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martes, 7 de abril de 2015

SIESTAS DE VERANO, por Elizabeth Óliver de Ábalos, de LIZABETH OLIVER Montevideo, Uruguay

A Marito no le gustaba dormir la siesta; aunque lo obligaran, no dormía. Despierto en su pieza casi en penumbra, se acercaba al pequeño hoyo en el postigo que anulaba la ventana y rescataba un pedacito de vereda. No era mucho entretenimiento, sólo unas cuantas baldosas grises que, abrasadas por el intenso sol de verano, a esa hora nadie pisaba.

martes, 24 de marzo de 2015

EL GALLO BLANCO, por Elizabeth Óliver de Ábalos, de Montevideo, Uruguay

Era grande, fuerte, arrogante. Sumisas, las gallinas abrían paso ante su andar soberbio y ostentoso que imponía la autoridad del gallinero. Sólo mostraba su recelo ante la presencia humana cuando mi madre entraba a buscar huevos, con la cresta erguida y las alas entreabiertas, sin amedrentarse ni retroceder.

miércoles, 4 de marzo de 2015

EL AÑO NUEVO DE CANDIDA, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay

Pensando que en sólo un día más ¡al fin! terminaría ese año desastroso, Cándida se metió en la cama esbozando una sonrisa de alivio. Cansada del trajín del día y de las penurias propias y ajenas de todo un año, con el último bostezo se durmió profundamente.

martes, 30 de diciembre de 2014

EL NOMBRE DEL DIABLO por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay


―¿Cómo te llamás, gurí?  ―dijo doña Inés―.

―Damián  ―contestó el chico―.

―¡Aaaaaj!  ―doña Inés se persignó―  ¡el nombre del diablo!

―¿Quién es el diablo?  ―preguntó Damián un poco asustado ante el gesto de la mujer―.

―¡Callate, mocoso!, y andá pa’l fondo  ―le ordenó―  ¡no me andés alrededor!


Damián obedeció.  En el fondo había dos niños de la edad de él, un varón y una nena.  Estaban sentados en el piso de tierra, desgranando arvejas en un tacho enlozado.

martes, 25 de noviembre de 2014

AMIGA LULA, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay


El 26 de febrero del 91 emprendíamos el viaje hacia Jaguarão, mi segundo destierro… esta vez también obligado, aunque voluntario.
   Con dieciséis años de antigüedad y siendo Jefe de Sección desde el 85, hacía ya muchos años que estaba en condiciones de obtener el traslado al exterior. Esa Ley permite que haya doce administrativos afuera, y el designado sale por tres años una sola vez en la vida.

   Codiciado beneficio ―para un escalafón acostumbrado a un sueldo común y corriente―,  que da la oportunidad de vivir a lo grande, casi como un diplomático, y si se administra bien, da para pararse… ¡para el resto de la zafra!

miércoles, 13 de agosto de 2014

AMIGOS... SON LOS AMIGOS, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay


Alrededor de la mesa del simpático café de barrio que solían frecuentar, un grupo de amigos pasaba la mayor parte de sus horas libres entre amenas charlas, cervezas, algo simple de comer y mucho café. Desde chicos, asistiendo al mismo club deportivo, se habían hecho inseparables. Independientemente, cada uno cumplía lo suyo con efectividad. En grupo, sin tendencia política, les importaba lo social, buscando formas eficaces de solucionar problemas a corto plazo y aportando  también su tiempo para lograrlas. Eran tres muchachos y una chica: Diego, Matías, Dante y Sara.

miércoles, 30 de julio de 2014

AMNESIA por Eliza Óliver de Ábalos, de Montevideo, Uruguay


Subió lentamente las escaleras del Estadio casi vacío y se sentó allá arriba, en la última grada de la tribuna. No sabía por qué había entrado ni qué lo había impulsado a subir tanto. Miró hacia la cancha por un instante, sin interés, y dejó que su mirada se perdiera en la nada. Estaba confuso, tratando sin suerte de hilvanar algún pensamiento, de recordar algo, por lo menos, dónde había estado antes de llegar ahí.

miércoles, 8 de enero de 2014

PREMONICIÓN, por Elizabeth Óliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay

La despertó su propio grito y se vio separando de sí la ropa de cama con desesperación. Le dolía el cuerpo, le ardía la piel, transpiraba y respiraba con dificultad. Seguía viendo la escena nítidamente. Aquella mujer envuelta en llamas se abalanzó sobre ella con una fuerza colosal, la arrastró en el impulso y le cayó encima. De espaldas en el suelo, el dolor del golpe le impedía zafar del cuerpo exánime que la estaba chamuscando y el tufo del pelo quemado no la dejaba respirar. Nunca había soñado algo tan real.

