El tarotista que se consideraba mentalista y además vidente,
esperaba la llegada de una persona. Mientras tanto, preparaba la escenografía
de su consultorio y lo aromatizaba con inciensos de sándalo.
Rogaba que el cliente fuera
nervioso, manipulable, propenso a gesticulaciones para poder lograr una
efectiva lectura en frío; confiaba también en que el incauto fuera proclive a
emitir señales, a que utilizara su lenguaje corporal ante las revelaciones que
él iría tejiendo, lo que le permitiría ir improvisando a medida que corriera el tiempo de consulta.

