Siempre había pensado
que llegar a ser mayor, viejo para no utilizar eufemismos, debía de ser un
verdadero problema. Cuando pensaba esto, de joven, no lo hacía movido por la
posible falta de dinero, la magra pensión de los mayores, la soledad, la
carencia de movilidad, o por los achaques propios de la edad, sino por el miedo
que, entonces, me producía la idea de la muerte, tan próxima a la vejez en
buena lógica. A lo largo de la vida, sin embargo, las personas nos vamos
enfrentando con diversos y graves problemas que, vistos en la distancia,
parecen insalvables; pero que, afrontados, no son tan terribles. Y se aprende
que, efectivamente, pompa mortis terret quam mors ipsa.