miércoles, 1 de mayo de 2013

UNA CUENTA PENDIENTE, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay



En la década del 50' cuando cursaba 6to. año en la escuela Simón Bolívar, solía subir al salón de actos a primera hora de la tarde, a cumplir con una tarea encomendada por mi maestra: cambiar el agua de la pequeña pecera y alimentar a los peces durante la licencia de la encargada. Me gustaba, y habituada a ocuparme de los peces de mi casa, lo hacía muy rápido.
   Podía, entonces, tomarme unos minutos para mirar hacia la calle por los ventanales, donde hacían una picadita de fútbol unos muchachos del barrio. Por la calle Simón Bolívar no había casi tránsito que interrumpir y ellos, que eran muy pocos, se divertían sin escándalo por unos pocos minutos sin molestar.

martes, 23 de abril de 2013

RECUERDOS DE BARRIO (Relato), por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay


Miguel y yo hablábamos de cosas que vivimos ambos, allá lejos en el tiempo. Las mismas cosas, que quedaron fijas de forma distinta en el recuerdo de cada uno, sólo por esos diez años de diferencia que muestran  ―cuando hurgamos en el pasado―  cómo las vio un adolescente… y cómo lo hizo una niña.
El tema ondeaba en los cometidos de la Policía; analizando a lo que está expuesto el Agente de hoy, en lo cotidiano, comparándolo con aquél de antaño: el que rondaba el barrio silbando bajito, saludando vecinos; el que recostado al farol de la esquina esperaba tranquilo, cada noche, algún hecho inusual que implicara su intervención.

viernes, 8 de marzo de 2013

PUEDO, por Elizabeth Óliver de Ábalos, de Montevideo, Uruguay



Me gusta estar acá,
en la paz de esta casa,
sola contigo.

Me gusta el silencio
de estas noches,
sólo quebrado por tu voz
que tanto quiero.

viernes, 5 de octubre de 2012

MI ÁRBOL, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay




Yo tendría veintidós años cuando la Caja de Jubilaciones (hoy BPS) ofreció a sus funcionarios un préstamo para vivienda, pagadero a larguísimo plazo con una cuota irrisoria.  Papá ― que había pasado a la Caja después de trabajar en UTE treinta años ― aceptó la propuesta con la idea de "dejarle un techo a la gurisa" y empezó a buscar.
Hacía mucho que estaba separado de mi madre. Ella había iniciado, abandonado y reflotado el trámite de divorcio muchas veces para no finalizarlo jamás… Él... solamente aceptaba sin opinar, pero la seguía considerando como toda la vida. Por eso, elegir una vivienda que llenara los requisitos de mi madre ― aún sabiendo que jamás querría habitarla ― le era tan imprescindible como difícil.
Un día, descubrió un cartelito de venta en la terminal del 104 cuando vino a comprar carne a las ya inexistentes Carnicería Argentina y FYLSA, del otro lado del puente. En esa época de veda, todos pasábamos la insustituible proteína "de contrabando", una vez por semana, de Canelones a Montevideo.
La casita le gustó y el precio también, así que fue a buscarme para darle "el visto bueno", porque creía que yo podía interpretar las exigencias de mi madre mejor que él… y tal vez explicarle que una zona sin pavimento puede ser considerada un balneario y no exclusivamente un "cantegril".

miércoles, 12 de septiembre de 2012

EMBRUJO DE LUNA, por Elizabeth Óliver de Ábalos, de Montevideo, Uruguay

Casi a las 8, cuando Sofía estacionó el auto en Garibaldi y Ocho de Octubre, todavía no había oscurecido totalmente.  Era una noche tremendamente calurosa, de atmósfera pesada.  Antes de entrar al bar, esperó a Elena y Amanda, que descendían de un taxi.  Mariana había llegado antes  ―como siempre―  y levantaba el brazo muy sonriente desde una mesa ubicada justo bajo el aparato de aire acondicionado.
            Eran amigas de toda la vida.  Se habían jubilado las cuatro casi juntas el año anterior, y lo festejaban infaliblemente una vez al mes.  Les gustaba salir entre semana, ya no había que padecer las aglomeraciones de los feriados porque se habían terminado los madrugones.
            Tomaban unos cuantos whiskys con picadillo y más tarde, café y sándwiches calientes hasta determinar por unanimidad que Sofía estaba en condiciones de conducir... no fuera cosa de llevarse un árbol por delante y al otro día salir escrachadas en los diarios como “cuatro sexagenarias en estado de ebriedad”.
            Pero esa noche fue diferente.  Mariana se había quemado con el horno y le dieron antibióticos.  Elena había presenciado un robo violento en la calle y tomó un sedante.  Amanda había discutido con su hijo y estaba sintiendo la gastritis.  Sólo Sofía podía tomar alcohol... pensó si estaban en “el Pecos” o en Don Orione, pero obvió los comentarios y las acompañó con refrescos. 

