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viernes, 2 de septiembre de 2011

LOS CRÍMENES DEL BAR “LA PERLA”, por Federico Rodríguez, de La Plata, Argentina


Los tiempos cambiaron. Antes todos aportaban algunos pesos para el vino, un poco de carne para el asado y se armaba el baile.
¡Miserables! Hoy no hay una moneda en ninguna parte.
Señores, La Perla sirve jugosos filetes de muchachas para todos los caballeros de buen apetito.
Dejen de hablarle al caballo y vengan.
Vengan a beber y a encontrarse con los buenos amigos.
Vengan con dinero.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LA REINSERCIÓN DE EMILIO TRASLAVIÑA, POR FEDERICO M. RODRÍGUEZ, DE LA PLATA, ARGENTINA


A cierta edad los chicos se enamoran de las armas de fuego más espontáneamente que de las mujeres. A algunos hombres – siempre violentos para amar – les ocurre de mayores, máxime si los negocios íntimos no andan muy católicos. Tal fue el caso de Emilio Traslaviña, herrero de yeguas y caballos, quien, sin sospecharlo, se transformó de un pobre hombre al que le faltaban agallas para usar la violencia contra nada que no sea su yunque (un pasivo lector del diario de la tarde, un aficionado inofensivo de las armas, un asesino de latitas), en uno de esos psicópatas para quienes nada se interpone entre el deseo y la acción.
Una noche se desnudó con su novia y llevó una botella de pisco peruano a la cama. El lecho estaba cubierto con telas multicolores y perfumado con mirra. Pero estaba tan ebrio que no pudo consumar. Culpó a la mujer por su impotencia – por no ser bonita y gorda, como las mozas que persiguen los enamorados – y se enfureció. Le pidió a la fémina, de mala manera, que lo ayude. ¡Y con la boca!, puntualizó, mientras dejaba ver el extremo de su arma.
- La he besado hace un momento – respondió la mujer. Y sin estar intimidada, lo despreció diciéndole que acariciarlo en ese estado le resultaba algo impuro y frío como tocar el cadáver de un reptil. 

miércoles, 3 de agosto de 2011

SOJAK, EL PRISIONERO, por Federico Rodríguez, de La Plata, Argentina.

Tenía veinticinco años cuando me mandaron a la Tierra del Fuego y tiraron mis huesos en un calabozo de reclusión solitaria. Fue el 6 de Agosto de 1905.
Un crimen me arrancó de Boedo y me trajeron encadenado a Ushuaia. Yo, José Sojak, el hombre invencible con el cuchillo, el macho que sabe la letra de todos los tangos, terminé acá, donde los vientos disgustan y deslumbran a los navegantes de ayer y hoy, donde la colonia de Sarmiento murió de hambre.
En los presidios están los hombres condenados a vivir aislados debido a algún delito cometido.
Crimen es una palabra amplia, por eso los presos la dividen jerárquicamente: yo no hablaría ni nunca sería amigo de un ladrón o un violador, no me rebajaría con aquellos cobardes que nunca vertieron sangre.
¿Por qué me encerraron?

viernes, 15 de julio de 2011

EDUARDO MUNSTERS Y EL OJO ROJO DE KSORTEN HÁRRI, por Federico Rodríguez, de La Plata, Argentina

Mi nombre es Eduardo Munsters y soy un científico. Durante toda mi vida, por necesidad de mis investigaciones, he aprendido muchos idiomas, y sé que hay sílabas que se pronuncian con los labios, otras con el paladar y otras con el interior de la garganta. Pero las más fáciles de aprender y cuya pronunciación es imposible olvidar, son las que se escuchan en un grito y son pronunciadas llenas de horror: ¡Ksorten Hárri!
La primera vez que escuché este nombre y su historia, fue en un bar cosmopolita del puerto de Londres, en la canción picada de ron de un alegre marinero de Nueva York:

Estoy buscando a Ksorten Hárri
Me vigila el ojo rojo del viejo Hárri
Su cuna era de hierro y hielo
Su madre era un cordero
Su padre era una ballena
Voy a poner en su cola un poco de salmuera
Cuando encuentre al viejo Ksorten Hár