramón Palomares: Paisano)

No lo sé, un día me dijeron que era por la tristeza, pero no lo creí. De verdad no lo he pensado, podría ser. Lo de la infección en la garganta comenzó con el ingreso a la escuela, tal vez antes. Tendría unos seis años cuando me llevaron al dispensario. Me sentía mal, tenía fiebre, dolor en la garganta y de paso me quedaban apretados los zapatos. La enfermera, una vez que llegó mi turno, me dijo: acuéstese allí. Supongo que María la ayudó. Pude percibir desde aquella posición horizontal la ventana por donde entraba la luz de la mañana. El olor aséptico, mezcla de alcohol y antibióticos, me provocó una especie de entumecimiento. Cuando la señora de blanco depositó el agua destilada en el frasco y comenzó el proceso, primero batiendo y luego con la jeringa de vidrio, las nalgas se me volvieron  de piedra.

lunes, 18 de abril de 2011

LA MUERTE DEL NEGRO ANTONIO, por Ramón Elías Pérez, de Maracaibo, Venezuela


Muchos años después me encuentro frente a la capilla que le han levantado en el Cementerio Municipal de Valencia a Miguel Ángel Barrios. No lo puedo creer, el bandolero más buscado, el enemigo número uno, ahora convertido en figura de devoción.
En el pórtico, junto a la puerta de hierro que resguarda el pequeño espacio construido con bloques de cemento y techo de zinc a dos aguas, hay una cuerda que el visitante debe halar para anunciarse. Lo hago con algo de aprehensión, el badajo hace sonar la campana y se produce ese tañido agudo que retumba en el silencio del camposanto. Justo allí comienzo a tomar fotografías. Placas, adornos, flores, botellas de distintos licores, agradecimientos a los favores recibidos, cientos de objetos. Bienvenidos al Santuario del Negro Antonio, se lee. Más adelante la normativa del panteón: Prohibido fumar tabaco, prohibido el consumo de bebidas alcohólicas, no derramar líquidos sobre la tumba, no sustraer imágenes, no hacer ofrendas con dinero, mantener limpio el piso de la capilla...