
La familia de Emilio no era
multimillonaria ni nada por el estilo. Su padre era carpintero, hacía todo tipo
de mueble en un taller ubicado en la calle Larroque, Lomas de Zamora, ciudad
del sur del Gran Buenos Aires. Era un tipo bastante conocido en el barrio y
mucha gente elegía comprarle a él, otorgándole algún tipo de ventaja frente a
sus colegas. Era bueno en lo que hacía y, además, era muy agradable a la hora
de tratar. La madre de Emilio se dedicaba a la docencia. Con eso digo todo,
¿no? En este país nunca fue un puesto bien pago. Apenas alcanzaba para comer.
Ni hablar si se trataba, como en este caso, de una escuela pública. Esta mujer,
amante de cualquier asignatura que narrara la historia, y en especial la de
nuestras tierras, había renunciado a sueldos lujosos de cualquier otra
profesión para dar lugar a su vocación.
Lo cierto es que estas dos personas se esforzaban día a día para darle lo mejor
posible a Emilio y a su hermano, Martín. Ellos llevaban una vida normal y
tranquila. Iban a la escuela estatal, jugaban en las bellas calles de su ciudad
con los demás vecinos y hacían, de vez en cuando, alguna changuita para poder
comprarse algo que desearan o, simplemente, “dar una mano” en su casa.