viernes, 24 de agosto de 2012

A MI PAÍS, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay

Me fascina tu forma, tu tamaño,
tu contorno, tu aroma, tu tibieza.
Me seduce explorarte, descubrirte,
disfrutar lo acogedor de tu belleza.
Cómo me eriza la luz de tus mañanas,
cuando me invita a recorrerte sin descanso,
para saberte…
porque lo que de tí conozco… nunca alcanza.

viernes, 10 de agosto de 2012

INVASORES, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay

No son extraterrestres, no son milicias, no son bandadas de insectos, no son bacterias mortíferas... Son invasores, prontos para atacar sin ser vistos y acaparando todo sitio conocido y transitable.
En ningún lado estamos a salvo, el riesgo crece, la libertad se restringe, la tranquilidad no existe, el peligro es inminente.

lunes, 2 de julio de 2012

LAS AMIGAS "VIP", por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay

Cuando sonó el teléfono, Eugenia estaba en el fondo, limpiando de hojitas secas las plantas del costado del parrillero. Se apuró a entrar y al acercarse, ya se escuchaba la voz de Cristina en el contestador, quejándose de lo difícil que le resultaba poder hablar con ella. Levantó el tubo y le recordó la distancia existente entre la parrilla y la casa.

viernes, 18 de mayo de 2012

CONOCIENDO EL PELIGRO, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay

La pareja había sido linda desde el principio. Se querían mucho y se complementaban perfectamente. Esperaron su retoño con amor, esperanza, y esa responsabilidad innata en todos aquellos que sinceramente desean un hijo. Cuando nació, iniciaron una vida de tres con alegría, dedicación y empeño. Así lo fueron atendiendo y protegiendo, hasta que llegó el momento de empezar a formarlo.

martes, 8 de mayo de 2012

EL VIOLÍN, por Elizabeth Oliver de Abalos, de Montevideo, Uruguay

Se habían conocido allá por el año 33, en la vuelta de la Universidad, a la salida del nocturno. Tenían la misma edad, pero ella terminaba Preparatorios, y él Secundaria. Un poco por eso, y otro poco por ser tan seria y recatada; él le vio algo de superior y le costó abordarla. Que lo había deslumbrado no cabían dudas, así que se armó de coraje y al fin le habló.

A ella también le gustó la pinta del cortejante, y así como quien no quiere la cosa, negativa va, negativa viene, lo fue llevando a su terreno y terminó aceptando... con unas cuantas condiciones: No le interesaba perder el tiempo y la finalidad de la relación debía ser el matrimonio; pero antes, quería terminar su carrera.

viernes, 9 de marzo de 2012

LA BRUJA, por Elizabeth Oliver de Ávalos, de Montevideo, Uruguay

"La Bruja,
que ayer fuera reina de todo mi ser,
hoy, roto el encanto, no es más que mujer.
La Bruja,
montón de caprichos que me esclavizó,
hoy es un paisaje, cubierto de horror".
Francisco Gorrindo

Todo empezó en la oficina de un jerarca, después se trasladó a la del secretario y por último... a la vida misma del pobre pinche que admiraba a su jefe por ser un tipo de bien, y creyó que todo lo que hacía (o había hecho), era de la misma calidad y por lo tanto, admirable también.
La pibita iba a ver al padre a la oficina, tendría unos 10 años cuando Luis la vio por primera vez. Linda, simpática, vivaracha, le gustó, como también le gustaban todos los gurises con esas condiciones, y dejó aflorar sus cualidades pedagógicas conversando con ella. Trece años mayor, se sentía como un tío orgulloso de su sobrina.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

UN "CLÁSICO" INOLVIDABLE, por Elizabeth Oliver de Ábalos, de Montevideo, Uruguay


Aquel domingo soleado de invierno, estaba montada en los barrotes del muro del frente, uno de mis atalayas en aquella casa. Tendría 5 años, ó 6.
Me entretenía mirando pasar a la gente, abrigada con el pantalón–buzo de algodón frisado color bordó que a mi abuelo le hacía decirme "Michelín"… Me lo ponían encima de un montón de ropa y difería del muñeco de los neumáticos únicamente por el color.
Serían las 10 de la mañana, cuando se me acercó papá. Esa tarde iríamos a ver "el clásico" juntos y pensé que saldría rumbo al Estadio a comprar su entrada… Pero se apoyó en el muro a mi lado, a tomar mate. Por la calle ya el gentío parecía una manifestación con rumbo al parque y en poco rato más las localidades se agotarían… ¿Habría surgido algún "cambio de planes" a último momento? Inquieta, no pude aguantarme y le pregunté.