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miércoles, 20 de junio de 2012

EL GALLO, por Delfina Acosta, de Asunción, Paraguay

El gallo, de carúnculas muy rojas y espolones  curtidos, se largo a cantar a las cuatro y media  de la madrugada. Negras hormigas laboriosas cargaban sobre sus lomos las pequeñas mudanzas de los árboles que empezaban a corromperse en el cementerio levantado en el siglo pasado con ambición de necrópolis.

martes, 31 de enero de 2012

DESESPERADA DEFENSA DEL OTOÑO, por Delfina Acosta, de Asunción, Paraguay


¿Quién habló, quién dijo que solo en la primavera, porque las flores estallan en múltiples suspensos, y el pavo real muestra su poderío a la hembra, abriendo el adornado abanico policromado de su cola, y los árboles se pueblan de laboriosas hormigas rojas que trajinan por sus hojas verdes, muy verdes, quién dijo, repito, que solamente en la primavera, Eros arrastra la sangre hasta llevarla al vértice, a la humedad de la boca anhelante y abierta?

Ah…, yo brindo por el otoño, y el sueño en que nos hunde cuando el viento arrecia, y las aves guardan silencio sobre las ramas desnudas de los árboles.

viernes, 2 de diciembre de 2011

QUE NO TE PASE A TI, por Delfina Acosta, de Asunción, Paraguay

Era caída la tarde. Supe que Mario llegaba porque el portón rechinó. El perro de la casa lo recibió festivamente.
Yo le dije el mimo al que lo tenía acostumbrado, cuando abrí la puerta: “Pero si vas a resfriarte con el fresco de la calle, cariño. Pasa pronto, pronto, y tomaremos un té de chamomilla”. Los hombres son niños. Y somos las mujeres quienes los transformamos en señores.
 Ellos se convierten en gente mayor sólo cuando se enamoran y deben aguardar bajo la farola de la cuadra, golpeados por los saltarines insectos de luz, que el reloj de la iglesia dé las ocho, para encarar la noche de luna llena. Es entonces cuando el alma de los murciélagos se apodera de los hombres, y comienzan a merodear - sigilosamente - alrededor de tu casa; finalmente su amor se convierte en aquel golpeteo incesante de la rama del boj contra los vidrios neblinosos de tu ventana. Si lo sabré yo, que una noche de estío me pasé sin dormir pues el árbol de los agrios extendía sus ramas espinosas, sus alambres con flores, hasta mi ventanal; un sacudón nervioso, como si recibiera un pinchazo en la vena yugular, me llevó a gritar: “¡Vete Rodrigo de mi habitación!”.

martes, 11 de octubre de 2011

MAÑANA ES OTRO DÍA, por Delfina Acosta, de Asunción, Paraguay


Los lirios que se caen y las hojas
girando circulares hacen triste
aún el agua limpia que yo bebo.
Imaginé un venado en la ventana
y ahora estoy mejor y sin embargo
me sé ya de memoria aquel inútil
piar del avecilla abandonada.
Y luego al mediodía las hormigas
querrán venir por ella, y tantas rosas
que se abrirán en vano pues no sabe,
no, no sabe el hombre valorar su garbo,
y sólo por la paga el jardinero
podando está el rosal, no fue su padre
poeta, y él se encuentra casi ciego.
¡ Pero mañana el viento traerá
en cada arbusto aroma a nuevo día !

lunes, 4 de abril de 2011

PRIMO CRUEL, por Delfina Acosta, de Asunción, Paraguay

Cuando Narcisa Ibáñez enviudó, y luego de una breve enfermedad sus ojos asustados se cerraron, en una tarde en que un jilguero picoteaba nerviosamente los vidrios de  la ventana de su habitación, Clementina, su hermana, supo que debía traer a sus sobrinos Juan, Marta y Manuela, a vivir en su casa.
Eran mellizos de siete años Juan y Marta; la niña, con una cara que parecía robada de una muñeca pues sus pecas abundantes, sus bucles rubiáceos, sus ojos como botones azules, y su rubor encendido cual brasa, resultaban parecidos a la colección de juguetes “mami, mami”, que desde los escaparates conseguían que las niñas aplastaran sus narices, sus caritas enfermas de amor maternal contra el vidrio. Juan era ligeramente distinto a su hermana. Las pecas no cubrían su rostro. Una pizca de bondad, propia todavía de una edad desconcertada, cruzaba su rostro, en especial, cuando parpadeaba. Ambos coincidían en las  ganas de jugar sin fatigarse.